lunes, 18 de junio de 2012

Soles

Se van los momentos bonitos, su historia. Los “podría ser” se convierten en “pudo ser”, todo vuela, se escapan los instantes, se marchan las miradas, se esconden las palabras y esta vez no es por miedo, se acaba, su historia se acaba. Va apagándose como la llama de una cerilla mientras consume el palito que queda… debe soltarla antes de que se queme la yema de los dedos y duela. Se escurre, se precipita al vacío, igual que las gotas de lluvia ruedan por el cristal y caen al suelo. Y pensar que a su lado la lluvia no la mojaba… Ahora todo está mojado, pero secará pronto, lo sabe, eso la tranquiliza. Secará igual que secó tantas veces. Ya se cansó de ver caer la lluvia e intercalarla con pequeños rayos de sol que nunca llegan a entrar en su ventana, se cansó como tantas otras veces con tantos otros rayos de sol; sí… esas son las palabras: se cansó. Se cansó de la espera de un sol, sin más, de la espera de ese sol. Intentó no hacerlo, pero no pudo. Un sol claro, como lo fue ese al que ahora dice adiós hace un tiempo, claro, luminoso, o al menos así lo vio. Y los soles van y vienen, cambian, también esperan, la lluvia también les moja, quizá ellos también esperan su sol, quizá todos esperan su sol, uno cualquiera o uno concreto, pero lo esperan. Pero la espera no es infinita, no puede serlo, no sabe serlo. Hasta al más paciente le puede la impaciencia. Y cada día de espera, un rayo se apaga; cada día de espera, un pequeño trozo de luna va tapando su luz, eclipse, hasta que al fin, un día, no queda luz que dar, no queda luz que ver, simplemente se marcha, se esconde y cuando vuelve a aparecer ya no iluminará el mismo lugar. El tiempo se habrá acabado. Quizá la lluvia vuelva, pero se irá pronto y otro sol brillará. Las nubes desaparecerán. Las espera volverá a comenzar y otro sol brillará, hasta encontrar su sol o hasta que se vuelva a cansar.

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