jueves, 25 de octubre de 2012

Si supieses


Si supieses todo el tiempo que gasto al día pensando en ti. Cómo te paseas por mi mente como si de un parque se tratara. Cómo te tomas la libertad de quedarte allí sentado, mirando lo que hay de reojo, intentando volver a amueblar todo aquello que quedó vacío de ideas, de sueños, pero extrañamente desordenado y lleno de recuerdos… Ya podrías preguntar al menos, ¿no? De todos modos, te diría que sí, nunca me importó que amueblases esa parte de mí, de hecho, en el fondo, supongo que quería algo así. Otras veces, te echo a patadas, te digo que desaparezcas de ahí, que te lleves tus cosas, que estires ese hueco que le has dejado al sofá, que no dejes rastro, pero… no tardas mucho en aporrear la puerta y yo no tardo mucho en abrirla un poquito y decir: ¿qué? Y cuando creo que ya no volverás a llamar… entras corriendo y cerrando fuerte para que nadie más pueda colarse, quedándote dentro mirando alrededor, supongo que para comprobar si hay muebles nuevos… Miento si digo que no me gusta, sólo digo que el tiempo se acaba, que el juego se termina y que igual, deberías darte prisa…

domingo, 21 de octubre de 2012

Divagaciones


¿Sabes? Te mentí. Te dije no cuando era sí. No encontré el valor para decir la verdad. Debió quedarse escondido al fondo de ese cajón donde guardo todo eso que puede hacerme falta algún día. Y bueno… no sé. Creo que, incluso, la mentira ha traído algo bueno. Aunque no estoy muy segura. Yo sigo dando vueltas en círculos, intentando salir en algún punto por la tangente correspondiente y llegar lejos, muy lejos, seguir andando en línea recta por una vez… pero las tangentes no están bien trazadas… alguien debió equivocarse derivando o… las hizo mal adrede. Y los puntos empiezan a ser gordos, igual de gordos que cuando estábamos estudiando y necesitábamos que la recta pedida pasase por ellos, y entonces íbamos agrandando el punto hasta que conseguíamos que la respuesta que dábamos se pareciese un poco a lo que debía parecerse… Parecerse… al fin y al cabo todo son apariencias… y también parece que la mayoría de veces es sólo eso lo que importa. Ya me gustaría a mí entender por qué no sabemos decir las cosas en el momento exacto y sólo las queremos decir cuando vemos que se acaba el tiempo… O por qué sólo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando quizá lo estemos perdiendo. Mientras, dejamos que pase el tiempo leyendo y releyendo las mismas cosas cien veces todos los días y nos las aprendemos de memoria… qué espacio tan mal ocupado en el cerebro… pero ya da igual. Vivimos con una coraza, lo he dicho muchas veces, y el miedo a perder se suma al miedo a rompernos la crisma. Es triste, pero cierto. Salir huyendo es bastante más fácil. Pero aun así, seguimos preocupándonos por aquello que piensan los demás, por aquello que hacen, por no saber qué rumbo pueden tomar las cosas, por saber si la lucecita ha decidido encenderse de verdad o sólo dio un pequeño fogonazo para llamar tu atención. El miedo también hace que prefiramos ver la lucecita en los demás a que los demás la vean en nosotros… somos cobardes por naturaleza. Y nuestra cabeza maquina, y lo hace a tal velocidad y con tanta imaginación, que solemos acelerar el ritmo de las cosas y cambiar el sentido. Magnífico combustible es el miedo… Y después de todo, solemos hablar en plural, porque el singular, el particular, el individualizado en uno mismo, da más miedo y duele más. Gajes del oficio, eso dicen, de vivir… pues vaya oficio… quizá todo sea un teatro, quizá ese grupo de personas que deben ocuparse de los decorados y esas cosas pues… se quedó sin dinero y no pudo comprar un  decorado distinto o… igual este es el decorado del final de una escena y el principio de otra, igual otro personaje aparece en el mismo lugar con otra trama y los personajes de esta se marchan sin más, como difuminados, o… igual este decorado es el correcto y el final de la obra se está acercando, dando los últimos coletazos como todo final que se precie y… es un final bonito o feo… no lo sé… quizá la función va a terminar…