viernes, 28 de junio de 2019

Arenas de nuestro campo


No fue casualidad. Lo saben las paredes y los cerrojos que se abrieron. Y cada poro de la piel y cada arbusto del patio y el número de tu casa y cada charla en el pasillo y cada sonrisa y cada gesto y cada lágrima. No fue casualidad, lo sabe tu abscisa y nuestra ordenada.

A ellas las llevaba en mi maleta aquellos primeros días de septiembre. Las saqué y, tranquilo, supieron recogerlas. Esparcí un puñado de grados y radianes colgados de las fórmulas trigonométricas y en los huecos se fueron acomodando todas las derivadas. Era tu equipaje cuando querías ir a aquellas islas que, ahora, observaban desde lejos el inicio de mi viaje al lugar de humilde nombre en el que los claveles quisieron, de nuevo, ser presente. Hoy sé que la última vez, en un pequeñísimo joyero, me escondiste tu sonrisa indestructible e infinita, maravillosa, multiplicada en otros labios, el germen de tu esencia, de la vida, del disfrute, de las cadenas humanas que daban comienzo con el eslabón de tu mirada.

Esa nuestra puerta de arenas se desplomó un día al abrirla, y llegaste al irte para dejarme una sala llena de corazones que volvieron a construir, grano a grano, la entrada de la que también fue lumbre de tu invierno hace treinta años. Mañana, cuando suene el timbre, ni tú ni yo (quién sabe) haremos girar las bisagras, pero allí dentro han quedado mi corazón y mi memoria impregnados de la sustancia de los sueños que se cumplen, de nuestro punto de partida y de tus lecciones que ahora son mías.

Impregnados de buenos días cada mañana, de disfraces de Halloween, de crepes, de tartas, de chocolates y bizcochos. De noches en mitad del bosque y tardes de bolos y escapismos, de bailes y comidas, de colores en la pizarra. De talentos, convivencia y paellas con sabor a frutos rojos. De ascensos a primera y aptos, al fin, escritos en un papel. De ajedrez, gymkanas y carreras. De inspectoras y delegadas. De noches de fiesta, clavelitos y cielito lindo. De cervezas y desayunos que arreglaban mucho más que el hambre de la mañana. De justificantes, evaluaciones y discursos, todo a medias. De camisetas con corazones de límites infinitos. De confesiones, conexiones, sinceridad y secretos. De teatro e inagotables tertulias. De tinta y plumas, de poesía, de letras y melodías. De palabras y mensajes inesperados. De aprendizaje y enseñanzas. De sorpresas e ilusiones. De eterno agradecimiento. De risas. De abrazos. De vida.

Impregnados de villancicos en torno a los acordes de la amistad invisible que se muestra desnuda de segundas intenciones. Del sentir que en el escenario del recuerdo seguiremos entonando que viviremos juntos cuando las huellas del tiempo ahonden en la piel y las banderas se icen ya lejos de nuestras palabras.

No fue casualidad, no. Y si lo fue, déjame pensar que aún me llevabas de la mano. Y si lo fue… bonita la vida y sus caminos, bonitas las arenas de nuestro campo.


sábado, 25 de mayo de 2019

Una y mil veces

Míralos. Ya  se van por el camino de un futuro que es más suyo que de nadie. Con sus mochilas al hombro, cargadas de los recuerdos que aún no lo son y con las cremalleras y los bolsillos abiertos para seguir llenándolas de historias.

Ya se van con la ilusión entre las manos y con el miedo metido en las piernas, dando luz con la sonrisa y apretando los dientes para no llorar.


Se van con la conciencia tranquila unos, sabiendo que volverán, otros. Y nosotros los dejamos. Libres por un día. Los miramos como se mira a un pájaro que emprende el vuelo por primera vez, sabiendo que en la fuerza de sus alas alguna pluma lleva escrito nuestro nombre con la tinta del esfuerzo y el compromiso. 


Los hemos visto crecer al ritmo que han crecido las espigas del conocimiento en el sembrado de sonrisas y ánimos que plantamos y que recogieron cuando fue época de recolecta.


Y ellos miran aquellos árboles del fondo, pensando en sentarse a sus pies y disfrutar de la sombra que dan las hojas que fueron saliéndole a las ramas del trabajo bien hecho. Y corren, y se sientan, y se refrescan con el agua del arroyo que les dice que, aunque aún no lo saben, el tiempo pasa rápido. 


Y vuelven, a nosotros. Con los brazos abiertos, cuando pensábamos que quizá se olvidarían de nuestra presencia. Pero vuelven. Claro que vuelven. Y esta vez, son ellos los que nos muestran su mundo, con sus colores, con sus luces y con algunas sombras. Y nos dejamos arrastrar hasta ese lugar en el que deja de existir un tú y un yo, donde la tarima pierde su altura y nos agarran de las manos para no dejarnos caer, igual que hicimos nosotros. Y con total naturalidad, con esa sinceridad de quien aún no ha descubierto el filo escondido de los sentimientos que se muestran, nos dan las gracias. Y nosotros los miramos y, con la satisfacción de un pintor admirando su obra, respondemos: gracias, una y mil veces. 

Resultado de imagen de despedida

jueves, 14 de febrero de 2019

Volver

Y volver, una mañana, a dibujar versos en mitad del jardín. Como si no hubiese pasado el tiempo, como si, justo en esa media respiración que intentaba dejar al aire entrar y salir de los pulmones, hubiese quedado un vacío por llenar en cualquier otro momento que al caprichoso destino le pareciese mejor. Como si todo quedase en un segundo plano por un rato y solo el rocío del amanecer supiese que ese era el lugar y el momento perfecto para volver a empezar. 

Qué importaba ya si aquello fueron semanas o meses, qué importaba ya el anhelo de lo que pudo ser y no fue, qué importaban las noches en vela y las mañanas difíciles de encarar. Puede que, en realidad, lo único que mereciese la pena era luchar por lo que aparecía en la cabeza cada noche, en el último instante de consciencia, justo antes de que el sueño venciese, al fin, al bullicio de pensamientos de cada día. 

Y volver así, una mañana, a regañadientes y apretando los puños, a dibujar versos que cuenten sin contar, que callen sin callar y que miren allá donde otros no pueden siquiera imaginar. Volver, aunque solo sea por una vez, a disfrutar de la dualidad que impregna cada paso de ese camino que, al mismo tiempo que coloca una piedra, intenta llegar a un final.

martes, 7 de agosto de 2018

La postal

Ayer llegó una carta al buzón. Escuché perfectamente el sonido del tejadito de plástico al abrirse y cerrarse un segundo después. Quizá, cualquier otra persona hubiese salido corriendo para cogerla y rasgar el sobre. Yo no. Tanto es así, que 24 horas después, ahí sigue. El cartero llegará hoy de nuevo, dejará la correspondencia del día y se irá. Y puede que salga a recogerla, pero solo la de hoy. Porque determinadas noticias es mejor que se queden a la espera. 
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Todo iba bien en aquel mes de noviembre, había tranquilidad en el ambiente. En el trabajo no había sobresaltos, en casa se respiraba paz, la vida social era activa y relajada a partes iguales: unas cervezas los viernes por la noche, el café típico de la sobremesa del sábado, puede que una sesión de cine en pareja por la noche y domingos de lectura, esperando la llegada del lunes donde la rutina de las teclas del ordenador volvía a aparecer. Por eso fue que la llamada de aquel miércoles llegó tan de imprevisto. 

- ¿Dígame? ... Sí, soy yo... Hmmm, ¿cuándo? ... Está bien ... Hasta mañana.

- ¿Ha pasado algo?
- Me necesitan fuera unos días. Algo acerca de un fallo informático y una baja de última hora imposible de cubrir.
- Bueno... la maleta está encima del armario.
- En tres días estoy aquí, prometido... Buscaré alguna postal bonita, aunque llegue antes que ella.

Al día siguiente la alarma del reloj me despertó una hora antes de lo habitual. Olvidé cambiar la hora el día anterior. Al mirar al lado de la cama, ya no había nadie... Tres días para disfrutar de alguna buena lectura o adelantar algo en el trabajo sin la necesidad de avisar a nadie de que llegaría algo más tarde. Me levanté tranquilamente y desayuné con calma mientras leía las noticias en la tablet. La conclusión era siempre la misma: el mundo se desmoronaba a pasos agigantados. Una ducha caliente para aclarar ideas y un paseo al trabajo. Al final, eso de levantarse una hora antes no estaba tan mal. Quizá debería hacerlo más a menudo. 

Y así lo hice durante esos tres días, incluso a pesar de que el último era sábado. Después de llamadas a altas horas de la noche y notificaciones de whatsapp en cualquier momento, esa mañana sonó el teléfono:

- A las 10 estoy en casa. ¿Llegó la postal? 
- Aún no. Llegarás antes que ella, como siempre.
Dieron las 12... En el buzón ya había correspondencia... Por la ventanita se distinguían imágenes borrosas del mar en calma y los trazos cuidados de quien pone el mayor esmero hasta en la tarea más insignificante. Una carrera al tiempo... O a correos... Por primera vez en la vida, perdió. Por primera vez en la vida, perdimos... Perdí y me perdí. Sin embargo, determinadas noticias, es mejor que queden a la espera...

viernes, 27 de julio de 2018

La felicidad no es haberlo conseguido

Dice esto que la última vez que publiqué algo fue el día de reyes del año pasado... creo que no he estado tanto tiempo sin escribir nunca... Pero ha llegado el día, porque este rinconcito virtual sigue siendo importante y porque siento que de no escribirlo aquí, acabarían por perderse ciertas sensaciones. Aún no me hago a la idea de lo que he conseguido, pero tiene pinta de ser uno de esos momentos que no se olvidarán jamás. No sé si esta es una entrada de agradecimiento, que lo es, o un relato del año vivido, pero sea lo que sea, no puedo evitar emocionarme pensando en todo lo que quiero decir y en todos los que han participado de esto.

¿Por dónde empezar? Por el reconocimiento que me dan los más importantes, esos que día a día me recordaban por qué luchaba y que lo expresaban con sonrisas, con caras de admiración, con interés de verdad, con invitaciones imposibles de rechazar o con mensajes en notas que cuestan creer y que acaban siendo la mejor carta de presentación y las mejores fotos de perfil, sin duda.

Por aquellos que día a día han estado ahí, y cuando digo día a día, en algunos casos, ha sido literal. Incansables, dando ánimos e infundiendo fuerza a cada instante y cada vez que sentía que esto no tenía final. Por aquellos que no han dudado cuando he necesitado que lean y escuchen lo "inescuchable", por aquellos que se han ofrecido a hacerlo, por todos los que, en cierto modo, han dado su tiempo para que yo aproveche el mío.

Por los que han sabido reconocer un mal día sin necesidad de contarlo, por los que han tenido tiempo siempre para escuchar, ya sea con una pantalla de por medio, en un desayuno medio a voces o al lado de un coche al que a veces costaba subirse porque significaba volver a empezar un día más.

Por esas frases que se quedan por siempre en la memoria, como aquella que decía que "hay momentos en los que haga uno lo que haga, siempre estará bien, porque hay que hacer lo que se sienta" y que han conseguido que sea mejor persona, sin duda. Por esa forma de hacer ver la vida de quien consigue que todo lo malo parezca insignificante y se acabe con una risa, con un rato de "terapia" o con una cerveza. Por demostrarme que haciendo "cachos" siempre se consigue el mejor camino.

Por aquellos que me vieron empezar, empezar de verdad. Quién me iba a decir hace 15 años que aquel que me explicaba que aprender a borrar la pizarra era importante en una oposición, acabaría viviendo tan de cerca la mía. Quién me iba a decir que las matemáticas no sería lo más importante que me enseñaría en la vida. Que la lección de verdad venía ahora, y es que una sonrisa ayuda a luchar contra cualquier tempestad.

Por quien apareció en mi camino para enseñarme a enseñar al estilo de "La guerra de las galaxias" y que conseguía que los "sables de luz" funcionasen incluso cuando se fundían los plomos. Desde entonces no le tengo miedo a los imprevistos porque aprendí a tener siempre un plan B, o C... Quién me enseñó a hacer lo que me gusta y a inventar hasta cuando parece que todo está inventado.

Por quien, de repente, decidió que darme un micrófono era una buena idea para acabar un día que se quedará grabado por siempre en la memoria, que representaba el volver a mis orígenes y compartirlo con aquellos por quienes estoy donde estoy.

Por esos con los que he compartido los mismos miedos, las mismas dudas, las mismas ilusiones y que lo han conseguido. Y, especialmente, por aquellos que lo conseguirán. La espinita de no haberlo hecho juntos se queda, pero ganarán lo que les pertenece, estoy segura.

Por aquellos que aunque no se hayan hecho notar, me han tenido presente siempre y han estado conmigo.

Por el destino, ese que sin saber muy bien cómo, acabó soltándome en mitad de un "peligro" que ahora me hace decir: "todos los "peligros" sean estos...

Por los abrazos sinceros, por las miradas de emoción contenida, por la magia de sabernos parte importante de este mundo. Porque es ahora, cuando empiezo a hacerme a la idea de que una nueva etapa comienza, cuando el shock inicial va despareciendo poco a poco, muy poco a poco, que me doy cuenta de que la felicidad no es haberlo conseguido, eso sólo es una parte. La felicidad es estar rodeada de tanta gente que esperaba y confiaba en que lo conseguiría, que hizo lo que estuvo en su mano para que pudiera conseguirlo, que le importó lo suficiente como para mantenerme a flote cuando parecía que me hundía y que han vivido esto como si realmente fuese parte de su vida. La felicidad de verdad es teneros a mi lado, a los de siempre y a los de ahora. La felicidad de verdad es la fortuna de que os cruzaseis en mi camino.