martes, 8 de junio de 2010

El castillo se derrumbó

Su pecho es cómodo, puede oír el latido de su corazón y eso le une un poco más a él. Huele a recién duchado, no lleva colonia, nunca la lleva y ese olor se mezcla también con el olor a tabaco y  chicle de fresa que siempre lleva en la boca cuando está con ella  por no fumar a su lado; en este momento, es lo único que odia de él, que fume, pero ahora no le importa.

Le susurra cosas bonitas al oído entre beso y beso, la abraza fuerte, como si no quisiera dejarla escapar, como si tuviese la certeza de que cuanto más fuerte la abraza, más lejos estará la hora de la despedida.

Hoy le regaló una pulsera, aun no saben que acabará en un rincón, escondida en un cajón y sin que nadie pueda verla. Es bonita y en su muñeca queda bien; ella lo mira pensando que no hacen falta regalos para demostrar nada, que no necesita que la compren con colgantes, pulseras ni anillos, que simplemente se siente feliz con él a su lado; hace que se sienta segura y cuando la mira ve en sus ojos una ternura que no puede describir, o al menos eso cree.

Después es ella quien lo mira a él, le besa e inevitablemente él se sorprende de ese beso, normalmente, ella no le besa, aún le impone esa situación, aún no sabe bien cómo actuar, pero pronto, eso dejará de ser un problema.

Ahora está de espaldas a él, se echa hacia atrás y apoya la cabeza en su hombro mientras él vuelve a abrazarla fuerte. Ella cierra los ojos y sin esperarlo siquiera, lanza al aire un “te quiero” tan bajito que bien podía haberse confundido con el soplar del viento. Aún no sabe quién es él ni qué papel llegará a desempeñar en su vida, lo único que sabe es que ella es “su princesa, su princesita” y por el momento, le basta. Nunca imaginaría lo mucho que podría llegar a odiar esas palabras…

Han pasado ya varios años desde aquel día, desde aquellos días, y sí, aquella pulsera sigue guardada en un cajón, junto con algunos regalos más, en una esquinita donde apenas se ven, y ya no quiere ser princesa de nadie, porque ha aprendido que los castillos no existen. Son pocos los momentos en que recuerda algo bonito, tan pocos que este es el primero en mucho tiempo, en muchísimo tiempo. Aprendió a decir un “te quiero” solo cuando mereciese la pena y aún no ha dicho ninguno.

Ahora ya no sabe si aún espera o se cansó de esperar para regalar abrazos,  caricias y besos que por una vez, puedan ser de verdad. Ahora ya no sabe si aún espera o se cansó de esperar “te quieros” que suenen bien. Ahora ya no sabe si el miedo se pasa o siempre se queda ahí. Ahora ya no sabe si el latido de un corazón, puede atarla a alguien. Ahora ya no sabe si volverá a ser una princesa, aunque no lo quiera.

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