sábado, 6 de noviembre de 2010

¡¡A escribir se ha dicho!!

Sí, manos a la obra. O al teclado. Hace tiempo me percaté de algo bastante lógico: sólo escribo cuando tengo algo en la cabeza que me preocupa a nivel personal o que de algún modo me involucra. Si, un descubrimiento, ¡¡vamos!! Haciendo cuentas, llevo sin nada que me preocupe desde hará cosa de un poco más de un mes.  

Y necesitaba escribir, echaba de menos sentarme frente al teclado y empezar a aporracear las teclas con odio, con dolor, con resentimiento, con alegría, con ganas de cambio, con incertidumbre, con melancolía, con lágrimas en los ojos, con sonrisas en mi cara, con ilusiones perdidas y encontradas. Y es que verdaderamente es algo que me encanta. Consigue que me evada de esas preocupaciones sin olvidarlas y pudiendo pensar tranquilamente en todo lo que es importante en ese momento. Procuro no ligar los textos al hecho concreto que me lleva a escribir, porque hace tiempo que veo cada circunstancia en la vida como una enseñanza, no tanto por la circunstancia en sí, sino por las sensaciones que me trasmite y las que yo proyecto, por cómo me hace sentir en definitiva.

Y hoy tengo algo en la cabeza, aunque esa es una conclusión a la que muchos de vosotros habréis podido llegar hace un buen rato. Es difícil, en este caso, describir las sensaciones sin que eso conlleve explicar el hecho que me impulsa a escribir. Este creo que es uno de esos textos en los que doy a conocer más de mí de lo que quisiera realmente; aun así supongo que el hecho de no saber exactamente quien lo leerá en cada momento y si verdaderamente será leído por alguien, me tranquiliza de una manera un tanto idiota.

Sea como fuere, mi texto de hoy está relacionado con uno de los temas que menos me gusta tratar en mis escritos, aunque ocupe buena parte de ellos. El amor… no el amor a los padres, a los hijos, a los hermanos, a los amigos… no. El amor, ese que estáis pensando, el mismo, el que se escribe con letras mayúsculas y nos venden las películas de Disney. Ese.

Quizá dentro de unas semanas piense algo completamente distinto a esto, aunque lo dudo. A los 15 años una cree en los príncipes azules, consecuencia de esas películas de Disney y de que la niñez no está tan lejos aún. Conforme va creciendo, los príncipes azules dejan paso a otros príncipes con otro color y finalmente creo que la realeza desaparece de nuestros pensamientos. No es de extrañar…

El caso es que no, no creo que los príncipes azules existan y menos en los tiempos que corren. Y sinceramente, lo prefiero. Salvo en contadas ocasiones, son pocos los que están dispuestos a dar algo por alguien y no creo que sea una cuestión de egoísmo; sí creo, en cambio, que es una cuestión de falta de amor.

Creo que nos empeñamos en encontrar a alguien, casi por obligación, como algo impuesto y nos forzamos a enamorarnos o algo así. O quizá nos hacemos una idea equivocada de quien es el otro y hasta de quién somos nosotros mismos. Entonces nos damos cuenta de lo fácil que es decir un “te quiero” y de lo difícil que resulta sentirlo de verdad, aunque ni siquiera nos demos cuenta y pensemos que realmente lo sentimos. De ahí que cada vez me reafirme más en decir un “te quiero” solo cuando merece la pena y cuando estoy segura de sentirlo, si es que puedo estarlo, es decir, cuando se me plantean situaciones en las que soy capaz de reaccionar de forma coherente respecto con esas dos palabras. Algunos llaman a esto frialdad… pues si eso es cierto, también la prefiero. 

Según mi manera de entenderlo, el amor no implica sacrificio alguno, al menos no constantemente. En el amor, haces lo que quieres, porque quieres y te sientes bien con ello. Cuando esto, o algo parecido, se cruza en tu vida deberás dedicarle un tiempo, no porque se deba hacer sino porque se quiere hacer. Y los días, evidentemente, seguirán teniendo 24 horas, lo que implica tener que reducir tiempo de la vida diaria que normalmente llevas. A esto hay quien lo llama “cuidar el amor”…


La libertad también es un punto importante, si nos ponemos a mirar las cosas desde el punto de vista del corazón (cosa que estoy intentando evitar en la medida de lo posible), no pierdes libertad, pasas a compartirla con alguien porque pasas a compartir tu vida con esa persona. Hay cosas que son tuyas y seguirán siendo tuyas, y otras pasarán a ser parte de los dos, por el simple hecho de que te preocuparán y le preocuparán como si fuesen propias. Lo cual… corta las alas… Bueno, eso es una opinión, yo no la comparto.

La sinceridad. Queremos sinceridad. El estar con alguien implica confiar en esa persona (debe implicarlo al menos) y entonces pedimos sinceridad. Queremos saber qué es lo que hacemos mal y qué bien, no sé si por la persona que hay a nuestro lado o por nosotros mismos y decimos, todos: “si algo no le gusta, lo cambio”. El problema de pedir sinceridad es que todo es bonito cuando dices que todo está bien. Pero en el momento en que algo no gusta… llegan las curvas. (Vale, no siempre, quizá estoy generalizando, pero es que influye sobre mí cierta circunstancia…). Pues bien, ese cambio dependerá de dos cosas principalmente: primero, de lo que haya que cambiar. Si es algo verdaderamente importante para nosotros, costará mucho hacerlo (en principio). Si es algo de nuestra personalidad, es bastante complicado, por difícil que pueda ser convivir con ese algo y alguien más; además, si es algo de nuestra personalidad, nos sentimos amenazados, en cierto modo nuestro cerebro nos dice que si cambiamos esa parte dejaremos de ser nosotros mismos y se plantea un dilema bastante importante. Y segundo, de lo que nos importe esa persona. Si lo cambiamos, una de dos, o no tenemos personalidad ninguna o verdaderamente estamos enamorados, y en un tono irónico podré decir que no sé cuál de las dos es peor. Hay una tercera, que se resume en que nos damos cuenta de los fallos que tenemos como todos y tratamos de enmendarlos porque es bueno, no solo para “la relación”, sino para nosotros mismos.

Y no, no soy ninguna experta en eso que llaman amor, como ya habréis podido comprobar. Pero después de todo, esta vez he pasado de las sustancias que actúan sobre nuestro cerebro y me siento aun con fuerzas para haber hecho esta pequeña reflexión acerca de él, viéndolo de la manera más fría y cuadrada que puedo, aunque seguramente pueda verse más fríamente aún.

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