lunes, 12 de agosto de 2013

Guerreros

Ha llegado el momento de la lucha. Los contrincantes se miran fijamente a los ojos, una mirada de esas que dejarían helado a cualquiera, una mirada de esas que hacen historia, de esas que marcan un antes y un después, un final y un principio, de esas que preceden a los momentos épicos, una mirada que mataría, que mata por sí sola, una de esas miradas... 
No están en igualdad de condiciones, ambos lo saben. Sus armas son distintas, sus escudos, diferentes, sus armaduras... uno de ellos no la necesita y de la capacidad para permanecer intacta de la del otro dependerá su muerte. Su muerte, no su vida, esa está a buen recaudo en algún lugar lejos del combate o eso cree, los espectadores parecen no tenerlo tan claro. La lucha comienza, nadie sabe a ciencia cierta cómo será el combate, nadie salvo uno de los contrincantes, el mismo que lo supo todo con sólo dos frases dichas un día, antes siquiera de saber que los dos eran guerreros. La certeza de saber qué ocurrirá y la sorpresa al verlo ocurrir, al sentirlo y al no poder decir que sí se esperaba porque la realidad es que no se esperaba, se sabía. La diferencia entre esperar y saber es abismal, hace que hasta se cierre el estómago durante días. Lejos de debilitar al guerrero, eso lo hace más fuerte. Comienzan a utilizar las armas, los escudos pretenden llevar a cabo su misión, pero parecen ir desapareciendo poco a poco. El resultado, bajo estas condiciones, empieza a ser claro: armas, escudos inexistentes en el momento de la lucha, un guerrero sin armadura y con la certeza de que nada atravesará su piel y, el otro, con una armadura cerrada a cal y canto y que amenaza con romperse en mil pedazos al mínimo contacto, para dejar así la piel desnuda e indefensa ante cualquier roce, rasguño o, en el peor de los casos, un golpe certero en el lugar que más duele. Juzguen ustedes mismos. La lucha sólo acaba de empezar...

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