miércoles, 19 de septiembre de 2012

Supongamos

Supongamos que el dolor no existiese en este mundo, que ni las palabras ni los hechos hiciesen daño, que sólo pudiésemos experimentar la felicidad y las sensaciones agradables, mientras que los momentos malos no existiesen. Quizá entonces, si todo eso ocurriese, no callaríamos palabras y viviríamos aquello que de alguna forma nos intriga. 

Si nadie fuese a sufrir por nuestras idas y venidas, por nuestras acciones repentinas, todo sería más fácil. Si el dolor se convirtiese en un vacío en el que nada se siente y la felicidad en algo realmente palpable cuando aparece… 

Supongamos que realmente podemos decir lo que pensamos en cualquier momento, sin importar si la vida cambiaría en esa manera en la que no queremos que cambie, sin importar si después nos sentiríamos bien o mal, sin importar que esa persona que está en frente sufriese o no. 


Que nadie pudiese comunicarse sino con palabras, que diese igual si son verdad o no, que sólo fuesen palabras y nada más. Qué cualquier sentimiento se quedase de lado porque el raciocinio completo y la felicidad apabullante lo inundase todo. 

Si un “te quiero” fuese tan fácil de decir como parece para algunos, si la respuesta tampoco costase, si el creer en ella fuese fácil, si sólo pudiese decirse cuando es de verdad… si nos dejásemos de esconder de la vida… qué distinto sería todo…

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