martes, 30 de julio de 2013

Dos noches y un día

La noche había sido larga. Se despertó a las tres, sobresaltada, maldijo sus sueños sin poder recordarlos y se volvió a dormir. La misma escena se repitió a las cinco. Parecía que llevaba siglos en la cama y que la noche no tenía intención de acabarse. A las siete y media sonó el despertador y, entonces, quiso volver a dormirse. De repente, se había dado cuenta de que la realidad de esa mañana no le gustaba. Hacía frío, algo incomprensible a finales de julio. Aun así, salió a la calle con los pantalones más cortos que encontró y la camiseta con menos tela que había en el armario; si hubiese servido de algo, la hubiese roto en mil pedazos y habría llenado de agujeros la poca tela que quedase sobre su cuerpo para no sentir más que le frío de fuera, porque el que llevaba dentro era mucho mayor.

Iba a ser un día difícil, un día largo, uno de esos que sabes que marcarán un antes y un después. Sólo había dos caminos y había que elegir uno. Era uno de esos días de tumbarse en la cama y tener todos los pensamientos que hubiese que tener de golpe. La noche haría su trabajo y, a la mañana siguiente, todo estaría en orden, el nudo en la boca del estómago desaparecería y todo lo que quedaría sería andar hacia delante, fuese cual fuese la dirección, andar hacia delante.

Y, así fue. Cuando esa noche que parecía no llegar tiñó el cielo de negro, cayó en la cama, cerrando todo resquicio de aire sin servir de nada, porque el frío seguía viniendo de dentro, dejó resbalar una lágrima por la mejilla que empapó un trocito de almohada y se durmió. A las cuatro despertó, ya no había sobresalto, la decisión estaba tomada, las palabras ya no resonaban en su cabeza entre sueños. Sólo quedaban tres horas y media para saber cuál sería.

Y volvió a sonar el despertador, acompañado de una frase que algún día escuchó en algún lugar...

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