miércoles, 19 de septiembre de 2012

Rocas afiladas

Comencemos a andar. Demos un pasito, pequeño o grande, que cada cual decida. Sigamos dando otro paso más y otro… vayamos haciendo el camino, exprimamos todo lo que podamos tener a nuestro alcance, empapémonos de cada instante como si fuésemos esponjas secas en un mar de posibilidades. 


Cerremos los ojos, no los abramos, visualicemos un sueño, el que sea, el nuestro. Una ilusión, una meta, un destino que a ser posible no se encuentre a la vuelta de la esquina, un destino que requiera subir laderas escarpadas, saltar entre rocas afiladas, escalar paredes de hielo, recorrer bosques en llamas, saltar precipicios donde sólo veamos oscuridad, luchar contra dragones para rescatar princesas de castillos encantados, pelear contra tormentas de arena y plantarle cara a nuestro propio miedo. Ese sueño, ese destino, esa ilusión. ¿La veis? 

El viaje va a ser duro, muy duro; la recompensa será dulce, muy dulce, pero también será amarga. El viaje nos hará comprender cuánto deseamos llegar a la meta, cuánto estamos dispuestos a sufrir, cuánto estamos dispuestos a intentar, si nos quedaremos sólo en la ladera escarpada o si, por el contrario, acabaremos plantándole cara al miedo. El viaje se convertirá en una droga, habrá momentos buenos y momentos malos, momentos de debilidad y momentos de una fortaleza sobrehumana, momentos en los que tiraremos la toalla y momentos en los que nos agacharemos a cogerla o, incluso, echemos atrás nuestros pasos para ir a por ella. Y todo ello lo haremos porque en nuestra mente tendremos siempre presente esa imagen que vimos al cerrar los ojos, ella será nuestro combustible, nuestra llama, nuestro motor y toda la maquinaria necesaria para continuar. La ilusión. Por eso, es posible que cuando lleguemos a la cima y veamos todo aquello a lo que nos enfrentamos en todo ese tiempo pasado ya, nos demos cuenta que lo que merece la pena sentir es la adrenalina del peligro, de la alegría, del miedo, de la duda… y que estar arriba no nos resulta tan emocionante como pensábamos que sería. Porque los sueños están para cumplirlos, pero cuando los cumplamos, ¿merecerá la pena realmente?, ¿qué nos quedará? Quizá por eso, a veces nos gusta ir dejando historias sin acabar y seguir poniendo rocas afiladas en nuestros propios bosques en llamas por las que saltar, aunque a veces nos quememos los cortes…

Si te consigo, ¿qué me queda?  Y si no… ¿vendrás?

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