martes, 7 de agosto de 2018

La postal

Ayer llegó una carta al buzón. Escuché perfectamente el sonido del tejadito de plástico al abrirse y cerrarse un segundo después. Quizá, cualquier otra persona hubiese salido corriendo para cogerla y rasgar el sobre. Yo no. Tanto es así, que 24 horas después, ahí sigue. El cartero llegará hoy de nuevo, dejará la correspondencia del día y se irá. Y puede que salga a recogerla, pero solo la de hoy. Porque determinadas noticias es mejor que se queden a la espera. 
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Todo iba bien en aquel mes de noviembre, había tranquilidad en el ambiente. En el trabajo no había sobresaltos, en casa se respiraba paz, la vida social era activa y relajada a partes iguales: unas cervezas los viernes por la noche, el café típico de la sobremesa del sábado, puede que una sesión de cine en pareja por la noche y domingos de lectura, esperando la llegada del lunes donde la rutina de las teclas del ordenador volvía a aparecer. Por eso fue que la llamada de aquel miércoles llegó tan de imprevisto. 

- ¿Dígame? ... Sí, soy yo... Hmmm, ¿cuándo? ... Está bien ... Hasta mañana.

- ¿Ha pasado algo?
- Me necesitan fuera unos días. Algo acerca de un fallo informático y una baja de última hora imposible de cubrir.
- Bueno... la maleta está encima del armario.
- En tres días estoy aquí, prometido... Buscaré alguna postal bonita, aunque llegue antes que ella.

Al día siguiente la alarma del reloj me despertó una hora antes de lo habitual. Olvidé cambiar la hora el día anterior. Al mirar al lado de la cama, ya no había nadie... Tres días para disfrutar de alguna buena lectura o adelantar algo en el trabajo sin la necesidad de avisar a nadie de que llegaría algo más tarde. Me levanté tranquilamente y desayuné con calma mientras leía las noticias en la tablet. La conclusión era siempre la misma: el mundo se desmoronaba a pasos agigantados. Una ducha caliente para aclarar ideas y un paseo al trabajo. Al final, eso de levantarse una hora antes no estaba tan mal. Quizá debería hacerlo más a menudo. 

Y así lo hice durante esos tres días, incluso a pesar de que el último era sábado. Después de llamadas a altas horas de la noche y notificaciones de whatsapp en cualquier momento, esa mañana sonó el teléfono:

- A las 10 estoy en casa. ¿Llegó la postal? 
- Aún no. Llegarás antes que ella, como siempre.
Dieron las 12... En el buzón ya había correspondencia... Por la ventanita se distinguían imágenes borrosas del mar en calma y los trazos cuidados de quien pone el mayor esmero hasta en la tarea más insignificante. Una carrera al tiempo... O a correos... Por primera vez en la vida, perdió. Por primera vez en la vida, perdimos... Perdí y me perdí. Sin embargo, determinadas noticias, es mejor que queden a la espera...

viernes, 27 de julio de 2018

La felicidad no es haberlo conseguido

Dice esto que la última vez que publiqué algo fue el día de reyes del año pasado... creo que no he estado tanto tiempo sin escribir nunca... Pero ha llegado el día, porque este rinconcito virtual sigue siendo importante y porque siento que de no escribirlo aquí, acabarían por perderse ciertas sensaciones. Aún no me hago a la idea de lo que he conseguido, pero tiene pinta de ser uno de esos momentos que no se olvidarán jamás. No sé si esta es una entrada de agradecimiento, que lo es, o un relato del año vivido, pero sea lo que sea, no puedo evitar emocionarme pensando en todo lo que quiero decir y en todos los que han participado de esto.

¿Por dónde empezar? Por el reconocimiento que me dan los más importantes, esos que día a día me recordaban por qué luchaba y que lo expresaban con sonrisas, con caras de admiración, con interés de verdad, con invitaciones imposibles de rechazar o con mensajes en notas que cuestan creer y que acaban siendo la mejor carta de presentación y las mejores fotos de perfil, sin duda.

Por aquellos que día a día han estado ahí, y cuando digo día a día, en algunos casos, ha sido literal. Incansables, dando ánimos e infundiendo fuerza a cada instante y cada vez que sentía que esto no tenía final. Por aquellos que no han dudado cuando he necesitado que lean y escuchen lo "inescuchable", por aquellos que se han ofrecido a hacerlo, por todos los que, en cierto modo, han dado su tiempo para que yo aproveche el mío.

Por los que han sabido reconocer un mal día sin necesidad de contarlo, por los que han tenido tiempo siempre para escuchar, ya sea con una pantalla de por medio, en un desayuno medio a voces o al lado de un coche al que a veces costaba subirse porque significaba volver a empezar un día más.

Por esas frases que se quedan por siempre en la memoria, como aquella que decía que "hay momentos en los que haga uno lo que haga, siempre estará bien, porque hay que hacer lo que se sienta" y que han conseguido que sea mejor persona, sin duda. Por esa forma de hacer ver la vida de quien consigue que todo lo malo parezca insignificante y se acabe con una risa, con un rato de "terapia" o con una cerveza. Por demostrarme que haciendo "cachos" siempre se consigue el mejor camino.

Por aquellos que me vieron empezar, empezar de verdad. Quién me iba a decir hace 15 años que aquel que me explicaba que aprender a borrar la pizarra era importante en una oposición, acabaría viviendo tan de cerca la mía. Quién me iba a decir que las matemáticas no sería lo más importante que me enseñaría en la vida. Que la lección de verdad venía ahora, y es que una sonrisa ayuda a luchar contra cualquier tempestad.

Por quien apareció en mi camino para enseñarme a enseñar al estilo de "La guerra de las galaxias" y que conseguía que los "sables de luz" funcionasen incluso cuando se fundían los plomos. Desde entonces no le tengo miedo a los imprevistos porque aprendí a tener siempre un plan B, o C... Quién me enseñó a hacer lo que me gusta y a inventar hasta cuando parece que todo está inventado.

Por quien, de repente, decidió que darme un micrófono era una buena idea para acabar un día que se quedará grabado por siempre en la memoria, que representaba el volver a mis orígenes y compartirlo con aquellos por quienes estoy donde estoy.

Por esos con los que he compartido los mismos miedos, las mismas dudas, las mismas ilusiones y que lo han conseguido. Y, especialmente, por aquellos que lo conseguirán. La espinita de no haberlo hecho juntos se queda, pero ganarán lo que les pertenece, estoy segura.

Por aquellos que aunque no se hayan hecho notar, me han tenido presente siempre y han estado conmigo.

Por el destino, ese que sin saber muy bien cómo, acabó soltándome en mitad de un "peligro" que ahora me hace decir: "todos los "peligros" sean estos...
Por los abrazos sinceros, por las miradas de emoción contenida, por la magia de sabernos parte importante de este mundo. Porque es ahora, cuando empiezo a hacerme a la idea de que una nueva etapa comienza, cuando el shock inicial va despareciendo poco a poco, muy poco a poco, que me doy cuenta de que la felicidad no es haberlo conseguido, eso sólo es una parte. La felicidad es estar rodeada de tanta gente que esperaba y confiaba en que lo conseguiría, que hizo lo que estuvo en su mano para que pudiera conseguirlo, que le importó lo suficiente como para mantenerme a flote cuando parecía que me hundía y que han vivido esto como si realmente fuese parte de su vida. La felicidad de verdad es teneros a mi lado, a los de siempre y a los de ahora. La felicidad de verdad es la fortuna de que os cruzaseis en mi camino.

viernes, 6 de enero de 2017

Algo sencillo

Recién estrenado llegas alardeando a diestro y siniestro de que serás un año de 10, de sobresaliente, de matrícula de honor y, si te soy sincera, nunca me han gustado aquellos que andan presumiendo de ser todo lo que, piensan, otros no serán. Aún así, me gustaría que llevases razón, que fueses un año, no de 10, sino de 12. De 12 meses de retos a superar y superados, de 52 semanas en las que no importe que empiecen en lunes, de 365 días llenos de ilusión, de 8760 horas en las que lo único que hagamos sea sonreír. Pero fíjate, he utilizado el condicional, "gustaría", porque aunque está bien pensarlo, bien sabemos tú y yo que no todo serán sonrisas, ilusiones y retos superados. Por eso, ya que ni tú ni yo tenemos todas las de ganar en ese aspecto porque, en gran medida, ni de ti ni de mí depende, he decido involucrar en todo esto a alguien más y desear cosas que, si bien también podrían escribirse en condicional, prefiero utilizar, por esta vez, otras formas verbales. Así que mi carta a los reyes magos llega ahora, quizá tarde, o quizá no... 


Quiero, para este año, sacos llenos de verdades escondidas en miradas; saber reconocer a quien merece la pena no dejar marchar; capacidad para escuchar de verdad, sin emitir juicios antes de tiempo, con una cajita llena de empatía; valorar a alguien que ya recibiese ese regalo en años anteriores; charlas a la luz de la luna que dejen al descubierto quién eres de verdad, con confianza plena y sin arrepentimientos tardíos; agradecimientos sinceros y sabiduría para saber cuándo es el momento de darlos; sonrisas sin palabras de esas que siempre van seguidas de un abrazo; aprendizaje constante que traiga un buen montón de motivación bajo el brazo; más de esas personas que, sin saber cómo, infunden valentía en dosis pequeñas e imperceptibles; cariño por parte de los demás, y que te lo demuestren sin esperarlo, será señal de que algo hiciste bien; que recibas todas esas caricias que aún te faltan; escuchar palabras bonitas que vengan de almas limpias; disfrutar de la vida en cada momento y que aprendas, si no lo aprendiste ya, que no existen instantes vacíos; buenos ratos de lectura y, por que no, también de escritura; un gran proyecto nuevo por empezar, por continuar o por terminar; que te alegres por las alegrías de los demás y se lo hagas saber; que se alegren, de verdad, por las tuyas; momentos que compartir con la gente que te importa y otros que sean sólo para ti; inteligencia para mantenerte fiel a ti mismo, siempre; fuerza para enfrentar los contratiempos que vengan y para luchar por aquello en lo que crees; capacidad para encontrar esa luz que hay al final de todos los túneles; que la confianza no acabe defraudándote cambiándose el disfraz en cualquier esquina; y, por último, suerte, si no la tuviste ya, para cruzarte en mitad del camino con alguien con quien compartir aprendizajes y que, al igual que tú, quiera hacer y consiga que todo esto que pido sea algo sencillo.


sábado, 31 de diciembre de 2016

El champán también se bebe a sorbos cortos

Eran las siete de la tarde y en casa todos corrían de un sitio para otro, subían y bajaban las escaleras, se probaban ropa y se cambiaban de zapatos. Alguien hablaba de ponerse algo rojo, otros de preparar maletas que sólo darían una vuelta a la esquina y alguien más, en la cocina, perdía la cuenta de las uvas una y otra vez. Todavía faltaban cinco horas para el gran momento, pero por todos es sabido que la tradicional cena hay que prepararla con tiempo. Quedaban platos, copas y cubiertos por distribuir perfectamente en una mesa que ya lucía un mantel de un blanco impoluto que tardaría poco en tener manchas de vino tinto esparcidas por doquier. Manchas de vida al fin y al cabo. Después, entre risas y nervios, porque siempre había alguien que se ponía nervioso, llegarían las campanadas. Primero los cuartos, recordados en todas las reuniones: "son los cuartos, son los cuartos", como queriendo decir: "tranquilidad, que todavía seguimos donde mismo, no vayáis a estropearlo comiéndoos una uva", pero siempre hay alguien que se la come, mitad porque no se dio cuenta de que aún no tocaba, mitad porque así es más fácil acabar con ellas en la última campanada. Y esas son las que vienen después y todos callan e intentan sobrevivir al atragantamiento con el que se termina y se empieza cada año. Luego llegarían los besos y el feliz año nuevo, dos cosas que este año serían distintas y, si de ser sinceros se trata, hasta mejores, que no todos los cambios son a peor. Después empezarían a sonar los teléfonos, de unos y de otros. Más felicitaciones. Las importantes ya se habrían dado antes, sin tanta prisa, sin tanto agobio, sin tanta imagen enviada y reenviada, sin tantos vídeos. Sólo con palabras, unas más elaboradas, otras menos, pero todas desde dentro. Y, después, cada cual por su lado, dejando de importar para algunos que esta noche sea de fiesta obligada, porque comprendieron hace un tiempo que no tenía sentido empezar con obligaciones, sino con aquello que a cada cual haga feliz y que no hay mejor propósito para el nuevo año.

Y, en mitad de todo ese proceso, sólo porque ya han vuelto a pasar doce meses, sólo porque el calendario así lo marca de algún modo, alguien, o quizá todos, hace balance del año que se va, intentando recordar qué fue lo que funcionó lo suficientemente bien como para seguir manteniéndolo y qué falló, para poder aprender. Y este no fue un año muy destacable, normalito, con sus más y sus menos, sus altos y sus bajos, sus momentos de ánimo y desánimo también, con gente importante que se cruza en un momento, pero hasta ahí, lo cual, no nos equivoquemos, no les resta valor, que no todo el mundo puede quedarse. Hasta que recuerda los dos últimos meses... lo que aprendió, lo que vivió, lo que disfrutó, lo que agradeció y a quienes conoció. Un cumpleaños especial, el más especial en muchísimo tiempo, quizá el más especial que recuerde. Charlas de esas que recomponen el alma por dentro, sin saber bien cómo y que sólo pueden tenerse con ciertas personas, a determinadas horas y bajo ciertos fenómenos meteorológicos. Lecciones de vida en forma de películas y libros. Agradecimientos sin palabras y con ellas. Confianza plena en tiempo record. Orgullo y alarde de algo por primera vez en la vida. Seguridad de querer ser eso que tanto luchó por ser. Felicidad absoluta, como nunca antes y sin esperarlo. Lágrimas aguantadas, por aquello de mantener las formas, y que tuvieron que salir una noche para poder seguir. Sonrisas a miles. Vida a raudales, en definitiva, tomada a sorbos cortos, muchos sorbos cortos, como el té, como el café e, incluso, como el champán.

Eso hace al año que se va imposible de olvidar y le deja al que viene el listón bien alto. 2017 tiene un gran reto por delante.




¡Feliz año! 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Lluvia borrada

El sol comenzaba a verse bajo en la fachada de enfrente, pero aún era temprano. La falta de costumbre, otra vez, de ese cambio de hora de finales de octubre que conllevaba un mejor despertar y un vivir la vida rápido porque, en esa época, la noche va pisándole los talones al día. La televisión sonaba de fondo con alguna de esas películas de sobremesa que son del todo predecibles y que pierden todo el interés sin más que ver el título. Sobre la mesa un paquete de cigarrillos, de aquellos que muy de tarde en tarde se echaba a la boca, sólo cuando necesitaba aclarar ideas... cómo si no pudiese aclararlas sin ver las formas caprichosas del humo. Manías, defectos... particularidades de cada cual. El teléfono apagado, eso sí; siempre pensaba que si era algo importante existían otros modos de encontrarlo y que vivir permanentemente pendiente de ese aparato era un paso atrás en la evolución del ser humano. Ratos para él solo, días, semanas, "retiros espirituales" los solía llamar. Podían contarse tres o cuatro al año, si no más. Lapsos que no se sabía cuando venían ni cuando se irían y que si coincidían con que nadie tenía la idea de acordarse de él para tomar un simple café, se convertían en perfectos. Más defectos, pero ese le gustaba. La soledad buscada y encontrada. Cuántas veces habría leído lo mucho que le costaba a la gente, en general, tener esos momentos y aprovecharlos, y cuántas veces no lo había entendido. Qué quizá la felicidad consistía en eso, como había leído no hacía mucho en un libro un tanto peculiar, en esos ratos de tranquilidad y de la felicidad día a día. Divide y vencerás, decía el refrán, y hasta para ser feliz valía. De qué servía hacer un camino con destino únicamente a ser feliz, si no disfrutabas de la felicidad de cada paso. Si precisamente era ese paso el que te daría la felicidad de hoy, y el siguiente, la de mañana. Resulta que el concepto lo habían explicado mal, siempre. Y qué gratificante era descubrir el verdadero significado por uno mismo. Y entre calada y calada, conseguía que sus ideas volvieran a pisar fuerte, se hicieran notar. Repasaba todo lo ocurrido en días atrás y se empezaba a maravillar y a sorprender de lo ciego que había estado. De lo cerca que lo tenía todo y de lo lejos que se empeñaba en buscarlo. Y, con una sonrisa, decidió encender el teléfono, sólo para escuchar una vez más ese mensaje que decía todo y nada. Sólo para sentir que los latidos del corazón se quedaron con quien decidió poner una sonrisa a una mañana de nervios, borrando de un plumazo a quien se empeñó en poner lluvia a una tarde en la que el sol quería brillar.