domingo, 4 de agosto de 2013

El viaje

Ya está todo preparado, la maleta está hecha, aunque no sé muy bien qué es lo que llevo en ella. La megafonía avisa de que mi vuelo, mi tren o, quizá, mi barco está a punto de partir. Eso es, ahora lo he visto claro, es un barco, un barco velero. No voy sola. No conozco la duración del viaje, ni el destino. Espera... una isla desierta, una playa de esas paradisíacas... no, una laguna, en mitad de la nada, en cualquier lugar, eso es lo de menos. Y entro en ella, poco a poco, como no queriendo que el agua me roce más que los pies. Una mano aparece y me invita a entrar un poco más (si tú ya estás dentro, el agua debe tener buena temperatura, no sería posible que entrases antes que yo de otro modo). Y comienzo a dejar las cosas no importantes fuera. Un paso más. Los pensamientos comienzan a desaparecer, todo se desconecta. Dejo de ser yo y soy más yo que nunca al mismo tiempo. Otro paso. Ahora, si me tumbase, podría flotar. Ya puedo comenzar a nadar. Me voy alejando de la orilla. Apenas tengo consciencia ya de mí misma. Y, entonces, de la nada, aparece un nuevo camino posible. No hay ni un pequeño cartel que advierta del peligro. En un último fogonazo de luz, soy consciente de a dónde lleva. Y hago que se haga de noche, porque la luz no me deja ver, cierro los ojos, porque con ellos cerrados, todo se ve mejor. Y sucede. Ya no hago pie, tú tampoco. Se me olvida nadar. Y me sumerjo, te sumerges. No se divisa tierra firme y me voy quedando sin aliento. No sé qué hora es, tampoco sé si aquí el tiempo pasa lento o es como en los sueños, pero alguien me dijo que lo aprovechase. Así que sigo perdiendo el aliento. Sigo dejando que me lo arrebates. Y, entonces, me doy cuenta: justo este era el destino de mi viaje. Un lugar a donde nadie más puede llegar.

Quiero volver...

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