viernes, 19 de noviembre de 2010

Un año de vida :D

Sí, día de entrada obligada, no hay más, ¿por qué? Pues porque hoy hace justo un año que este blog comenzó y qué mejor manera de celebrarlo que escribir algo dedicado a él.

Ha sido un año intenso a nivel de emociones, aunque esa parte prefiero dejarla para una posible entrada de fin de año, ya que está cerca de nuevo, pero bueno, aun así sigue siendo cierto.

Este blog me ha dado  la oportunidad de darme a conocer un poquito, aunque sea de una manera diferente y me ha ayudado también a conocer un poco más a algunas personas, cosa que nunca pensé posible por este método. No solo he sacado emociones mías a relucir, sino que he conseguido sacar también algunas de las que esconden los demás.

Ha habido entradas buenas, menos buenas, regulares, malas y muy malas, seguro, tanto a nivel literario como a nivel anímico, pero sea como sea, a mi me han servido en su momento para poder decir lo que pienso, para poder encontrar solución a los problemas, que a veces, simplemente contándolos resultan no ser tan graves, para vivir en un mundo de ilusiones muchas veces y para compartir alegrías, que eso siempre viene bien.

Al fin y al cabo, puede decirse que este blog tiene vida propia, con sus días malos y buenos; y su vida no es la mía, sino la vida que ven mis ojos, tanto mía como de los demás. 

Me embarqué en esta “miniaventura” pensando que en menos de una semana le habría dado de lado, pero no, después de un año sigo aquí, escribiendo, como siempre; y con ganas de más. Sólo espero que para dentro de un año, siga habiendo muchas más cosas que contar y muchas más cosas por vivir “ENTRE CONJETURAS Y TEOREMAS”.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Quiero bailar

Quiero andar. Quiero correr. Quiero saltar. Quiero dar vueltas hasta marearme. Quiero bailar. Y quiero que andes, que corras, que saltes, que des vueltas y que bailes conmigo.

Una cucharadita de alegría, otra de compresión, otra de optimismo e infinitas de risas. Un buen puñado de felicidad. Un momento bonito, dos, tres… y perder la cuenta. Una vida de dos mientras la vida dure. Dos viviendo una vida, hasta que los dos no se distingan.

Restar del mundo de dos el miedo, la cobardía y los razonamientos lógicos. La cabeza para quien la necesite, que hoy no  me hará falta, que hoy no la necesitarás.

La felicidad puede estar en una simple gota de lluvia, no tan simple entonces. La vida puede durar  5 minutos, quizá el resto no merezca la pena. Pero está llena de 5 minutos y quiero que valgan la pena. Felicidad en tramos de 5 minutos, en cada gota de lluvia y en cada rayo de sol, que también es bueno.

Contrastes. La lluvia y el sol. El blanco y el negro. ¿El optimismo y el pesimismo? Ese fuera. Me gusta la lluvia y me gusta el negro porque me gusta verte feliz. Ojalá todo lo malo fuese así.

Y cada día una gota de lluvia más, cada día un rayo de sol. Disfrutar de la vida como si fuese la única que tenemos… será la única que tengamos.

Si la vida está llena de obstáculos, los salto, para algo me dieron piernas. Si me tropiezo y me caigo, me levanto, que también me dieron brazos. Si me rompen la nariz, la curo. Si me rompen el corazón… también sanará.

Si la vida me abre la boca y me quiere masticar, yo puedo abrirla más, que aquí si alguien tiene que comer, soy yo.  Si de repente todo se descoloca, doy un pisotón y a ver quién puede más, y si luego el pie me duele, aprenderé.

Y dar vueltas, vueltas y más vueltas. No llegar a ningún lugar jamás. Círculos cerrados, eso no es más  que un simple truco de magia; la abertura convertirá el circulo en una recta infinita. Y entonces… caminar. ¿Caminamos? 

Quiero bailar… y que bailes conmigo.

sábado, 6 de noviembre de 2010

¡¡A escribir se ha dicho!!

Sí, manos a la obra. O al teclado. Hace tiempo me percaté de algo bastante lógico: sólo escribo cuando tengo algo en la cabeza que me preocupa a nivel personal o que de algún modo me involucra. Si, un descubrimiento, ¡¡vamos!! Haciendo cuentas, llevo sin nada que me preocupe desde hará cosa de un poco más de un mes.  

Y necesitaba escribir, echaba de menos sentarme frente al teclado y empezar a aporracear las teclas con odio, con dolor, con resentimiento, con alegría, con ganas de cambio, con incertidumbre, con melancolía, con lágrimas en los ojos, con sonrisas en mi cara, con ilusiones perdidas y encontradas. Y es que verdaderamente es algo que me encanta. Consigue que me evada de esas preocupaciones sin olvidarlas y pudiendo pensar tranquilamente en todo lo que es importante en ese momento. Procuro no ligar los textos al hecho concreto que me lleva a escribir, porque hace tiempo que veo cada circunstancia en la vida como una enseñanza, no tanto por la circunstancia en sí, sino por las sensaciones que me trasmite y las que yo proyecto, por cómo me hace sentir en definitiva.

Y hoy tengo algo en la cabeza, aunque esa es una conclusión a la que muchos de vosotros habréis podido llegar hace un buen rato. Es difícil, en este caso, describir las sensaciones sin que eso conlleve explicar el hecho que me impulsa a escribir. Este creo que es uno de esos textos en los que doy a conocer más de mí de lo que quisiera realmente; aun así supongo que el hecho de no saber exactamente quien lo leerá en cada momento y si verdaderamente será leído por alguien, me tranquiliza de una manera un tanto idiota.

Sea como fuere, mi texto de hoy está relacionado con uno de los temas que menos me gusta tratar en mis escritos, aunque ocupe buena parte de ellos. El amor… no el amor a los padres, a los hijos, a los hermanos, a los amigos… no. El amor, ese que estáis pensando, el mismo, el que se escribe con letras mayúsculas y nos venden las películas de Disney. Ese.

Quizá dentro de unas semanas piense algo completamente distinto a esto, aunque lo dudo. A los 15 años una cree en los príncipes azules, consecuencia de esas películas de Disney y de que la niñez no está tan lejos aún. Conforme va creciendo, los príncipes azules dejan paso a otros príncipes con otro color y finalmente creo que la realeza desaparece de nuestros pensamientos. No es de extrañar…

El caso es que no, no creo que los príncipes azules existan y menos en los tiempos que corren. Y sinceramente, lo prefiero. Salvo en contadas ocasiones, son pocos los que están dispuestos a dar algo por alguien y no creo que sea una cuestión de egoísmo; sí creo, en cambio, que es una cuestión de falta de amor.

Creo que nos empeñamos en encontrar a alguien, casi por obligación, como algo impuesto y nos forzamos a enamorarnos o algo así. O quizá nos hacemos una idea equivocada de quien es el otro y hasta de quién somos nosotros mismos. Entonces nos damos cuenta de lo fácil que es decir un “te quiero” y de lo difícil que resulta sentirlo de verdad, aunque ni siquiera nos demos cuenta y pensemos que realmente lo sentimos. De ahí que cada vez me reafirme más en decir un “te quiero” solo cuando merece la pena y cuando estoy segura de sentirlo, si es que puedo estarlo, es decir, cuando se me plantean situaciones en las que soy capaz de reaccionar de forma coherente respecto con esas dos palabras. Algunos llaman a esto frialdad… pues si eso es cierto, también la prefiero. 

Según mi manera de entenderlo, el amor no implica sacrificio alguno, al menos no constantemente. En el amor, haces lo que quieres, porque quieres y te sientes bien con ello. Cuando esto, o algo parecido, se cruza en tu vida deberás dedicarle un tiempo, no porque se deba hacer sino porque se quiere hacer. Y los días, evidentemente, seguirán teniendo 24 horas, lo que implica tener que reducir tiempo de la vida diaria que normalmente llevas. A esto hay quien lo llama “cuidar el amor”…


La libertad también es un punto importante, si nos ponemos a mirar las cosas desde el punto de vista del corazón (cosa que estoy intentando evitar en la medida de lo posible), no pierdes libertad, pasas a compartirla con alguien porque pasas a compartir tu vida con esa persona. Hay cosas que son tuyas y seguirán siendo tuyas, y otras pasarán a ser parte de los dos, por el simple hecho de que te preocuparán y le preocuparán como si fuesen propias. Lo cual… corta las alas… Bueno, eso es una opinión, yo no la comparto.

La sinceridad. Queremos sinceridad. El estar con alguien implica confiar en esa persona (debe implicarlo al menos) y entonces pedimos sinceridad. Queremos saber qué es lo que hacemos mal y qué bien, no sé si por la persona que hay a nuestro lado o por nosotros mismos y decimos, todos: “si algo no le gusta, lo cambio”. El problema de pedir sinceridad es que todo es bonito cuando dices que todo está bien. Pero en el momento en que algo no gusta… llegan las curvas. (Vale, no siempre, quizá estoy generalizando, pero es que influye sobre mí cierta circunstancia…). Pues bien, ese cambio dependerá de dos cosas principalmente: primero, de lo que haya que cambiar. Si es algo verdaderamente importante para nosotros, costará mucho hacerlo (en principio). Si es algo de nuestra personalidad, es bastante complicado, por difícil que pueda ser convivir con ese algo y alguien más; además, si es algo de nuestra personalidad, nos sentimos amenazados, en cierto modo nuestro cerebro nos dice que si cambiamos esa parte dejaremos de ser nosotros mismos y se plantea un dilema bastante importante. Y segundo, de lo que nos importe esa persona. Si lo cambiamos, una de dos, o no tenemos personalidad ninguna o verdaderamente estamos enamorados, y en un tono irónico podré decir que no sé cuál de las dos es peor. Hay una tercera, que se resume en que nos damos cuenta de los fallos que tenemos como todos y tratamos de enmendarlos porque es bueno, no solo para “la relación”, sino para nosotros mismos.

Y no, no soy ninguna experta en eso que llaman amor, como ya habréis podido comprobar. Pero después de todo, esta vez he pasado de las sustancias que actúan sobre nuestro cerebro y me siento aun con fuerzas para haber hecho esta pequeña reflexión acerca de él, viéndolo de la manera más fría y cuadrada que puedo, aunque seguramente pueda verse más fríamente aún.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Defraudar

Queramos o no, no vivimos solos en este mundo. Esa convivencia implica que no podemos evitar herir a la gente y que la gente nos hiera, porque la mayoría de las veces vivimos según nuestros pensamientos y creencias y sin darnos cuenta, no tenemos presentes los de aquellas personas que están con nosotros. Eso no quiere decir que esas personas no nos importen, solo es que a veces nos puede más nuestro interior. 

Habrá gente, entonces, a la que defraudemos por unos motivos u otros; motivos que quizá nadie conoce y que para nosotros son importantes. Pero hay ocasiones en las que esos motivos que para nosotros son tan graves, para los demás no lo son, porque cuando alguien nos importa, perdonamos sus errores sin más.

El problema es que a veces no nos damos cuenta de eso, de que siempre hay alguien ahí, a nuestro lado, al que no defraudamos aunque pensemos que sí. A ese alguien le importan nuestros errores y le duelen, pero también sabe que es bueno dejar que nos caigamos y que aprendamos solos. La verdad es que creo que a ese alguien le dolería aún más que por culpa del sentimiento de que lo estamos defraudando, le mintiésemos. Pienso que ese alguien se alegraría al saber que por una vez estamos confiando en él, estamos dejándole que confíe en nosotros, le estamos dando la oportunidad de conocer nuestros pensamientos y estamos haciendo las cosas bien.

Quizá a veces somos más duros con las personas a las que queremos bien, no porque nos sintamos defraudados ni dolidos, sino porque nos importan, sin más. A veces se equivocan o nos equivocamos, pero esos que estamos por debajo, siguiendo un camino marcado, somos precisamente los que tenemos que hacerles ver que a veces las cosas pueden cambiar, y que el cometer errores una vez, no implica volver a cometerlos.