miércoles, 29 de diciembre de 2010

Seámos niños de nuevo

Es curioso este mundo. A veces pienso que pasamos por él sólo de puntillas y que hace tiempo que no somos conscientes de todo lo que tenemos en él.

Solemos refugiarnos en miedos que nos paralizan completamente, que lo único que nos dan es inseguridad.

Y es más curioso aún como cuando éramos pequeños, esos miedos no estaban. En esa etapa de nuestra vida vivíamos sin ningún tipo de miedo y disfrutábamos del regalo que se nos ofrecía sin ningún problema, lo tomábamos entero, lo abrazábamos y no lo soltábamos pasase lo que pasase. Si queríamos algo lo pedíamos con todas nuestras fuerzas y luchábamos por ese algo costase lo que costase.

Cuando éramos pequeños, podíamos estar en cualquier lugar, ver a otro niño a lo lejos y sin miedo a negativas, preguntábamos: “¿quieres ser mi amigo?” y no barajabas la posibilidad de que te diesen un no, y si te lo daban, pues pensabas: “se lo pregunto a aquel de allí”, ahora no todo es tan simple. En aquel momento compartías con esa persona que acabas de conocer lo más importante de tu existencia en ese momento, ya fuese una piedra o el berrinche que tenías por vete a saber qué motivo. Hoy por hoy, parece ser que esa pregunta ya no tiene sentido. Parece ser que todos tienen sus amigos y es imposible salirse de ahí, el resto de gente simplemente son conocidos. Y, en ocasiones, da miedo el querer darte a los demás y no tener certeza absoluta de que los demás te recibirán bien.

A veces sentimos la necesidad imperante de conocer a alguien o “alguienes” con quien poder compartir parte de tu existencia, alguien que de alguna manera dé un nuevo rumbo a tu mundo, alguien con quien hacer cosas que nunca hiciste o que, simplemente, amplíe tu campo de miras. Y en ese momento es cuando aparecen los miedos, las dudas, la timidez, la inseguridad… todo lo malo que hay en este mundo a nivel de sensaciones que nos impide vivir.

Empiezas a buscar excusas, miles de ellas, factores externos todos que hacen que sea imposible hacer determinada cosa en determinado momento y que, a pesar de que esto sea una desilusión, no existen. Definitivamente no están (quizá no todos).

En definitiva, ocurre algo más curioso aún que el mundo en sí: la cantidad de amigos que tenemos o hacemos suele ser inversamente proporcional a la cantidad de años que llevamos vividos. Y me pregunto: ¿no debería ser distinto? Si vivimos más años, tendremos más experiencias a nuestras espaldas, si tenemos más experiencias tendremos más gente con la que las hayamos vivido, si tenemos más gente con la que hemos vivido experiencias… ¡¡deberíamos tener más amigos!! ¿Qué pasa entonces?, ¿cuál es la razón de este absurdo? Pues que conforme vamos creciendo, nos hacemos egoístas y recelosos. Y ese recelo, sobre todo el recelo, nos mata, nos pierde.

Y muchas veces no estamos seguros si esto es una sensación generalizada del mundo o una individualizada de más de uno,  el caso es que vemos como aparentemente los demás consiguen algo, que por circunstancias reales, imaginarias o simplemente circunstancias, otros no han sido capaces de conseguir hasta ahora.

martes, 28 de diciembre de 2010

Un nuevo principio

En medio de la penumbra despertó, abrió los ojos y la luz entró.
Se tumbó en mitad de aquella noche, en mitad de aquel espacio vacío sin ser capaz de saber siquiera si su cuerpo en sí ocupaba algún lugar. De todos modos, eso hoy no importaba; de hecho, puestos a elegir, preferiría no ocupar un lugar físico en ese momento, eso significaría que los demás podrían verle y tenerles que dar explicaciones, aunque no fuesen pedidas, de por qué estaba ahí. Visto así, el lugar físico era lo de menos.

Se sentía un ente completamente alejado de sí mismo, se sentía fuera de su cuerpo y observado por sí mismo desde fuera. Desde ese suelo frío y húmedo que imaginaba, rodeado de enormes árboles inexistentes que cerraban la poca luz que entraba de una luna llena completamente vacía, se observaba. Estaba débil.

En ocasiones pensaba que en un momento, todo volvería a ser igual que antes.  De repente, de un segundo para otro todo habría vuelto a cambiar. Su subconsciente le traicionaba a cada instante; luchaba por dejarlo al margen, pero era imposible. Su consciente peleaba día tras día con él, pero seguía siendo imposible. El tiempo volvería a dejarlo todo tal y como estaba, solo el tiempo sería capaz de eso.

Mientras tanto, comienza a borrar todo aquello que se relaciona con su recuerdo. Empieza a dejar lo malo a un lado y lo bueno a otro, bien diferenciados donde no se dé lugar a que se mezclen. El subconsciente que se quede con  los sueños y los movimientos repentinos al escuchar algún ruido. El consciente que empiece a borrar aquello que en un futuro pueda doler.

Poco a poco se va haciendo de día. Esa parte de sí mismo que observaba desde fuera va fundiéndose con su cuerpo en el suelo. La luz del sol comienza a entrar entre las rendijas de los árboles, estos empiezan a espaciarse, comienza a verse un cielo azul, sin nubes. Comienza a levantarse, comienza a andar. Una vez más el camino vuelve a comenzar. Con cada final, un nuevo principio nacerá. 

 En medio de la penumbra despertó, abrió los ojos y la luz entró.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Autopista peligrosa

Una autopista, un coche, velocidad. Todo dice “no”, vas en dirección contraria, te estrellarás a una velocidad vertiginosa. Sigues acelerando. Intentan pararte, no es posible, nadie podrá salvarte.

Todos van en dirección contraria a ti y aún así sigues pensando que tu dirección es la correcta. La gente te hace señales, te intenta indicar lo peligroso de tu recorrido. Haces caso omiso, no ves el muro al fondo y sigues acelerando.

Una autopista de un único sentido, nadie te acompaña, todos saltan de ese coche en marcha cuando comienzas a acelerar. No estás dispuesto a que nadie comparta el viaje contigo y sigues acelerando. Algo te hace recapacitar pero no sabes bien qué es, frenas, reduces, piensas… y vuelves a acelerar.

La noche se cierra, piensas en encender las luces. Pero sólo lo piensas. Avanzas a oscuras, sin mirar atrás. Nada te importa, o al menos intentas que crean eso. Y el cuentakilómetros sigue subiendo.

El muro se acerca, la vida va abriendo la boca, la cierra y ¡zás!, te llevas el primer bocado o quién sabe si no será el primero. A pesar de todo, sigues pisando el pedal.

Cada vez queda menos gente en la autopista, cada vez menos coches paran a intentar ayudarte. No aceptaste ayuda de ninguno hasta ahora, así que ¿por qué parar? Solo seguirán parando aquellos a los que de verdad le importes, solo compartirán parte de tu viaje aquellos que deseen desde el corazón que frenes y des media vuelta. El resto, desaparecerán en tu retrovisor. Ahora me cuestiono en qué coche viajo yo…

De todos modos, quien sabe si después de todo la autopista lleva doble sentido y el tuyo es perfectamente válido. Quizá seamos los equivocados el resto, o quizá lleves la misma razón que todos. Quizá el muro se aleje y nunca te estrelles, quizá en cierto momento un coche consiga hacerte recapacitar y dar media vuelta, quizá… o quizá no.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Decidió morir

“… murió a 5 de diciembre de 2010, a la edad de 23 años, preso de la cobardía y la falta de coraje.

Vivió su vida sin vivirla. Los demás fueron su camino y él nunca supo andar solo. Fue una eminencia y murió como la mayoría, atado por los sentimientos que no se pueden sentir.

Murió sin conocer la felicidad, sin conocer el amor. Murió conociendo millones de cálculos que nunca lo harían feliz.

Pudo elegir entre dos opciones, vivir o morir. Decidió morir. Como el hombre que teniendo las manos frías, pensó que moría y se tumbó inmóvil. Se creyó muerto y la jauría se lo comió. (Jorge Bucay)

Durante su vida sin vida, presumía de piernas fuertes. Las piernas fuertes sirven para saltar el precipicio que todos tienen que saltar alguna vez si no desean morir. Sus piernas fuertes no tuvieron el valor para saltar, se hicieron débiles, como todo él y corrieron en la dirección contraria,  para no preocuparse más de esa vida que se le presenta.

Murió pensando en un futuro, en una posible vida el día de mañana. Es imposible pensar en la vida del mañana, cuando no se tiene el coraje suficiente para vivir hoy. Completamente imposible. El día de mañana, tampoco existirá el coraje.

La vida le dio oportunidades, se las mostró varias veces. Él decidió no hacerle caso, prefirió morir.

Ni siquiera tuvo el coraje de plantarle cara a la vida a la hora de dejar este mundo. Decidió comunicarle que dejaba de existir con un anónimo. Decidió que sería mejor así, antes que sentir que la vida podía ganarle y destrozar su plan maestro de morir en soledad.

Así lo quiso, nadie pudo salvarlo. “