lunes, 28 de febrero de 2011

Crúzate en mi camino

¡Hola! Creo que no nos conocemos pero… y ¿si te cruzas en  mi camino? Yo te invito a desaparecer un ratito del mundo, ¿quieres?

Qué más da lo que digan, si yo sólo quería volar, solo quise mirar las cosas desde allá arriba, pero me caí. Menos mal que no me hice mucho daño.

Allá arriba todo se veía distinto, más bonito quizá o a lo mejor sólo eran imaginaciones mías.

Dame la mano, vamos a subir rápido y si no nos gusta lo que vemos… pues bajamos, pero esta vez lento que a veces me da miedo la velocidad.

¿Y tú por qué miras al suelo? Ahí no hay mucho que ver. Levanta la mirada, abre bien los ojos, respira hondo, ¿lo notas? ¿Ves? Es mejor estar arriba.

Me hice con un mapa del cielo, en cada nube hay un lugar bonito para visitar, juguemos a descubrirlos todos. Juguemos a no bajarnos…

Creo que no nos conocemos pero… es que a veces te cuelas en mis sueños. Crúzate en mi camino.

domingo, 20 de febrero de 2011

Sólo me senté en un café

Sin nada que decir y con tanto que contar. Sin nada que expresar y con tanto por hablar. Y poco a poco descubro mi yo, tú descubres tu tú y el resto del mundo se descubren a ellos mismos.

Decido sentarme a esperar en un café, no sé exactamente el qué, pero esperar. Otras veces, prefiero saltar y plantarme delante de mi objetivo. Un objetivo distinto o igual, ¿quién sabe? A veces la vida da saltos de gigante, con esas botas de 7 leguas, otras… se queda en el sitio, da un pasito adelante, duda y finalmente, vuelve al punto de partida.

Partidas, aquellas partidas que se debían ganar o perder, aquellos tableros y aquellos juegos, aquellos papeles que interpretar… quizá llegue un momento en que todo juego deje de ser un juego y quizá en determinado momento sea verdad que podemos inventar nuestra historia.

Parte de la historia ya está inventada y volverá a inventarse una y otra vez. No dejemos de pensar lo emocionante que puede llegar a ser, solo es cuestión de proponérselo.

Proposiciones… no las matemáticas, quizá tampoco esas que llaman indecentes, pero sí esas que hacen que espere sentada en ese café. Las que se dan así, de casualidad, un día, sin que lo esperes. Y esas que aceptas a sabiendas de que quizá no deberías o quizá… sí. Sí deberías.

Y a través de la ventana de ese café, ves pasar a la gente, con sus vidas, sus encuentros, sus peleas, sus despedidas, sus bienvenidas, sus besos por cortesía y esos otros besos que irremediablemente se cruzan sin saber bien donde deben ir a parar y de los que sólo son conscientes la gente de fuera, esa que observa, esas historias que se escapan sin más, que viven en el aire, que se palpan y que, sin embargo, los protagonistas no ven. Esas cosas de las que nunca nos damos cuenta y, sin embargo, suceden. Esas cosas que intentamos evitar y que, sin embargo, no podemos. Esas cosas que son irremediables.

Irremediables y sin remedio como yo, que esta vez, me siento en ese café sin esperar a nadie, solo para observar y levantarme, pasado un tiempo, sin pensar en esa vida que puedo inventar. Sonriendo por esa vida de los demás, por ese ir y venir de la gente y esperando… no, yo no esperaba, sólo me senté a observar lo bonita que puede pintarse la vida de vez en cuando…

sábado, 12 de febrero de 2011

Sin título...

Y ya queda prácticamente nada para que ella recuerde aquel día en que su vida cambió radicalmente siendo la misma. Queda prácticamente nada para volver a recordar momentos, día tras día; volver a recordar instantes lo suficientemente intensos como para que la recorran escalofríos por todo su cuerpo.

De un momento a otro su cara lucirá una sonrisa impecable, aquella misma sonrisa de aquel día en que, nerviosa, no sabía bien qué decir, no sabía bien qué hacer. Todo iba dando vueltas de un lado para otro, en su cabeza nada se quedaba quieto. Todo parecía una noria, que giraba en bastantes más direcciones de las físicamente posibles.

A pesar de haber pasado el tiempo, lo recordaba como si fuera ayer. Lo que no era capaz de imaginar es que hoy las cosas hubiesen cambiado tanto; no podía imaginar que gracias a un día de repentina claridad mental y repentino ataque de cara dura, tratándose de ella, conseguiría todo lo que hoy por hoy tenía.

Seguía pensando que la vida no era más que algo sin sentido, pero todos esos instantes en los que el mundo parecía dejar de existir y empezaba a mostrarse bonito, hacían que pensase que había algo que sí que estaba ahí con sentido, con el mismo sentido que tienen todas esas cosas de las que estamos seguros, aun sin estarlo.

Y estaba segura de que antes o después todo volvería a la normalidad, fuese la que fuese. Porque siempre volvía.  Y deseaba poder perderse de nuevo en aquellos ojos, deseaba perderse en aquellos labios…  deseaba que la historia volviese a comenzar, sin tener comienzo y sin tener final. Deseaba reír y poder saltar como las niñas pequeñas al verlo de nuevo cruzarse delante de ella. Deseaba que aquello que parecía que tenía que cumplirse un día u otro, se cumpliese. Deseaba no tener que esperar.

domingo, 6 de febrero de 2011

Prefiero el calor

La gente va y viene en este mundo. Esta vida está llena de bienvenidas y despedidas que a veces ni siquiera tenemos oportunidad de dar. Así, cuando ves a alguien de quién hacía tiempo que no sabías, te alegras de poder despedirte, te alegras de poder darle la despedida que se merecía, aunque sólo le digas “adiós”.

La gente entra y sale de tu vida, deja las puertas abiertas y, a veces fuera hace viento, un viento frio que al entrar por las rendijas, te hiela por dentro. Y hay personas que aún viendo que por dentro puedes helarte, nunca volverán a darte calor, no tienen valor suficiente para eso, al igual que tampoco tuvieron valor para despedirse.

Otras, sin embargo, sí que tienen ese valor necesario para despedirse como es debido y el valor también para conseguir cerrar la puerta y quedarse dentro por un ratito, de vez en cuando.

En ocasiones pensamos que el dejar ir a las personas o ver como se marchan sin más es doloroso. Supongo que será doloroso el día que la puerta la deje abierta alguien que merezca la pena, alguien que consiga verdaderamente helar un corazón, pero la verdad es que ese alguien, si merece la pena, no se irá, no habrá viento ni puerta que cerrar. Simplemente, se despedirá con un “hasta luego” ó  un “nos vemos pronto”; así que sabes que si abres la puerta, y miras un poquito alrededor, esa persona estará allí y le podrás hacer señas con las manos, que vendrá corriendo y se meterá en casa contigo, al calor de una chimenea y con un chocolate caliente en la mano, esperando contar y que cuentes alegrías y penas, o palabras sin sentido. Sea como sea, será una demostración de que ese “nos vemos pronto” se cumple y no serían palabras dichas en vano. Quizá entonces sea el momento de decir todo aquello que no se pudo decir en la anterior despedida. Y entre despedidas y bienvenidas pasamos la vida.

Quien decida no despedirse y vivir la vida sin despedida alguna, descubrirá que cuando pase el tiempo, se acabarán también las bienvenidas, el frio viento dejará de molestar, la puerta dejará de sonar y, finalmente, un día, se cerrará, olvidando absolutamente todo lo que hay fuera, donde esa persona estará…