domingo, 12 de junio de 2011

Adelante

La necesidad de huir, de salir corriendo de aquí, sea el lugar que sea, esté en el lugar en el que esté. La necesidad de gritar ó… quizá de meterme en el mar y nadar, solo nadar, avanzando sin prisa pero sin pausa hasta el lugar exacto en que pueda tumbarme sobre la superficie del agua y poder mirar la orilla, la parte firme, la parte real de esta vida, con la suficiente distancia. Y una vez allí, pensar, ó no.

Una vez allí, ser egoísta. Por una vez en esta vida, tener esa clase de egoísmo que hace que a veces parezca que tienes el control de tu mundo sin sentido.

Si, el mundo se derrumba, en ocasiones este mundo se cae y te arrastra como si fueses una de esas burbujas de aquella ola rompiendo en aquella orilla de aquel mar. Y entonces, ¿qué se hace?

Te tumbas en la cama, los pies colgando aún con los tacones puestos, la mirada fija en el techo; la bombilla tiene miles de reflejos que se expanden por toda la habitación; es hora de dormir y no de quedarte paralizada; no de sentirte mal por vete  a saber qué descontrol emocional pasajero. Quizá sí de dar y recibir un abrazo, el mismo que te dieron hace solo un ratito. Quizá sí de reencontrarse con aquel pasado que se quedó en ascuas.

Porque a veces lo peor no es esperar, sino no saber qué esperas; y mientras tanto, ves como va pasando todo, como todo ha pasado y… entonces te niegas a ver como todo pasará.

Así que es hora de coger los tacones, un vestido que deja la espalda al aire y las piernas descubiertas, labios rojos y caminar. Ahora nada puede pararte.

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