jueves, 29 de agosto de 2013

Adiós verano

Se escuchan las carreras aceleradas de los niños que corren a casa, riendo, aligerando cada vez más. Las persianas comienzan a cerrarse y se escucha como se cierran las puertas. Fuera, el cielo va oscureciéndose y el tiempo entre trueno y trueno cada vez es menor. Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia, se escucha como chocan contra la barandilla del balcón. Un ligero viento entra por la ventana y hace que se te erice la piel. El agua comienza a correr calle abajo, chocha en las esquinas y genera una suerte de remolinos que bien pareciera que lo arrastrasen todo a sus paso, incluido el verano.

Adiós verano, cuídate allá donde vayas; hoy, tengo la sensación de que te llevas algo contigo...

lunes, 12 de agosto de 2013

Guerreros

Ha llegado el momento de la lucha. Los contrincantes se miran fijamente a los ojos, una mirada de esas que dejarían helado a cualquiera, una mirada de esas que hacen historia, de esas que marcan un antes y un después, un final y un principio, de esas que preceden a los momentos épicos, una mirada que mataría, que mata por sí sola, una de esas miradas... 
No están en igualdad de condiciones, ambos lo saben. Sus armas son distintas, sus escudos, diferentes, sus armaduras... uno de ellos no la necesita y de la capacidad para permanecer intacta de la del otro dependerá su muerte. Su muerte, no su vida, esa está a buen recaudo en algún lugar lejos del combate o eso cree, los espectadores parecen no tenerlo tan claro. La lucha comienza, nadie sabe a ciencia cierta cómo será el combate, nadie salvo uno de los contrincantes, el mismo que lo supo todo con sólo dos frases dichas un día, antes siquiera de saber que los dos eran guerreros. La certeza de saber qué ocurrirá y la sorpresa al verlo ocurrir, al sentirlo y al no poder decir que sí se esperaba porque la realidad es que no se esperaba, se sabía. La diferencia entre esperar y saber es abismal, hace que hasta se cierre el estómago durante días. Lejos de debilitar al guerrero, eso lo hace más fuerte. Comienzan a utilizar las armas, los escudos pretenden llevar a cabo su misión, pero parecen ir desapareciendo poco a poco. El resultado, bajo estas condiciones, empieza a ser claro: armas, escudos inexistentes en el momento de la lucha, un guerrero sin armadura y con la certeza de que nada atravesará su piel y, el otro, con una armadura cerrada a cal y canto y que amenaza con romperse en mil pedazos al mínimo contacto, para dejar así la piel desnuda e indefensa ante cualquier roce, rasguño o, en el peor de los casos, un golpe certero en el lugar que más duele. Juzguen ustedes mismos. La lucha sólo acaba de empezar...

domingo, 4 de agosto de 2013

El viaje

Ya está todo preparado, la maleta está hecha, aunque no sé muy bien qué es lo que llevo en ella. La megafonía avisa de que mi vuelo, mi tren o, quizá, mi barco está a punto de partir. Eso es, ahora lo he visto claro, es un barco, un barco velero. No voy sola. No conozco la duración del viaje, ni el destino. Espera... una isla desierta, una playa de esas paradisíacas... no, una laguna, en mitad de la nada, en cualquier lugar, eso es lo de menos. Y entro en ella, poco a poco, como no queriendo que el agua me roce más que los pies. Una mano aparece y me invita a entrar un poco más (si tú ya estás dentro, el agua debe tener buena temperatura, no sería posible que entrases antes que yo de otro modo). Y comienzo a dejar las cosas no importantes fuera. Un paso más. Los pensamientos comienzan a desaparecer, todo se desconecta. Dejo de ser yo y soy más yo que nunca al mismo tiempo. Otro paso. Ahora, si me tumbase, podría flotar. Ya puedo comenzar a nadar. Me voy alejando de la orilla. Apenas tengo consciencia ya de mí misma. Y, entonces, de la nada, aparece un nuevo camino posible. No hay ni un pequeño cartel que advierta del peligro. En un último fogonazo de luz, soy consciente de a dónde lleva. Y hago que se haga de noche, porque la luz no me deja ver, cierro los ojos, porque con ellos cerrados, todo se ve mejor. Y sucede. Ya no hago pie, tú tampoco. Se me olvida nadar. Y me sumerjo, te sumerges. No se divisa tierra firme y me voy quedando sin aliento. No sé qué hora es, tampoco sé si aquí el tiempo pasa lento o es como en los sueños, pero alguien me dijo que lo aprovechase. Así que sigo perdiendo el aliento. Sigo dejando que me lo arrebates. Y, entonces, me doy cuenta: justo este era el destino de mi viaje. Un lugar a donde nadie más puede llegar.

Quiero volver...