lunes, 5 de abril de 2010

Historia de un sueño

Esta noche desperté en mitad de un lugar que nunca había visto. Estaba lleno de color y magia. A cada paso descubría un olor nuevo, a cada paso descubría una nueva sensación. El camino lo marcaban pequeños puntitos de colores que en el mundo real podrían haber sido flores.

Mientras caminaba por ese lugar era incapaz de borrar mi sonrisa, no había nada que pudiese borrarla. Seguí andando y de repente encontré una fuente, de esas con agua cristalina que solo pueden existir en un mundo como este. En el borde había una sola moneda dorada, brillando a la luz del sol, puesta ahí solo para una cosa, solo para lo que puede servir una moneda en una fuente, pero con una diferencia, si lanzaba esta, el deseo se cumpliría de verdad. Esa moneda era única, estaba ahí solo para mí, esperando a que formulase mi deseo, solo había una condición para que ese deseo se cumpliese: decirlo en voz alta, gritarlo mirando al cielo. Si alguien más visitaba ese lugar, tendría su propia moneda, esperando su propio deseo. Solo uno. No se necesita más. Yo tenía claro el mío, así que grité fuerte, más fuerte de lo que lo he hecho en la vida, más fuerte de lo que nunca lo hice en un sueño.




Después seguí andando de nuevo por ese camino, mirando a los lados, disfrutando no sé
exactamente de qué, pero disfrutando de todo, sin dejar de sonreír en ningún momento. De repente algo me cogió de la mano, miré a mi lado y me di cuenta de que quién me cogía de la mano era un pequeño duendecillo. Quería llevarme a algún lugar, con una sonrisilla que me pareció de lo más tierna y graciosa, así que me fie de él. Aparecí en una casita de esas de cuento, con un montón de duendecillos que me decían cosas que no lograba entender, pero todos con esa misma sonrisa. Tiraban de mí en todas direcciones, los notaba saltar por encima de mí, escuchaba sus risas y hasta sus enfados porque no se ponían de acuerdo no sé en qué. De repente todos estuvieron de acuerdo en algo, en llevarme en una misma dirección. Me dejé guiar. Cuando miré al frente, me descubrí delante de un espejo, maravillosamente vestida, en plan princesa de cuento. El vestido derrochaba alegría lo mirase por donde lo mirase y mi sonrisa seguía sin borrarse. Una completa princesa en un lugar de ensueño…

Al poco me encontré fuera de la casita, con todos los duendecillos a mí alrededor dirigiéndome hacia algún lugar. A lo lejos vi más duendecillos aún, se acercaban y también dirigían a alguien, pero no conseguía saber quién era, ni siquiera sabía si era alguien conocido. Mis duendecillos parecían nerviosos y no acertaba a saber cuál era la razón. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, nuestros duendes desaparecieron… el mundo de fantasía no. A ti también te vistieron de príncipe y no pude evitar reírme; príncipe y princesa en un lugar de ensueño. Tú tampoco dejabas de sonreír.

Aparecimos al lado de la fuente de los deseos, nos miramos y supimos que verdaderamente los hacía realidad, los dos supimos que deseo pidió el otro. Al volver a mirar la fuente, vimos una moneda aún más dorada que la que vi antes. Esta vez la condición era otra: tirarla juntos. El deseo… no hacía falta formularlo siquiera, la fuente sabía que hacer ahora.

Cuando la moneda cayó al agua, desperté. Mi mundo de ensueño había desaparecido pero sé que por una noche, tú te colaste en mis sueños y yo me colé en los tuyos
.

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