viernes, 28 de septiembre de 2012

Las cartas sobre la mesa

Pongamos las cartas sobre la mesa. Seguro que no es fácil, estas cosas nunca suelen serlas, pero siempre son necesarias. Sólo queda saber si la necesidad tiene la fuerza y el poder necesarios (sí, a veces me repito) para levantar todas las cartas de una vez y no dejar ninguna boca abajo que pueda llevar a confusión. Aunque… “tu confusión te la quito en un baile” (de qué me sonará esto ahora…).


No, no cambiará, así la maldigas veinte veces todos los días y te quejes treinta. No cambiará. Maldita sea… No tiene nada claro, nada. Deja que las cosas vayan sucediendo y se impacienta. Sus sueños son difíciles de poner en un papel. Lo que piensa también. Los días pasan, espera que los vientos cambien, se entretiene buscando en el armario, aunque la verdad es que no sabe qué. A veces le gustaría comerse a alguien a besos, otras veces mandaría todos los besos allá donde se envían todas las cartas sin dirección. Y piensa: lo mejor está por venir. Más vale que sea muy bueno. Los días son extraños, cada vez más. Todo aquello en lo que un día creyó ha dejado de tener credibilidad alguna. Cada vez se pierde más, no encuentra la salida, ni siquiera la de emergencia. ¡Mira, por ahí! ¡Ah, no! Pues eso. Habrá que buscar mejor… ¿Y si se rinde? A veces es la solución, pocas, pero algunas. Aunque… no, mejor… pongamos las cartas sobre la mesa.

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