viernes, 28 de septiembre de 2012

Las cartas sobre la mesa

Pongamos las cartas sobre la mesa. Seguro que no es fácil, estas cosas nunca suelen serlas, pero siempre son necesarias. Sólo queda saber si la necesidad tiene la fuerza y el poder necesarios (sí, a veces me repito) para levantar todas las cartas de una vez y no dejar ninguna boca abajo que pueda llevar a confusión. Aunque… “tu confusión te la quito en un baile” (de qué me sonará esto ahora…).


No, no cambiará, así la maldigas veinte veces todos los días y te quejes treinta. No cambiará. Maldita sea… No tiene nada claro, nada. Deja que las cosas vayan sucediendo y se impacienta. Sus sueños son difíciles de poner en un papel. Lo que piensa también. Los días pasan, espera que los vientos cambien, se entretiene buscando en el armario, aunque la verdad es que no sabe qué. A veces le gustaría comerse a alguien a besos, otras veces mandaría todos los besos allá donde se envían todas las cartas sin dirección. Y piensa: lo mejor está por venir. Más vale que sea muy bueno. Los días son extraños, cada vez más. Todo aquello en lo que un día creyó ha dejado de tener credibilidad alguna. Cada vez se pierde más, no encuentra la salida, ni siquiera la de emergencia. ¡Mira, por ahí! ¡Ah, no! Pues eso. Habrá que buscar mejor… ¿Y si se rinde? A veces es la solución, pocas, pero algunas. Aunque… no, mejor… pongamos las cartas sobre la mesa.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Dime que bailarás conmigo


El baile va a comenzar, todo está preparado: el salón, la música, los invitados, los vestidos, las luces… Todos han empezado a llegar, todos se van situando, se sonríen unos a otros, van entrelazando manos, las primeras notas van sonando, las colas de los vestidos empiezan a danzar, aparecen hasta los primeros pisotones. Las sillas que aún permanecen ocupadas se van quedando libres, todas las parejas empiezan a llegar, todas se saludan, todas me van diciendo adiós sin hacerlo, me van dejando sola. Mira, la última pareja se formó. Todas bailan al compás, siguen los mismos pasos, parecen marionetas manejadas por hilos invisibles que se mueven con total precisión. A veces me gustaría verlo desde dentro, pero no puedo. No están permitidos los solistas… mi vestido va empezar a opacarse, mi mirada empezará a esconderse, mis pies comenzarán el camino de vuelta… 

De repente, ahí estás, al final llegaste, tardaste pero llegaste, mi vestido ha comenzado a brillar de nuevo, mi mirada vuelve a aparecer, mis pasos se acercan a los tuyos… Sólo un baile. Ya se verá si pasamos la noche bailando o nos despedimos una vez más, sólo te pido que nos olvidemos de los hilos…

Dime que bailarás conmigo…

martes, 25 de septiembre de 2012

El cóctel perfecto


El cóctel perfecto. Sin más. 

Uno necesita a quien molestar, con quien reír, con quien jugar y con quien pelear. El otro necesita alguien que alimente su ego. 

Uno necesita una historia diferente. El otro necesita contar historias, simplemente.

Uno necesita alguien distinto a la seriedad de la vida, al menos en apariencia. El otro necesita alguien que le explique que la vida no es tal como la pintan y las palabras son polisémicas. 

Uno necesita seguir teniendo 15 años, el otro, alguien que aun los tenga.

Uno necesita soñar con alguien por las noches. El otro, aparecer en los sueños de alguien.

Uno necesita saber que siempre habrá alguien escuchando. El otro, que alguien quiera ser escuchado.

Uno necesita fantasear. El otro, descubrir esa fantasía.

Uno necesita sentir cosquillas en el estómago. El otro, provocarlas.

¿Podrán los papeles darse la vuelta?


Septiembre 2011

domingo, 23 de septiembre de 2012

Treméndamente enamorada

Hoy voy a hacer acopio de valor. Voy a ser sincera. Total, serlo o no serlo hace tiempo que dejó de servirme. Sí, estoy enamorada, tremendamente enamorada. No puedo más que estarlo, y menos tampoco. Completa y perdidamente enamorada. Sin remedio. Sin cura alguna. Enamorada. Con todas sus letras. De quien o de qué da igual, ¿o no? Esto es una declaración en toda regla y nadie dijo que tuviese que ser concreta. Bastante hay con ser sincera. 


Estoy enamorada de cada una de tus palabras, de cada uno de tus gestos para conmigo, de cada vez que vienes a buscarme cuando una parte de mi quiere que alguien la acompañe. Aunque eso no pase siempre. Me he enamorado hasta de la manera en que te echo de menos cuando peleamos, cuando te dejo o me dejas vagando sin rumbo, intentando encontrar qué decirte y qué decir. Me he enamorado de esa manera que tienes de recordarlo todo, hasta con fechas. De que siempre sepas qué decirme y de que me muestres todo aquello que yo no suelo ser capaz de ver. Me he enamorado de tus abrazos, de tus besos, de tus caricias y de tus miradas, aunque no suelas darme nada de eso. Me he enamorado de la distancia que nos separa, que puede ser tan larga y tan corta a la vez. Prometo darme a ti entera, sin reparos, sin secretos, siendo simplemente yo; prometo que mis sonrisas serán de verdad, que mis lágrimas también lo serán y que los “te quieros” se quedarán cortos frente a todo lo que siento por ti. Me he enamorado de ti. Y sé que no podrás admitirlo, pero también tú de mí. 

sábado, 22 de septiembre de 2012

...

Ven. Despacio. Mírame. Shhh, calla. Olvídate de mañana. No hables, no pienses. Sólo siente. Abrázame. Fuerte. Sepárate despacio, déjame notar tu respiración en mi cuello. Es de noche. No hay nadie. Las farolas tienen hoy un resplandor extraño. O quizá soy yo la que se siente extraña. ¡Bah! Da igual… vuelve. Hoy tus manos son perfectas. Siempre lo fueron. Tus ojos tienen la magia que tuvieron hace tiempo. Eso me gusta. Hoy quiero volver atrás. Sí, es justo eso. Volver atrás. Tus labios están cerca. Mantenlos ahí, no sigas. Después de tanto tiempo, prefiero alargar este momento. No hay prisa. Tenemos una noche entera. Mañana todo será igual que ayer. Quizá. O no. No. No quiero. Una noche es poco. Mejor no pensar. Shhh, ya me callo. Acércate. El corazón me va a mil. Tengo miedo. ¿Y si todo es un error? Olvídame vacío intenso. Déjame tranquila hoy. No quiero que existas. Me pregunto cómo pudo complicarse algo tan fácil, cómo puede uno encontrar lo que quiere en el momento preciso en que no quiere encontrarlo. Maldita sea. Todo hubiese sido más fácil. Hoy sólo seríamos un recuerdo. Sigue acercándote. Sólo un roce. Estoy empezando a perder. No soy yo. Esta sensación me consume. Ya no sé reír. Te muerdo, me muerdes. Pierdo la partida. Mis fichas desaparecen. La desesperación me consume. No te vayas. ¡Mierda! Juré que no te lo pediría. Ya no quiero que acabe esta noche… 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Tacones y uñas rojas

Hoy es uno de esos días de tacones de infarto y uñas rojas (o negras). De mirarte al espejo y lamentarte de la suerte de aquel pobre iluso que se cruce en tu camino. De pisar fuerte, de hacer sonar cada uno de tus pasos, de sentirte segura como pocos días, o al menos, de aparentar seguridad infinita. A los de fuera les asusta, eso es seguro, pero da igual, hoy da igual. Notas cómo te miran al salir, cómo sus ojos no pueden evitar seguirte como hipnotizados; hoy, ni las calles poco transitadas te asustan. Nada te frena. Hoy te sientes deseada, lo has buscado desde el principio y ya sabías entonces que sólo era cuestión de proponérselo. Que aunque lo niegues por norma, tienes en tus manos los hilos que mueven el cuerpo de cualquiera, que todos son sólo marionetas danzando detrás de ti y que hoy, tú, y sólo tú, tienes el control. Será esa sensación de acabar con todo, de romper y volver a comenzar, la que te envuelve en este aire de “femme fatale”, la que hace que hoy te sientas capaz, la que hace que hasta sientas lástima por aquel que gire la cabeza al pasar… pero hoy, el arrepentimiento no existirá, el sentimiento de culpa carecerá de sentido. "Cierra las puertas y los balcones, hoy no escaparás". 

Hoy es uno de esos días de tacones de infarto y uñas rojas…



Incierto y necesario

Ya no se cree los cuentos, no los de hadas, sino esos que de vez en cuando la gente cuenta para tapar no se sabe qué, esos que están llenos de mentiras, esos que cada vez que reparas en ellos te dan una pista más para poder descubrir que no son de verdad, que no existen, que son sólo una sábana bastante translucida, por qué no decirlo, que cubre un montón de pensamientos y sentimientos que quieren ser olvidados. De hecho, cada vez cree menos en las palabras de la gente, cada vez confía menos en que el ser humano sea más simple de lo que aparenta ser, como siempre pensó, cada vez cree menos hasta en sus propias convicciones. Pero parece ser que es lo que toca. 

Nunca se conformó, pero esta vez, en su andadura por estos mundos tenebrosos en ocasiones, sólo sabe y quiere dar patadas a cada piedra que se encuentra, alejarla de sí misma y confiar en no encontrarla nunca más, o al menos eso intenta. Quién sabe si lo consigue... 


Ya le gustaría poder creer en otro tipo de cuentos, en aquellos en los que creía de pequeña y en aquellos en los que creyó de mayor alguna vez. Volver a experimentar ese estado de embriaguez profunda en el que todo es perfecto y hasta las hadas que revolotean son de verdad. Quizá se hizo tarde, quizá, simplemente, esos cuentos no llegaron, se perdieron en el camino porque la señalización no era buena, se confundieron en un cruce de historias o dieron más vueltas de las necesarias en cualquier rotonda, se marearon, se desorientaron y no llegaron a su destino. Esas cosas pasan. 

En la estación anterior se quedó llorando; hoy, sólo le sale ya dejarlo todo de lado y luchar contra esa sensación de alejarse y decir adiós. Esa sensación de final incierto y necesario…

jueves, 20 de septiembre de 2012

Septiembre (II)


Caí en la trampa de escribir acerca del septiembre que la mayoría de gente conoce, del septiembre tradicional, de ese que habla de finales y principios, de ese de días cortos y añoranza por el verano viajero y las maletas llenas, de ese de libros nuevos y rutinas incesantes. Pero no dije una pizca del intenso septiembre, del que le da emoción a esta vida apagada durante el verano, de ese septiembre en el que la rutina también se ve reflejada en otros aspectos, de los días raros, de los encuentros y de los sentimientos.

Debo admitir que adoro septiembre, con sus idas… no, con sus venidas. Adoro septiembre y todo lo que siempre ocurre en él, porque alguien dice que es un mes interesante, y lleva razón. Y es que esa sensación de “vida complicándose por momentos” hace que viva más intensamente. Al tiempo, los nudos en la garganta dejan de importar y también dejan de importar los momentos buenos que pueden llegar a ocurrir en este mes, dejan de importar las palabras que se dijeron porque parece que todos dejan de recordarlas o, peor aún, las olvidan. Y sólo queda como un mes en el que parece que de un momento a otro todo va a cambiar y dar un giro de 180º que, en realidad, nunca se produce. 


Es el mes de los gestos bonitos y de los feos, de las palabras calladas, del autodescubrimiento y descubrimiento también de los demás, me atrevería a decir que, incluso, es el mes de alguna declaración inesperada y, por supuesto, de las reconciliaciones y peleas constantes, tanto con uno mismo como con los demás.

Y a pesar de adorarte, septiembre, a pesar de quererte como te quiero, a pesar de que una parte de mí quiera que llegues siempre, a pesar de sentir por ti lo que no siento por ningún otro mes… a veces estrujaría tus días y los tiraría a la basura, porque me estresas, me agotas, acabas con mis nervios, me desquicias, haces que saque lo peor de mí… pero sí, aun así te quiero, septiembre. De hecho, creo que te quiero precisamente por eso…

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Rocas afiladas

Comencemos a andar. Demos un pasito, pequeño o grande, que cada cual decida. Sigamos dando otro paso más y otro… vayamos haciendo el camino, exprimamos todo lo que podamos tener a nuestro alcance, empapémonos de cada instante como si fuésemos esponjas secas en un mar de posibilidades. 


Cerremos los ojos, no los abramos, visualicemos un sueño, el que sea, el nuestro. Una ilusión, una meta, un destino que a ser posible no se encuentre a la vuelta de la esquina, un destino que requiera subir laderas escarpadas, saltar entre rocas afiladas, escalar paredes de hielo, recorrer bosques en llamas, saltar precipicios donde sólo veamos oscuridad, luchar contra dragones para rescatar princesas de castillos encantados, pelear contra tormentas de arena y plantarle cara a nuestro propio miedo. Ese sueño, ese destino, esa ilusión. ¿La veis? 

El viaje va a ser duro, muy duro; la recompensa será dulce, muy dulce, pero también será amarga. El viaje nos hará comprender cuánto deseamos llegar a la meta, cuánto estamos dispuestos a sufrir, cuánto estamos dispuestos a intentar, si nos quedaremos sólo en la ladera escarpada o si, por el contrario, acabaremos plantándole cara al miedo. El viaje se convertirá en una droga, habrá momentos buenos y momentos malos, momentos de debilidad y momentos de una fortaleza sobrehumana, momentos en los que tiraremos la toalla y momentos en los que nos agacharemos a cogerla o, incluso, echemos atrás nuestros pasos para ir a por ella. Y todo ello lo haremos porque en nuestra mente tendremos siempre presente esa imagen que vimos al cerrar los ojos, ella será nuestro combustible, nuestra llama, nuestro motor y toda la maquinaria necesaria para continuar. La ilusión. Por eso, es posible que cuando lleguemos a la cima y veamos todo aquello a lo que nos enfrentamos en todo ese tiempo pasado ya, nos demos cuenta que lo que merece la pena sentir es la adrenalina del peligro, de la alegría, del miedo, de la duda… y que estar arriba no nos resulta tan emocionante como pensábamos que sería. Porque los sueños están para cumplirlos, pero cuando los cumplamos, ¿merecerá la pena realmente?, ¿qué nos quedará? Quizá por eso, a veces nos gusta ir dejando historias sin acabar y seguir poniendo rocas afiladas en nuestros propios bosques en llamas por las que saltar, aunque a veces nos quememos los cortes…

Si te consigo, ¿qué me queda?  Y si no… ¿vendrás?

Supongamos

Supongamos que el dolor no existiese en este mundo, que ni las palabras ni los hechos hiciesen daño, que sólo pudiésemos experimentar la felicidad y las sensaciones agradables, mientras que los momentos malos no existiesen. Quizá entonces, si todo eso ocurriese, no callaríamos palabras y viviríamos aquello que de alguna forma nos intriga. 

Si nadie fuese a sufrir por nuestras idas y venidas, por nuestras acciones repentinas, todo sería más fácil. Si el dolor se convirtiese en un vacío en el que nada se siente y la felicidad en algo realmente palpable cuando aparece… 

Supongamos que realmente podemos decir lo que pensamos en cualquier momento, sin importar si la vida cambiaría en esa manera en la que no queremos que cambie, sin importar si después nos sentiríamos bien o mal, sin importar que esa persona que está en frente sufriese o no. 


Que nadie pudiese comunicarse sino con palabras, que diese igual si son verdad o no, que sólo fuesen palabras y nada más. Qué cualquier sentimiento se quedase de lado porque el raciocinio completo y la felicidad apabullante lo inundase todo. 

Si un “te quiero” fuese tan fácil de decir como parece para algunos, si la respuesta tampoco costase, si el creer en ella fuese fácil, si sólo pudiese decirse cuando es de verdad… si nos dejásemos de esconder de la vida… qué distinto sería todo…

domingo, 16 de septiembre de 2012

Quizá de ti, ya no

Me gusta escuchar, es la ventaja de hablar poco y que los demás hablen mucho. Yo también tengo manías ocultas y pájaros en la cabeza, historias largas, historias difíciles, pensamientos estrambóticos si se piensan a la ligera o si se piensan con tranquilidad, tengo secretos guardados que nadie conoce, noches en vela por preocupaciones que nadie piensa que tenga, dudas a miles, a millones, corajes escondidos como buenamente puedo por escuchar verdades o mentiras de opiniones y consejos que no quiero escuchar aunque pida, sentimientos guardados, palabras calladas, momentos olvidados que siempre recuerdo, miedos ocultos, raciocinios llevados al extremo, sueños, ilusiones, historias inventadas, sentimientos callados, arrepentimientos varios por no haber hecho vete a saber qué, lágrimas guardadas en cajitas de papel… pero no los cuento. Así que, haré una excepción:


Te echaré de menos. A ti por irte y a ti por irme. Te echaré de menos, por estar lejos y por no estarlo tanto. Porque te echaré de menos a ti y… a ti. Y no sé si te echaré de menos mucho o poco, quizá a ti ni siquiera te eche de menos, a veces, incluso te echo de más y tan malo es eso como lo otro. Te echaré de menos por imaginar y por sentir. Te echaré de menos cuando no tengas por qué echarme de menos a mí, te echaré de menos cuando vuelva a casa sin ti, cuando las estrellas dejen de ser las mismas, cuando las conversaciones se repitan, cuando me cuentes historias a la mitad, cuando te sonría de lejos, cuando un recuerdo me haga sentir un roce en la espalda. Te echaré de menos cuando digas algo sin sentido, cuando tengas miedo y dudes, cuando no te atrevas a mirarme, te echaré de menos cuando ya no me abraces por la espalda. Te echaré de menos cuando hasta ser yo misma me cueste, te echaré de menos cuando se te acaben las sonrisas, cuando vuelvas a desaparecer, cuando vuelvas a no mirar hacia atrás, cuando vuelvas a olvidar que quizá te eche de menos, te echaré de menos cuando te olvides de mí. Quizá hoy me olvide de ti. Quizá de ti, ya no.

Necesita su final

Veinte mil comienzos sin sentido, veinte mil palabras, veinte mil roces de una mano, veinte mil kilómetros en cualquier coche, veinte mil sonrisas, veinte mil miradas, veinte mil historias sin contar, veinte mil noches soñando, veinte mil sueños sin cumplir, veinte mil ilusiones nuevas y viejas, veinte mil pedacitos de cristal… 


Los números no pueden cuantificar las cosas importantes de esta vida, eso es algo que aprendió hace tiempo y que, por alguna razón que conoce bien aunque no la diga, hoy recuerda más que nunca. El estar segura de lo que es un error y de lo que no hace que cada vez las cosas se hagan más difíciles, que las palabras cada vez le duelan más y que cada día, entienda menos la película que se empeña en seguir viendo noche tras noche.  No aguanta a esa gente que se engaña a sí misma, que se empeña en buscar quién sabe qué teniendo delante de sus narices lo que encontró hace ya tiempo. No aguanta la cobardía de sentimientos, ni a aquellas personas que planifican y cuentan todo para, al tiempo, no hacer nada de lo que planificaron o, peor aún, hacer todo lo contrario. No aguanta las esperas, ya no, y tampoco el hecho de que la gente siga como si nada después de esos momentos en los que es imposible hacer tal cosa. No aguanta sentir que se equivocó con las cosas de las que más segura estaba. 

No le importa verle (de hecho le encanta), pero odia recordarle… y también odia que todo aquello que no podía empezar, no haya empezado. Odia arrepentirse y que el reloj no se pare a veces. Odia esa manera que tiene todo de torcerse en el camino y pensar que quizá sea porque algo mejor viene detrás, porque detrás sólo ve vacío. Vacío… vacío… 

Se le acabaron las lágrimas y las ganas de soñar, necesita su final…

viernes, 14 de septiembre de 2012

También puede ser...

Bajar y volver. O quizá no, quizá continuar sea lo mejor, no pensar y seguir andando, mantener el tipo, la vista al frente y adaptarse a todo, hacerse de plastilina y encajar en el molde… 


A veces duele (porque es esa la palabra) el ver como las distancias cada vez se hacen más largas y aquello que siempre llamaste con tal o cual nombre, ahora parece conservar dicho nombre por pura inercia, por costumbre. Y es que a la vez que unas distancias se alargan, otras empiezan a acortarse e incluso los nombres cambian de personas o las personas de nombre...

Puede ser que las cosas nunca cambien, pase lo que pase, que las circunstancias sean extrañas a veces, que las cosas no salgan como queremos, que eso del karma exista en serio, que la vida a veces se complique un poco más de lo que esperábamos, que las prioridades cambien… pero que en el fondo todo siempre siga igual… también puede ser. O que cada cual veamos las cosas de manera distinta al que tenemos al lado y los optimismos y las esperas esperanzadas cambien de bando… también puede ser… 

Mañana será otro día…

jueves, 13 de septiembre de 2012

Nuevas oportunidades

Creo que a todos nos llega en algún momento ese día en que, de repente, nos damos cuenta de aquello que no hicimos bien o de aquello que no hicimos de la manera en que deberíamos haberlo hecho o de aquello que… simplemente no hicimos, sin más. 

Ese día algo en nosotros cambia, se transforma. Vivimos como ausentes, lejanos y no sabemos muy bien como volver al estado en el que estábamos antes. Casi sin saber cómo hemos llegado hasta ese lugar, empezamos a darnos cuenta de que no íbamos por el camino correcto y entonces, todo se vuelve un poco gris. Es posible que sintamos incluso la necesidad de volver atrás para cambiar el rumbo de las cosas en ese supuesto momento en que se torció y al ver que no podemos, nos sumimos en un estado de “shock” suave y tremenda claridad mental.


Pero no todo tiene ese aire gris. Ese momento nos da la oportunidad de saber en qué nos equivocamos y qué es aquello que no queremos repetir en un futuro, nos da la opción de darnos una oportunidad a nosotros mismos, nos da la oportunidad de mirarnos al espejo y contarnos quienes queremos ser e, incluso, con quién queremos compartir estos descubrimientos. Nos va a dar la oportunidad también de vivir situaciones nuevas y de vivir de manera distinta otras experiencias, eso sí, afrontándolas con ganas, entusiasmo y curiosidad, mucha curiosidad y ganas de aprender, que para eso vinimos y es lo más interesante del viaje. Nos da, al fin, el valor necesario para echarle ganas a la vida y coger las riendas del destino, pero sobre todo, de ser felices de la manera en que nosotros queramos.

No podía no dedicártela, Tuti… ¡Arriba ese ánimo y a echarle ganas!  ;)

domingo, 9 de septiembre de 2012

Mensajes


Érase una vez que se era un mensaje que se escapaba por una ventana. Un mensaje formado por únicamente siete sílabas, las siete sílabas más perfectas y bonitas que puedan existir. Siete sílabas que conseguían, allá donde fuesen, hacer que todo pareciese mejor, que los problemas fuesen menos problemas y que todos nos sintiésemos insignificantes frente a ellas.

Estas siete sílabas formaban palabras, frases; a veces salían enfurecidas y otras, dulces, alegres y tranquilas, aunque dependiendo de quién estuviese escuchando, su intención podía ser completamente distinta. No seguían un orden fijado, simplemente susurraban en los oídos de aquellos que tenían el corazón abierto para escuchar y dejarse llevar por la magia que llevan en su mensaje. 

Y continuaban saliendo, viajando en el viento, en órdenes distintos y con distinta fuerza, solas o acompañadas y los sueños iban tomando forma, sólo ellas saben en qué sentido…

lunes, 3 de septiembre de 2012

Septiembre y olor a libro nuevo

Ha llegado septiembre y con él el final del verano. Las playas se van quedando vacías, los días están empezando a refrescar, los pensamientos empiezan a volver a la rutina e incluso aquellas decisiones que llevamos meses posponiendo deben empezar a ser tomadas. 

Septiembre tiene un halo de dualidad: por un lado es el fin de una etapa y eso siempre genera cierta tristeza, añoranza o cualquier tipo de sentimiento más oscuro que luminoso; por otro, es el comienzo de otra nueva, lo que suele proporcionarnos un poco de alegría, siempre y cuando tengamos claro qué clase de etapa queremos o tendremos. 


Está claro que mis septiembres  ya no son lo que eran, tienen esa dualidad aun, pero no se siente del mismo modo. Aun recuerdo cuando empezaba a ponerme nerviosa porque en dos semanas empezaban las clases y mi mayor ilusión era arrasar con la sección de material escolar de cualquier gran comercio: gomas, lápices, bolígrafos, colores (incluyendo ceras, rotuladores, lápices de todos los tamaños y en cajas grandes), tijeras, plastilina, agendas, libretas de todos las dimensiones posibles, folios blancos y de colores, carpetas, estuches, portafolios, sacapuntas… y todo lo que os podáis imaginar, además, como no, de lo mejor que podía haber en el mundo mundial: el olor a libro nuevo. No es una ilusión que haya podido cumplir, la verdad, pues siempre sobraban cosas del año anterior y hubiese sido un derroche comprarlo todo de nuevo, así que hoy por hoy, tengo que hacer grandes esfuerzos por no entrar ahí y llenar un carro de la compra sólo con material escolar. 



Ahora mis septiembres parecen comenzar con una pregunta: ¿qué va a ser de mi vida hasta junio? Y como no se me ocurren respuestas demasiado convincentes, pues… corro a la sección de material escolar cual drogadicto que sabe que tendrá su dosis en pleno día de mono, aspiro hondo para guardar un poco de ese olor para días venideros y compro la agenda más bonita que haya para ir anotando las posibilidades. Después de todo, esto es lo único que es seguro que puedo renovar cada septiembre. 

(Nota: La de la viñeta podría ser yo, sólo hay que cambiar el color del puf a verde, el oso por un gran mono y hacer desaparecer al gato; por lo demás, mi persona en pleno éxtasis a día 15 de septiembre de hace unos cuantos años).