jueves, 30 de septiembre de 2010

Corre, sal

Se refugiaba en un rincón, tapando todas esas rendijas por las que una luz, que ella se negaba a ver, entraba cada mañana. Obligaba a que entrasen distintas luces por esas mismas rendijas o quizá por otras. Tapándolas, quizá con otra luz, mejor, no tendría que admitir que estaba equivocada. Podría siempre llevar la razón. Ni siquiera se daba cuenta de todo este trabajo que hacía cada día, ni siquiera se daba cuenta de todo lo que tenía escondido.

Todo en su vida tenía que tener una explicación, tenía que tener un por qué. Hasta entonces casi lo había conseguido, todo estaba siempre bajo control, todo se esperaba siempre y todo se veía venir. Debía seguir siendo así…
 
Irremediablemente, esta aparente calma se rompía cada cierto tiempo. Una caricia, un abrazo o una simple mirada hacían que, sin ser consciente siquiera, tuviese que reconstruir su mundo. Admitir que a veces pensaba en él, era admitir mucho más de lo que estaba dispuesta. Así que cerraba los ojos y vuelta a empezar. Tendría tiempo hasta la siguiente vez de seguir tapando rendijas.

Pero un día fue imposible tapar las rendijas, estas se hicieron mayores y ella tuvo que cerrar los ojos para poder ver; la luz le cegó.

Ahora, corre, sal, vuela y déjalo todo sin control. Admite que te equivocaste, que no llevabas razón, que no estaba todo controlado. Atrévete a perderte cada mañana en un abrazo, cada noche en una caricia, cada tarde en un beso. Atrévete a admitir que todo, absolutamente todo, estaba a tu lado. Admite que si lo pierdes, no serías tú. Admite que te dolió perderlo una vez.

Porque no tendrías derecho a pedir nada y, sin embargo, lo tienes todo.

Y hacía tiempo que ella no escuchaba un te quiero, hacía tiempo que no lo sentía de verdad. Hacía tiempo que ella no tenía palabras para poder describir algo… y no se dio cuenta…

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