jueves, 20 de septiembre de 2012

Septiembre (II)


Caí en la trampa de escribir acerca del septiembre que la mayoría de gente conoce, del septiembre tradicional, de ese que habla de finales y principios, de ese de días cortos y añoranza por el verano viajero y las maletas llenas, de ese de libros nuevos y rutinas incesantes. Pero no dije una pizca del intenso septiembre, del que le da emoción a esta vida apagada durante el verano, de ese septiembre en el que la rutina también se ve reflejada en otros aspectos, de los días raros, de los encuentros y de los sentimientos.

Debo admitir que adoro septiembre, con sus idas… no, con sus venidas. Adoro septiembre y todo lo que siempre ocurre en él, porque alguien dice que es un mes interesante, y lleva razón. Y es que esa sensación de “vida complicándose por momentos” hace que viva más intensamente. Al tiempo, los nudos en la garganta dejan de importar y también dejan de importar los momentos buenos que pueden llegar a ocurrir en este mes, dejan de importar las palabras que se dijeron porque parece que todos dejan de recordarlas o, peor aún, las olvidan. Y sólo queda como un mes en el que parece que de un momento a otro todo va a cambiar y dar un giro de 180º que, en realidad, nunca se produce. 


Es el mes de los gestos bonitos y de los feos, de las palabras calladas, del autodescubrimiento y descubrimiento también de los demás, me atrevería a decir que, incluso, es el mes de alguna declaración inesperada y, por supuesto, de las reconciliaciones y peleas constantes, tanto con uno mismo como con los demás.

Y a pesar de adorarte, septiembre, a pesar de quererte como te quiero, a pesar de que una parte de mí quiera que llegues siempre, a pesar de sentir por ti lo que no siento por ningún otro mes… a veces estrujaría tus días y los tiraría a la basura, porque me estresas, me agotas, acabas con mis nervios, me desquicias, haces que saque lo peor de mí… pero sí, aun así te quiero, septiembre. De hecho, creo que te quiero precisamente por eso…

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