miércoles, 31 de diciembre de 2014

2014, un placer haberte conocido. 2015, bienvenido

¡¡Que el 2014 se nos acaba!! Y yo casi no me he dado cuenta… Este año ha sido un año normalito, la verdad: no ha habido grandes sucesos que hayan hecho de él algo especial, (aunque haya acabado, por ley de vida que dicen por ahí, con alguna persona menos al mi alrededor) y la tónica del año ha sido bastante “aburrida”, un año de rutinas que, a fin de cuentas y dadas las circunstancias, supongo que han merecido la pena.

No obstante, el balance del año ha sido positivo, quizá, precisamente, porque el no tener tiempo para nada hace que se disfrute mucho más de cualquier ratito de relax. Ha sido un año de grandes reencuentros, de esos tan especiales que marcan un antes y un después en determinadas relaciones, y también de despedidas que pronto se convertirán en bienvenidas, seguro.  Un año de esos en los que uno va consiguiendo, muy poquito a poco, ir rodeándose de aquello y aquellos que le hacen sentirse bien y dejando de lado, en la medida de lo posible, todo lo demás. Un año de esos en los que uno se propone ser feliz, sin más, y hasta lo acaba consiguiendo, lo que demuestra que no hace falta gran cosa para serlo, más que ser consciente de lo que uno quiere y de cómo conseguirlo (o eso creo). En fin, que sea como sea, ha sido un buen año que me ha enseñado más cosas de mí misma, muchas más, y eso es algo que siempre merece la pena.

Y con respecto a los propósitos para 2015, aún no están hechos, pero no creo que disten mucho de los que tenía en 2014. Algunos de ellos sí que se cumplieron, con lo cual sólo habrá que cambiar el infinitivo del verbo correspondiente por una estructura del tipo “seguir + gerundio del verbo en cuestión”. Pan comido (o eso espero).

Y dicho todo esto (que ya es mucho teniendo en cuenta que el trancazo que tengo no me permite pensar con demasiada claridad ni deja fluir a las musas), os digo que estoy segura de que 2015 va a ser un buen año, el mejor de los últimos tiempos porque no queda otra, por puro descarte, al menos, así lo siento yo, y bueno, ya puestos, ojalá también sea uno de esos años inspiradores que hacen que la tinta de mis letras se deslice por el papel llenándolo todo de historias con sus finales felices que consigan sacaros una sonrisa y haceros disfrutar a todos aquellos que os paséis por aquí.



2014, un placer haberte conocido. 2015, bienvenido. ¡FELIZ AÑO A TODOS!

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Por ELLOS

Y parece mentira que haya pasado un año desde la última Nochebuena, pero lo cierto es que ya nos estamos metiendo de lleno en el final de este año y en estas fiestas que, si no es por un lado lo es por otro, a todos acaban tocando de alguna forma.

Durante este último mes ha habido a mi alrededor más conversaciones de las que hay habitualmente acerca de estas fechas y de su significado, de ese espíritu navideño, de las ganas de adornar o no la casa, de salir afuera a ver el alumbrado de las ciudades, de cantar villancicos, de los de siempre o de los de ahora, de las panderetas y la botella de anís, de los que ponen el portal de Belén y los que no, los que colocan al Niño el día 25 a las 00:00, los que lo tienen colocado desde el principio, los que van acercando al portal a los Reyes Magos esperando que el 6 de enero llegue y, por supuesto, de los que son partidarios de estos y sus camellos o prefieren a Papá Noel con sus renos. Opiniones para todos los gustos y de todos los colores. Incluso aquellos a los que estas fiestas les traen sin cuidado y pasan las noches y los días especiales solos en casa y tan felices, que los hay, doy fe.

Yo, particularmente, soy de las que adoran estas fiestas, el alumbrado, los adornos, los belenes llenos de figuritas que parece que cobran vida, los villancicos, la magia (porque existe si uno quiere que así sea) y, sobre todo, el ambiente familiar. Sí, a pesar de que, dadas las circunstancias, de unos años a esta parte ese ambiente está cambiando muchísimo en mi entorno, no deja de gustarme. Es posible que por aquí se hayan acabado las Nochebuenas multitudinarias llenas de villancicos y jaleo (en realidad acabaron hace mucho tiempo) o esas en las que no había tanta gente pero sí mucho teléfono pasándose de unos a otros mientras la comida se enfriaba y a nadie le importaba y muchos “abuelo, cuéntame cuando…” y todos ajetreados, poniendo platos, vasos, cubiertos y atención, mucha atención, para compartir las risas y sonrisas que, sin duda, provocaban las historias de él, y también parece que a las Nocheviejas les ha llegado la hora de tomar relevos… Pero esto significa que otra etapa comienza, que quizá va siendo hora de que las historias las cuenten otros y otra gente se reúna alrededor de otras mesas para escucharlas, que la vida tiene su ciclo y las alegrías nuevas deberían ir reemplazando de algún modo a los sinsabores que nos encontramos en el camino. Porque escuché hace un par de semanas que “no tiene sentido celebrar algo en estas fechas, porque ¿por qué se celebra? ¿por los que ya no están?”, y yo, desde aquí, contesto que sí, que se celebra por ellos, que se celebra que nosotros sí que estamos y estuvimos para conocer a los que se fueron y también, se celebra por todos los que están por venir y para los que debemos transmitir el encargo y hacer cumplir la promesa de que, un día, cuando los demás ya no estemos, seguirán celebrando lo mismo. Porque hoy es una noche de familia, la que nos tocó por cuestión de genética o la que queramos elegir, que la familia también se elige y se encuentra si se quiere, la que está y la que ya se fue, y es una noche de alegría y de buenos recuerdos y eso es lo último que deberíamos olvidar hoy.

Así que… FELIZ NOCHEBUENA Y FELIZ NAVIDAD. Por nosotros… Por ELLOS. 




Y ahora, me voy volando pandereta en mano, que ya llego tarde y me falta día para cantar todos los villancicos que me sé y que me quedan por aprender.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Compartiendo llaves

Hace sólo unas horas que mantenía una de esas conversaciones que hay que mantener alguna vez en la vida, una de esas que sabes que, irremediablemente, van a cambiar el curso de las cosas y que, aunque confías en que será para bueno, realmente, nunca se sabe.

Hablaba de distancia. Y no he podido evitar pensar ahora en lo curioso de esa palabra si la tomamos en el sentido estrictamente matemático, porque resulta que, por definición, la distancia siempre es positiva o nula. Y yo me pregunto: ¿en serio?. Pequeñas contradicciones que nos ofrece la vida, supongo, porque la distancia, más veces de las que quisiéramos, es muy negativa.

La distancia puede ser física o emocional. La física no es salvable: si estamos lejos, estamos lejos y podremos ir a vernos o no, podremos vernos un par de veces al año o una vez cada dos meses, pero seguiremos estando lejos. La emocional sí que puede salvarse. De hecho, incluso uno puede estar a miles de kilómetros y sentirse cerca de alguien, más aún hoy en día (eso es algo que hay que agradecerle a las "maravillosas" tecnologías con las que tratamos habitualmente y que yo tanto odio, en general, pero oye, hay cosas que son innegables). Y precisamente porque la distancia emocional puede salvarse, precisamente porque existen teléfonos, internet y aplicaciones varias, precisamente porque nos ha tocado vivir en este mundo y este tiempo, no concibo la idea de sentirme lejos de quien de verdad importa, aunque pase. Es cierto, cuando empieza a ser habitual no ver a alguien parece que algo quiere resquebrajarse, que hay que hacer alguna clase de esfuerzo para que todo se quede pegado. Al principio no es así, incluso, a veces, esa distancia hace que las personas estén más cerca, supongo que porque se tiene necesidad de ir contando que pasa aquí y allá pero, luego, todo se va normalizando en cierto modo y las "nuevas cotidianidades" pasan a un segundo plano dejando las conversaciones un poco insípidas. Lo bueno, es que si el interés es real, siempre habrá algo que haga saltar la chispa, que, a pesar de las ocupaciones, nos dé un momento de volver a sentirnos cerca, muy cerca, un momento que haga que con dos tazas de té separadas por kilómetros de distancia, las mismas manos y los mismos corazones se calienten como si estuviesen sólo separados por un par de milímetros. Será la magia de la confianza.

Eso, confianza. Esa es la que consigue mantener los lazos unidos, la confianza que no se tambalea pase el tiempo que pase, la confianza en unos y en otros, el saber que, pase lo que pase, estarán ahí, el saber que, pase lo que pasé, estaremos ahí. Pero para que ella aparezca, hay que dar la oportunidad de conocerse, de hablarse, de olvidarse de esas "cotidianidades" y empezar a contar lo que de verdad importa, empezar por ser capaces de hablar de nosotros mismos, de dejarnos los miedos en casa, guardados en un cajón y ser conscientes de que si la otra persona quiere darlo y, de hecho, lo da y a ti te importa, lo justo es corresponder del mismo modo, porque la unilateralidad en esto de las relaciones no lleva a ningún sitio. Que el preguntar "¿cómo estás?" sólo demuestra a medias lo que la otra persona te importa, y es el contestar a la misma pregunta lo que empieza a cerrar el círculo. Porque podemos dar a los demás todas las llaves de casa y dejarlos entrar y salir cuando quieran, pero será irremediable que se las quitemos si un día llegamos a la de ellos y cierran la puerta al vernos. Quizá, si algún día la abren y tiran fuerte de nosotros para que entremos rápido hasta la habitación más lejana del pasillo, sin mostrarnos nada más, nos quedemos sentados en un rincón sin atrevernos a movernos de allí porque el resto de la casa nos resulta desconocida, mientras que nuestro anfitrión se pregunte por qué ya no salimos y por qué la llave de nuestra puerta se atasca al intentar abrir.  

Y... supongo que ahora es momento de compartir llaves, no sé sí todas, seguramente no. La de la cancela de fuera es una buena por la que empezar. Para la puerta principal, usaremos el llamador. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¡Feliz cumpleblog!

Entrada rápida, ¡que se me está acabando el día!.

No me lo creo: hoy, 19 de Noviembre de 2014, hace 5 años que este blog salió al cibermundo. ¿¿5 años ya??. El blog ha pasado por un montón de etapas: cambios de diseño: que si la noche, que si el día, el negro o el blanco, que si algo moderno o algo más clásico, que si le damos un aire vintage que ahora se lleva mucho (sí, aquí también parece haber modas)...; otros cambios en lo que al tipo de escritura se refiere: unas entradas más románticas y otras menos noveleras, unas más largas y otras más cortas, escritas por mí o por un colaborador que en algún momento apareció casi sin saber bien cómo; y otros cambios referidos al tiempo que le dedicaba al blog, a la pluma y al papel o, incluso, a mí misma: momentos donde escribía mucho y otros donde me/se quedaba en blanco, tan en blanco que el blog ha pasado hasta por un tiempo de cierre.

Ese tiempo de cierre ha sido el que, en cierto modo, ha conseguido sacarlo a la luz y que no se quede escondido en "un rincón de internet", como alguien me dijo una vez. Quizá, sólo fui hacia atrás para tomar carrerilla y no lo supe hasta que ya había saltado. Y verme aquí, después del salto, ha dado miedo, el mismo miedo que dio al principio, hace 5 años, o incluso más, pero mereció la pena arriesgar, sin duda. Este ha dejado de ser un lugar por donde sólo pasaban aquellos que me conocían y que un día, de buenas a primeras, descubrieron que existía mientras yo huía de las miradas y las preguntas por pura vergüenza, a ser un pequeño espacio donde, poco a poco, cada vez somos más y donde voy conociendo gente que, sin duda, sabe infundir ánimos (¡si hasta hemos recibido un premio!) y que hace de este rinconcito un lugar más ameno. Así que a todos vosotros, a los que ya estaban y a los que han llegado, os tengo que dar las GRACIAS por formar parte de mi/VUESTRO "Entre conjeturas y teoremas" y por hacer que, a pesar de los meses en blanco, esto siga adelante, lleve a donde lleve, si es que lleva a algún lugar. 




Felicidades, Ola Blanca. Felicidades, Entre conjeturas y teoremas. 

PD: Y, claro está, esta es una razón más para poder decir eso de Sweet November

viernes, 14 de noviembre de 2014

Sweet November

Noviembre, hace dos semanas que llegaste y aún no te he dedicado unas palabras. Bueno, en realidad, nunca te las he dedicado y supongo que te las mereces, y también supongo que hoy, por ser precisamente hoy, es el día perfecto. Nunca me paré a pensarlo realmente, pero creo que siempre has sido mi mes favorito, aunque de unos años a esta parte hayas decidido hacerte un poco más duro y frío de lo normal. Eres mi mes favorito porque me tienes en vilo durante 28 días esperando sorpresas a montones, creyendo verdaderamente que todo en la vida es posible, llenándome de ilusión y sonrisas, recordándome que durante un año aprendí de todo un poco y que falta nada para que venga otro año más a enseñarme cosas nuevas. Te pasas 28 días obligándome a hacer una cuenta a atrás en la que las 24 horas de cada uno parecen no querer pasar, poniéndome de los nervios, como si algo grandioso realmente fuese a ocurrir. Y quién sabe... quizá ocurra, quizá ocurre todos los noviembres, quizá ocurra también este. Y entonces llega el día, la cuenta atrás se para y el 29 hace acto de presencia en el momento en que me levanto de la cama dando saltos, con una sonrisa de oreja a oreja y unas ganas locas de que, de repente, lo que menos me imagine aparezca por la puerta... o por la ventana, que a mí me da igual por donde venga, pero que venga; y si no viene me lo imagino, porque ese día mi imaginación llega a unos límites insospechados y mi felicidad también. La alegría de la pura existencia debe ser, otra explicación no le encuentro. Y, después, como no queriendo que me acostumbre a esa sensación de estar en las nubes todo el rato, me dejas únicamente un día para disfrutar de todo lo que llegó, un día que pasa volando y que me mete de lleno en diciembre, en donde empiezo a esperar otras cosas o quizá las mismas. 

Mi cuenta atrás va por 15, 15 días para seguir pensando que la magia se está forjando y que aparecerá al abrir una caja envuelta en un papel bonito, en el deseo al soplar unas cuantas velas puestas en una tarta, al abrir la puerta, quizá dentro del buzón, al descolgar el teléfono, en forma de notificación, al encender el ordenador o... simplemente, al abrir los ojos.


Noviembre, siempre te traes contigo a la lluvia, al frío y a los días grises, como el de hoy. Pero, por ser tú, te lo perdono. Y es que a ti te perdono todo. Te perdono las despedidas y las lágrimas porque cuando estás acabando me regalas bienvenidas y sonrisas. ¿Qué me tienes preparado esta vez? Si me lo dices antes de tiempo, tranquilo, que te prometo sorprenderme e ilusionarme igualmente cuando llegue el día. ¿Me lo cuentas? 

martes, 28 de octubre de 2014

Hay varias flores... creo que me han domesticado

Hoy ha venido a mi cabeza, como tantas veces, el siguiente diálogo que estoy segura reconoceréis nada más empezar a leer:

"– No –dijo el principito –. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
– Es una cosa demasiado olvidada –dijo el zorro –. Significa “crear lazos”.
–¿Crear lazos?
– Sí –dijo el zorro –. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
– Empiezo a comprender – dijo el principito 
. Hay una flor... Creo que me ha domesticado..."

¿En qué momento "domesticamos" a alguien y somos "domesticados" por esa misma persona? O dicho de una forma más humana (y menos animal): ¿en qué momento comienza a ser una persona importante para nosotros y nosotros para ella?. Creo que ese momento es bastante difícil de delimitar, pero sin duda está ahí, debe estarlo al menos. El momento exacto en el que pasas del bando del "me cae bien", "parece buena persona", "estoy a gusto a su lado", al bando de "cómo es que tardé tanto en conocerla", "quiero conocerla más y mejor", "si es por ella, lo hago", y, además, en la otra persona se dé el mismo sentimiento. El caso es que pasamos de un bando a otro sin darnos cuenta, cruzamos la línea sin ser conscientes de que lo estamos haciendo e imagino que ahí está la magia de las relaciones y del crear lazos, como decía el zorro. 

Y otra pregunta más: ¿las personas que fueron importantes de verdad dejan de serlo alguna vez?. Creo que está relativamente claro y, en cierto modo, demostrado, que existe alguna clase de jerarquía en esto de la importancia de las personas, porque no todas nos importan por igual o de la misma manera y es por eso que hablo de personas "importantes de verdad", refiriéndome a esas que estarían en el escalón más alto de esta jerarquía. 

Hay veces en que sabemos que ciertas personas desaparecerán de nuestra vida, que son importantes durante ese tiempo que permanezcan a nuestro lado y luego se irán sin dejar demasiada huella en nosotros... Y también están aquellas que sabes, o intuyes, o imaginas que se quedarán para siempre aunque se vayan y las recordarás y, seguramente, las echarás de menos con una sonrisa y con un sentimiento de afecto inagotable. Son quienes juegan un papel realmente importante en tu vida, esas personas de las que aprendes cosas que no podrías haber aprendido de otra forma y con las que vives momentos irrepetibles y únicos y quizá, incluso, de los más importantes de tu vida, personas que acaban siendo irreemplazables por ser, sin duda, los mejores testigos de tu historia. Irremediablemente se me vienen personas a la cabeza, algunas de ellas están cerca y a otras llevo más tiempo del que me gustaría sin verlas, y es que el destino es caprichoso. Pero lo cierto es que, aunque caprichoso, ese destino parece unir algunas piezas con sentido en ese puzzle en el que vamos viviendo o, al menos, así quiero pensarlo; es como si, a veces, te diese una tregua y te mostrase que no tiene intención de dejar ningún cabo suelto, que tú vas a cantar y vas a bailar y te vas a reír olvidando tu timidez porque el momento lo merece, porque lo merecen las personas y que vas a tener ganas de hacerlo sinceramente; que lo vivido junto a algunas vale la pena de verdad, que las miradas son reales, no engañan y pueden expresar la magnitud de la importancia que tienes para alguien; que el tiempo hace que un día vuelvas a estar ahí, sin saber bien cómo, que alguien te busque porque aún eres importante y se desnude de verdad frente a ti porque es en ti en quien confía. En cierta manera, todo esto sobrecoge. 


Y así acaban algunos días, entre sonrisas sinceras, algunas lágrimas mal disimuladas y sorpresas de esas especiales que hacen que te vayas a la cama sintiendo que, quizá, al final del viaje, todo habrá merecido la pena. Es un buen pensamiento para antes de dormir, ¿no creéis?.

Buenas noches... 

lunes, 20 de octubre de 2014

Deshaz las maletas

Desde hace varios días, las maletas y los bolsos de viaje andan dando vueltas por casa. Hubo que elegir, antes de que el fin de semana comenzase, qué maleta y qué bolso eran los adecuados para emprender un viaje unos y una estancia más corta otros. Maleteros llenos de eso para lo que están ideados y hasta de colchones metidos a presión que corren el riesgo de saltar de un momento a otro. GPS's que a veces pierden más que encuentran y momentos que serán recordados para siempre.

Salimos de casa con las maletas llenas de ropa, zapatos y neceseres, llevando estudiado qué jersey combinarás con qué pantalón y qué zapatos llevarás que vayan bien con todo para, así, ahorrar espacio. El neceser es lo último que metes en la maleta llena hasta los topes porque siempre hay cosas que debes utilizar antes de salir y que también te llevarás y, al final, por mucho que intentes llevar únicamente lo imprescindible, siempre acabas arrepintiéndote de no tener uno más grande. De este modo, el viaje comienza. Pueden ser unas vacaciones, un fin de semana diferente o tu nuevo hogar durante el tiempo que dure.   

Y llegados a nuestro destino, yo digo: deshaz las maletas. Sí, no dejes nada dentro. Abre la maleta y el bolso que elegiste y comienza a guardar cosas en los armarios y los cajones de allá donde hayas ido a parar. Cuelga las camisas, los jerseys y las chaquetas en esas perchas que buscan vida. Y los pantalones también, no se te ocurra usar la estructura de la tabla de planchar, como alguien me enseñó una vez, para colgarlos, porque deberías usarla si vienes para quedarte. Coloca ese libro que te estás leyendo en la mesita de noche, que él también sepa que ese será su hogar durante un tiempo, y guarda la maleta, no vaya a ser que te des cuenta de que, quizá, sólo hayas venido de paso. Ahora entra en el baño y vacía el neceser. Utiliza ese armario con puerta de espejo que existe en cualquier baño y llénalo con tus colonias, tu cepillo y tu pasta de dientes, maquillajes y cuchilla de afeitar o máquina, en su caso; las baldas de la ducha ocúpalas con tu gel, tu esponja y tu champú. Llena también esa habitación de todo aquello que llena a un baño de vida. No dejes los armarios vacíos, haz de ellos y de ese lugar algo tuyo, algo que consiga que, cuando entres, te sientas en casa, algo que te haga disfrutar de ese nuevo lugar en el que te encuentras, que te permita conocer todo lo que hay alrededor de él y que no te haga sentir la necesidad imperiosa de volver a tu hogar. ¿Y todo para qué? Para lograr, cuando te vayas, no poder cerrar la maleta porque va llena de recuerdos, de momentos vividos, de lecciones aprendidas, de más vida de la que llevabas al comienzo de tu viaje y, sobre todo, de ganas de volver a hacer las maletas y partir a un lugar nuevo al que llenar y en el que llenarte de vida. 



¿Te vienes? 

viernes, 3 de octubre de 2014

La vida en tu sofá

Tu sofá era rojo. No era especialmente bonito sino más bien feo, la verdad, y le faltaban cojines y brazos donde poder apoyar la cabeza cuando te tumbabas. No era un sofá demasiado cómodo y creo que tampoco era demasiado nuevo, pero era tu sofá, mi sofá, nuestro sofá... Y era genial vivir en él. 

Él fue testigo de charlas... de miradas... de risas... de momentos... de abrazos, de caricias, de besos y de aquello en lo que acababa siempre todo esto. Se fundía en esos momentos igual que me fundía yo en ti, igual que lo hacías tú en mí. Fue testigo de cómo con el paso de los días todo cada vez era mejor y peor al mismo tiempo. Fue testigo de despedidas a regañadientes, de "quédates" que no se decían, de "te quieros" que no se pronunciaban. Y se hacía cama, como intentando dar una excusa para que pudiésemos soñar, como queriendo ponérnoslo fácil. Pero no funcionaba. Y me llamaba, y te llamaba, y nos llamaba. Y acudíamos, siempre acudíamos, porque esa era nuestra casa, porque el resto de la casa nos daba igual. Porque en tu sofá podíamos vivir, porque nos alimentábamos el uno del otro y con eso nos bastaba. Así era la vida en tu sofá. 

Pero sentados en él (sentados, tumbados, abrazados...) el tiempo tenía la maldita costumbre de ir más rápido, de hacer que la tarde se hiciese noche con un simple chasquido de dedos y que los días pasasen como si fuese una cuenta atrás para alguien que espera un veredicto final de sobra conocido y se agarra a cualquier cosa para intentar detener el tiempo. Pero no, el tiempo no se detuvo. 

A veces, a pesar del tiempo, me pregunto si ese sofá nos recordará o si hubo otra historia después de la nuestra que borró cualquier rastro de nosotros. A veces, pienso en volver allí y sentarme en él, por ver si me cuenta algo que no sepa o por ver si al abrir los ojos te encuentro y descubro que, al fin, un día nos quedamos dormidos aun sin quererlo...


Tu sofá era rojo. No era especialmente bonito sino más bien feo, y yo me hubiese quedado a vivir en él, contigo...

lunes, 22 de septiembre de 2014

"Factorizando" sorpresas

No hace mucho hablaba con alguien acerca de las casualidades o causalidades, dos palabras que no creo que se diferencien sólo en el orden de dos letras por "casualidad". Sí, se va viendo claro de qué lado estoy. La causalidad predomina en mí, no puedo evitarlo, todo tiene que tener una razón, una causa que puede tener lugar a priori o a posteriori y que me gusta más pensar que es a posteriori por aquello de la ilusión. Podría entenderse como que toda causa tiene su efecto, pero eso me lleva a entender ese efecto como algo ya establecido de antemano y conocido en cierto modo, y esa no es la interpretación que me gusta. Y es que puede parecer que esa idea de causalidad está demasiado encorsetada, demasiado rígida y sin opción a cambio, demasiado matemática y demasiado lógica, encerrando un mundo de proposiciones que llevan unas a otras por medio de algún tipo de demostración, pero... ya en 1931 Kurt Gödel demostró sus famosos teoremas de incompletitud y, extrapolándolos del mundo matemático al mundo real, me gusta pensar que son la (no-) explicación del factor sorpresa de la vida. Y adoro ese factor sorpresa.

Ese factor sorpresa es el que hace que un día te encuentres con alguien a quien hace mucho que no ves en un lugar en el que no imaginabas y en un momento que no podría ser mejor para encontrarlo; que te subas en el coche y suene esa canción que te hace recordar algún momento especial, tan especial que no sepas si escucharla con atención o apagar la radio por la rabia que te produce el que ese momento ya haya pasado; que encuentres una carta en el buzón de alguien que bien sabes ha dedicado a conciencia un tiempo para escribirte; que llegue un mensaje de madrugada de alguien que piensa en ti a esa hora; que acabes viviendo, aunque sólo sea por un tiempo, cerca de esa persona especial que antes estaba tan lejos; que den por la tele esa película que llevabas días queriendo ver; que encuentres algo importante que pensabas que habías perdido para siempre escondido en un rincón; que escuches una frase en el momento exacto para que se quede grabada a fuego; que alguien toque una canción para ti, sin esperarlo; que te digan que te echan de menos; que te hagan un regalo sin ninguna razón especial, simplemente porque es hoy; que abras la puerta y se te acabe escapando un abrazo en lugar de un "hola"; que alguien te diga "te quiero" sin que lo esperes; que seas tú quien se dé cuenta de que quiere a alguien; que apruebes un examen que pensabas que tenías suspenso; que alguien a quien hace tiempo que no ves se acuerde de tu cumpleaños; que seas consciente de todo lo que has aprendido de lo vivido; que escuches o te cuenten que alguien dijo algo bueno sobre ti; que, sin previo aviso, conozcas a quien será importante en tu vida; que, de repente, VIVAS.



Porque como decía un azucarillo con el que me debí topar este verano y que, "causalmente", encontré hace unos días: "la vida está llena de sorpresas; cuando menos te lo esperas pasan las cosas que menos te imaginas". 

martes, 16 de septiembre de 2014

Paraguas

Hoy es uno de esos días nublados en los que el verano ya nos dice adiós con fuerza, con la misma fuerza con que el viento golpea la puerta y hace que des un respingo en la silla. Las primeras gotas de lluvia deben estar apunto de caer y, con ellas, algo parecido a un nuevo ciclo o a una nueva etapa parece comenzar. Así empieza septiembre, porque creo que ese mes no empieza con el día uno, sino con la gota uno. 

Cuando era pequeña, septiembre olía a libro nuevo. Ahora huele a tierra mojada, a días más cortos, a botas de borreguito, a pijama y manta de coralina, a chocolate caliente... A otoño. Y dicho así, suena hasta bonito. Y, seguramente, sea bonito, pero lo cierto es que hoy es uno de esos día que me gustan y odio a partes iguales, que me alegran y me dejan melancólica al mismo tiempo, que hacen que eche de menos al verano a la vez que recibo con una sonrisa a su amigo el otoño. Uno de esos días contradictorios y con cierto encanto. 

Los paraguas comienzan a verse ya por la calle. Desde aquí arriba se ven simples, inexpresivos, insustanciales... paraguas. Y es que lo mejor no es verlos desde arriba, sino desde abajo, desde dentro, desde el mundo en miniatura que pueden crear. Porque crean un mundo, uno sólo para aquellos que están debajo y cada cual puede hacer lo que le apetezca en él. Así, los días de lluvia, vemos como todos van en su mundo y lo suben o lo bajan para que no tropiece con los mundos de los demás y no hacer que la libertad de cada cual incordie a quien tiene al lado y lo deje tuerto. Luego están los mundos compartidos (sólo por dos, que por más ya es difícil, aunque se ven), esos en los que uno cuida de que el otro permanezca en su mundo, el de ambos, y en el que es complicado permanecer sano y salvo si no se va abrazado, esos que hacen que algunas gotas de lluvia vayan con beso incluido, los que consiguen que el otoño tenga otra razón para merecer la pena y que sólo pueden crearse bajo un paraguas pequeño (menudo genio el que inventó los "maxiparaguas"...). Y luego, están aquellos mundos que se crean aparte, aquellos mundos que se crean entre los mundos de los demás y cuyos habitantes caminan entre paraguas ajenos porque su mundo no necesita ningún límite, porque la lluvia también forma parte del mundo y porque, de este modo, la libertad y la diferencia se hace palpable por un ratito. Lástima que la realidad del día a día (y nuestra salud) nos impida pertenecer a uno de estos últimos mundos sin crear uno debajo de un chubasquero o similar. Así que, puestos a elegir, prefiero el paraguas.

Y ahora, pienso que quizá sería más bonito todavía estar debajo de uno de ellos... 



Bienvenido otoño (con una semana de adelanto). 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre ella

Ella es de Amelie, de Albert Espinosa, de Lindsey Stirling... y se pierde con ellos al igual que se pierde en un folio en blanco, porque para ella casi no hay nada comparable con la emoción que genera la historia que aún está por comenzar. Y escribiendo se le pasan las horas. Quizá sea por eso que siempre pasa desapercibida y se dedica a observar principalmente, buscando historias que contar y algo en lo que pensar, reflexionar y con lo que aprender. 

Adora aprender. De ahí que siempre tenga algo en la cabeza, que no sepa quedarse con la mente en blanco y busque continuamente una nueva meta que alcanzar, algo que le haga sentir que no está perdiendo el tiempo, porque odia perderlo. Y conducir, eso también lo odia la mayor parte del tiempo, así que siempre que puede, va caminando a los sitios porque caminar siempre le ha gustado. Y también le ha gustado desde pequeña ese olor a papel viejo, usado e imaginarse por dónde habrá pasado y cuántas historias habrá vivido o entrar en una librería y perder la noción del tiempo en ella. 

Gastronómicamente hablando, tiene una pasión: el chocolate, aunque no está muy segura de que eso pueda considerarse gastronomía. Regálale chocolate y verás su reacción... no, definitivamente no debe considerarse gastronomía, sino más bien una especie de droga aderezada con algo parecido a lo que el sexo le puede ofrecer... y eso sólo con verlo. Pero bueno, todos tenemos nuestras locuras y ella no va a ser menos. No es la única locura que tiene.

Quizá el chocolate sea una buena manera de conseguir que se levante de humor por la mañana, es algo que nadie ha comprobado aún, y es que si quieres empezar el día con buen pie a su lado, no es buena idea que le hables, ya será ella quien hable cuando esté lista. Uno debe aprender a darle tiempo, "su" tiempo. Es un poco antisocial en ese momento del día, y durante el resto... seamos sinceros, es un puñetero desastre social: siempre pierde la cuenta del tiempo que lleva sin ver a los demás, huye del teléfono, las grandes reuniones no se inventaron para ella y... la lista de estas cosas sería interminable. No se enorgullece de ello. De todos modos, eso no significa que la gente no le importe y tiene formas de demostrarlo (mejores o peores, depende de quién opine). Por eso, no debería extrañarle a nadie que la conozca encontrar un día una carta en el buzón con su nombre en el remite o abrir un e-mail que dé miedo leer y haya que hacerlo por capítulos (si alguna vez te ocurre, léelo, merecerá la pena); además, tiene guardados en la memoria abrazos de esos sinceros, de esos que llegan sin esperarlo en los mejores momentos y de personas a las que no olvida y cuyo cariño hacia ellas crece según pasa el tiempo y, también, detalles, palabras, miradas y apretones de manos. Así se crean sus lazos, sus personas especiales, esas que tienen en su corazón un rinconcito con un cartel de VIP colgado y que, por qué no decirlo, son más de las que parecen.

Tiene una fe ciega (o algo parecido al menos) en el destino y en las señales, y está convencida de que lo mejor siempre está por llegar. Eso la hace mirar al futuro con un sonrisa en la cara y una ilusión permanente, lo que le da también algo de valor para enfrentarse a sus miedos, aunque poco a poco porque, como todos, es más cobarde de lo que está dispuesta a admitir (pero seguro que más valiente de lo que piensa). Y también es algo enamoradiza, eso es verdad. Sin embargo, a la misma vez, es tremendamente independiente y quizá sea por eso que, en el fondo, tiene la sensación de que todas sus historias, antes o después, deben acabar. Al menos así ha sido hasta ahora y tampoco es que se lamente por ello. 

Verla llorar no es fácil, y aquellos que alguna vez la han visto con lágrimas en los ojos y han escuchado sus sollozos pueden sentirse privilegiados, porque ya les ha dado más de lo que le da a cualquiera: les ha mostrado que también es débil aunque parezca de hielo, les ha mostrado que sólo se hace la fuerte pero que los golpes también le duelen. Quizá un día le dijeron aquello de "los hombres no lloran" y dijo: ¡pues yo tampoco!. A cabezota no le gana nadie.

Y es que su cabeza es un caos, un desastre completo (y ya van dos desastres) tanto por dentro como por fuera. La guerra con su pelo la dio por perdida hace tiempo aunque de vez en cuando, con ayuda, gana alguna batalla; y con respecto a su maquillaje, puede pasarse tres horas frente al espejo buscando la combinación de sombras adecuada o ponerse un pegote de rimel y echar a correr, todo dependerá del día y de lo que tenga que hacer o donde se quiera perder, porque... Vive en una búsqueda continua de sí misma, en un perderse y encontrarse todos los días que le apasiona y que la hace presumir (prácticamente lo único de lo que lo hace) de conocerse bien y, lo cierto, es que eso la hace feliz, que ella es feliz, que no necesita gran cosa para serlo. Y de eso sí que se enorgullece. 


Ella es una chica corriente, como todas: con sus cosas buenas, sus cosas malas, sus manías y su particular forma de ver el mundo. Una chica así, del montón, de ese montón de personas únicas. Porque todos somos únicos. Porque ella lo es. Una edición limitada de sí misma, como todos. Así que si después de esto, algún día, te da por querer conocerla, por pasar un ratito con ella, búscala, porque tiene mucho más que mostrarte. La encontrarás en la sección de papelería de cualquier centro comercial, en una librería ojeando libros y más libros, asomada a una ventana a la espera de alguna estrella fugaz que cumpla algún deseo o, por ahí, "en su mundo", donde sea, soltando palabras y creando historias que quién sabe si más tarde acabarás leyendo. 

lunes, 25 de agosto de 2014

Este verano es mentira

Que sí, que este verano es mentira. Porque estamos ya en la segunda quincena de agosto y yo todavía sigo esperándolo cuando lo cierto es que ya está acabando. Será porque no he pillado ningún día de playa bueno y se me quitaban las ganas de ir cuando salía a la calle y notaba el frío que hacía (¡a mí!). Porque no he comido suficientes helados y esos de chocolate que desde siempre hace mi madre este año no han aparecido por el congelador. Porque no he montado mi "charquilla" (total, el agua estaría helada) y ni siquiera la he echado de menos. Porque no he pisado una piscina y tampoco he pensado en ellas, de hecho, me da un escalofrío pensar en tanta agua junta. Porque las noches de patio y estrellas han sido frías, tanto, que algunas han acabado siendo de sofá y "cierra la puerta". Porque ayer me di cuenta, de repente, de que Vega había pasado por encima de mi cabeza mucho antes de que le tocase según mis cálculos y luego comprobé que, dadas las fechas, mis cálculos eran erróneos, prueba más que evidente de que este verano me tiene perdida y sin saber en qué día estoy. Porque no he visto ni una sola estrella fugaz (y por tanto, no he pedido ningún deseo). Porque no he tenido una canción que vaya a marcar este verano. Porque todos los veranos comienzan con la seguridad de saber que algo bueno traerán, que las historias y los momentos bonitos siempre pasan en esos meses, que la ilusión es algo que parece venir de las manos de julio y agosto... y julio y agosto ya han llegado y casi se han ido y aquí no ha pasado nada y noto como que me falta algo... (y como que me sobran las "y's")

Sin embargo, yo tengo la sensación de que lo mejor aún no ha llegado, que hay un as escondido en la manga de alguno de los meses que quedan por venir y que el verano, entonces, llegará. Y yo lo recibiré con los brazos abiertos y una sonrisa en la cara, porque aunque llegue con retraso y con nombre de otoño, no llegará tarde si está dispuesto a quedarse. Y es que quizá sea cierto eso que dicen de que el verano sólo es un estado de ánimo...     


domingo, 17 de agosto de 2014

De la importancia de darse tiempo a uno mismo

Esto de haber estado sin escribir tanto tiempo hace que se me acumulen las reflexiones. Mi cuaderno de notas está lleno de frases que se me iban viniendo a la cabeza en los últimos meses de mi "encarcelamiento" y que pedían a gritos un texto que pudiese darles voz a todo lo que esas tres, cuatro o cinco palabras tenían guardado y hay que darles salida. Primero, porque si ellas se tomaron la molestia de acudir a mi mente aun sabiendo que, con suerte, iban a acabar guardadas en un cajón y, sin ella, olvidadas, yo no puedo hacer menos que darles lo que vinieron a buscar: formar parte de algo mayor. Y segundo, porque me encanta coger mi rotulador verde (el primero que encontré cuando metí la mano en "la caja de los rotuladores") y tachar la idea que ya he utilizado y exprimido todo lo que en ese momento he sido capaz. Esta vez le toca al tiempo (idea recurrente donde las haya), pero no a un tiempo cualquiera, sino al nuestro, al que nos damos o no a nosotros mismos.

Cada día que pasa estoy más convencida de la necesidad y la importancia de dedicarnos tiempo a nosotros mismos. Vivimos en una sociedad en que la soledad no está del todo bien vista (aunque tengo la sensación, o quiero tenerla, de que eso va cambiando poco a poco) y pararse a pensar más allá de la superficialidad del sabor del helado que nos vamos a comer significa perder el tiempo y perderse miles de millones de cosas que podrían estar ocurriendo(nos). Y lo que ocurre dentro de nosotros, ¿qué?. 

Reservar un ratito al día o a la semana o, incluso, al mes a mirar dentro de nosotros y hacernos algunas preguntas con la firme intención de buscar respuestas puede conseguir y consigue que no nos perdamos esos miles de millones de cosas, es más, puede conseguir y consigue que las disfrutemos más y mejor. Sin embargo, hay quien huye de esas conversaciones consigo mismo, quizá por pereza o por miedo a lo que se pueda encontrar, porque creo que todos, en algún momento, llegamos a ser conscientes de que necesitamos hablarnos y escucharnos. Postesgarnos a nosotros mismos de esta manera no suele llevar a nadie a ningún lugar que merezca la pena. Y es que hay quien tiene la costumbre de ir dejando de lado sentimientos y pensamientos que no se atreve a tener y pasa por ellos como de puntillas, y si se le vienen a la cabeza o al corazón, rápidamente busca algo distinto en lo que pensar o algo distinto que sentir, intentando por todos los medios que ese algo sea lo más superficial posible. Y no... 

Siempre he pensado que debemos dejarnos tiempo a nosotros y a nuestros sentimientos, más aún en los momentos importantes. Me explico: casi del mismo modo que cuando algo bueno nos ocurre queremos aprovechar ese sentimiento de felicidad al máximo, deberíamos hacer con los sentimientos negativos. Todo tiene su proceso y no podemos pretender saltarnos los pasos porque están ahí y antes o después debemos llegar a ellos. El duelo por cualquier pérdida es necesario y, aunque es cierto que en esos momentos es bueno sentirse apoyado por la gente y tomar esa ayuda que nos ofrecen, también considero que es bueno pensar qué es lo que sacamos de esa pérdida porque, como dice Albert Espinosa, de toda pérdida también se obtiene una ganancia. Y para saber cuál es la nuestra, no queda más remedio que dedicarnos ese tiempo a nosotros y no valernos del apoyo que los demás nos ofrecen para evitar el preguntarnos a nosotros mismos cómo nos sentimos y respondernos sinceramente. Cuando estas conversaciones no se tienen, ocurre que vamos olvidándonos de vivir como realmente nos gustaría, nos vamos perdiendo aún más sin saberlo (e incluso perdemos a personas) y vamos tomando decisiones que, cuando pasa un tiempo, descubrimos que no fueron las acertadas. Pretendemos, en algunos casos, relacionarnos con los demás vendiéndoles un "falso yo" que vive el momento gritando "carpe diem" porque dice no pensar (una falta de respeto al carpe diem, que ni de lejos implica la falta de pensamiento) y lazos que por un extremo se atan y por otro se van deshilachando. Al final todo se convierte en aire y esas personas que vamos conociendo cada vez nos conocen menos y se encuentran mas perdidas a nuestro lado, porque está más que demostrado que para estar bien con los demás, primero hay que estar bien con uno mismo y para eso, se necesita valor para mirar dentro, porque no siempre las respuestas vienen dadas con el tiempo o no siempre lo hacen a tiempo. Y es que el tiempo y las experiencias vividas ayudan a crecer, pero sólo si los dejamos que de verdad se cuelen en nosotros y les (nos) preguntamos por lo que nos quieren ofrecer. 



Así que de nada sirve que confiemos en que el tiempo nos enseñará el camino si no estamos dispuestos a preguntarle (preguntarnos) por dónde se va y a dónde se llega... 

sábado, 9 de agosto de 2014

Te prohíbo la entrada

No entres. No entres porque no te va a gustar lo que vas a ver. Es más, te prohíbo que pases por aquí, aunque lo hagas por despiste. Vete. Fuera. Da un paso atrás, o veinte. No entres porque sé que no quieres saber nada de lo que podría contarte. No lo hagas si no quieres saberlo. Si no quieres saber que cada una de las terminaciones nerviosas de mi piel llegaba a su máximo cuando me rozabas. Si no quieres saber que me dormía y me despertaba pensando en ti. Si no quieres saber que aún continúo haciéndolo. O que tu nombre ha sido mi preferido desde que era pequeña. Que adoraba tu risa y tu manera de hablar y que tu mirada me dejaba en blanco la mente. Vete, no vaya a ser que, por llegar hasta aquí, te enteres de que te echo de menos. O de que aún recuerdo que, al igual que las estrellas de nuestras constelaciones, tres lunares en tu nuca forman un triángulo rectángulo. Y créeme, que para echarte de aquí, soy capaz de hacerte cosquillas, así seguro huirás; yo te dejaría que me matases con ellas, hasta que me doliese la tripa de tanto reír y tuviese los ojos anegados en lágrimas. No vengas, que si vienes puede que al fin sepas todo lo que callé, todo lo que nunca quise decirte. Largo, que este no es lugar para ti. Que no deberías saber nunca que tu cuello era mi parte favorita de tu cuerpo y podría vivir en él sin necesidad de nada más. Que tu pecho era el refugio perfecto para un día de lluvia. Que tus abrazos eran un mundo del que no quería salir. Fuera, no vaya a ser que algo de lo que leas te resulte familiar, que te reconozcas en alguna palabra o que algún recuerdo acuda a tu mente, que si un día me preguntas, lo negaré todo. Negaré que te quise. Que te quise de alguna forma distinta a cualquier otra en que haya querido a alguien. Lo negaré todo.  

Pero si entras, si te saltas las barreras y los controles de seguridad, si haces caso omiso a los carteles de peligro, quédate... porque se me olvidó medir la cicatriz que tienes cerca de la cintura y contar los lunares de tu espalda. 

martes, 5 de agosto de 2014

Amistad verdadera

Una búsqueda en el diccionario de la Real Academia Española de términos, digamos, abstractos, me llevó no hace mucho a la siguiente definición de la amistad. Rezaba así: Amistad: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. 

No esperaba encontrarme con una definición tan clara. Esperaba algo menos concreto, ya se sabe que todo lo relacionado con los sentimientos y las relaciones personales tiene un cierto halo de subjetividad, pero parece no ser el caso. Y me llama la atención la última parte: "se fortalece con el trato".  

Y es que con el paso del tiempo, con las experiencias vividas y con los sentimientos que se generan en uno mismo, llega un día en que toca reflexionar sobre la amistad. Toca reflexionar sobre a quiénes consideras verdaderamente tus AMIGOS (así, con mayúsculas), quiénes son tus conocidos y quiénes, simplemente, estuvieron de paso en tu vida de una forma u otra. Y aquí llega la parte difícil (o no).

Vas encontrándote con los últimos, con aquellos que un día consideraste amigos pero que desaparecieron de esa paleta, al menos de la actual. Compartiste risas, lágrimas, horas de charlas... sabían de tu vida en aquel entonces aquello que otros ni se imaginaban y tú de la suya, también. Sin embargo, un buen día, desaparecieron. La realidad es que no lo hicieron de golpe (al menos no la mayoría, aunque algunos hay que sí), fue poco a poco, ya se sabe: las situaciones cambian, la vida nos lleva por caminos distintos, vamos conociendo a otras personas o quizá algo se fue dañando y aunque se quiso arreglar, quizá ya era tarde.

Y reconocidos ya los amigos del pasado, posamos nuestra mirada en los del presente. Y entonces llegan las sorpresas, porque debemos distinguir entre quiénes son nuestros verdaderos amigos y quiénes son simples conocidos y, nos damos cuenta de que, en ocasiones, amistad no significa tiempo. Nos damos cuenta (posiblemente) de que estamos rodeados de gente a la que llamamos amigos porque llevamos años haciéndolo y que, en su día, el nombre quizá fue apropiado, pero hoy por hoy, la cosa no está clara. Puede ser que hayamos madurado por caminos distintos o que nuestras inquietudes ya no sean las mismas y es por eso que, más veces de las que uno quisiera, siente que ya no hay nada que compartir más que recuerdos y que de recuerdos no se vive, que nuestros intercambios de opiniones se convierten en una especie de lucha por ver quién convence a quién, quizá por el hecho de que antes siempre estábamos de acuerdo y ahora no, que esa persona ya no te conoce cómo lo hacía antes y tienes que explicarle una y mil veces lo que sientes para que, al final, sigas quedándote con la sensación de que no entiende nada, que una tarde con esa persona hace que llegues a casa con una sensación de vacío que no sabes bien como llenar y que acabes sintiéndote mal contigo mismo por sentirte así y te das cuenta de que, en realidad, hasta el más mínimo detalle, puede hacer que todo reviente de un momento a otro. Y quizá, siempre fuisteis distintos, así de distintos, pero es ahora cuando te has dado de bruces con la realidad. 

Así, caes en la cuenta de que hay personas con las que sigues manteniendo una cierta relación pero que, en realidad, en los momentos duros, en los momentos difíciles y, casi en cualquier momento, incluidos también los buenos, hace tiempo que no están, y ni siquiera comparten los suyos contigo, porque hace tiempo que ni siquiera preguntan "¿cómo estás?", "¿cómo te va?" ni te dicen "a mí me va bien" o " a mí me va mal" y, lo más curioso es que caes en que ni has echado de menos esas palabras, ni has sentido necesidad de ser tú quien las diga, y que, cuando de repente algunas personas aparecen en tu vida otra vez, después de un parón de este tipo más largo de lo deseable, todo está dañado e, incluso, confirmas (en algún caso) que los cimientos de esa estructura nunca fueron realmente fuertes, porque como dice la RAE, esos cimientos se fortalecen con el trato, entendiendo por trato el estar ahí de verdad y no el simple hecho de mantener continuas conversaciones en las que no se involucra nada de uno mismo, y si no lo hay, nadie puede esperar que otra persona esté esperando por él o ella. ¿Y ahora qué?. 

Pues que en la lista ya sólo quedan los AMIGOS. Son esos amigos con los que compartes las cosas buenas y las malas, esos que están ahí y lo demuestran, esos con los que eres tú mismo, el tú mismo que eres ahora y no te da miedo ser así, esos a los que no tienes que ocultarles nada porque te van a aceptar tal y como eres y esos que no piden nada a cambio y, sin embargo, tú se lo darías todo. Es a esos a los que llamas como un loco cuando algo bueno te pasa, porque es con ellos con quien quieres compartirlo, y le cuentas cuando algo va mal porque sólo con contárselo, ya te sientes mejor, aunque sólo se queden callados y escuchen, esos que están pendientes de cualquier hecho importante que haya ocurrido o que vaya a ocurrir en tu vida. Y son esos los que no van a decirte lo que quieres escuchar, sino lo que debes escuchar. Los que, en ningún momento, van a sentir envidia cuando algo te salga bien ni tendrán una pizca de alegría cuando las cosas te vayan mal. La sorpresa es que entre esos hay amigos a los que conociste hace muchísimo tiempo y otros que conociste no hace tanto y que, después de todo lo vivido, con tanta gente, casi (o sin casi) te sobran los dedos de una mano para contarlos, pero no los cambiarías ni por todo el oro del mundo. Y hasta te llegas a plantear si, de verdad, tú estás a la altura de esa amistad que te ofrecen, porque hasta te da miedo fallarles y perderlos, porque no quieres imaginarte la vida sin ellos, los tengas cerca o a miles de kilómetros. 


viernes, 1 de agosto de 2014

Nuria

Ayer volví a ver a Nuria... ¿la recuerdas? La conocimos un 28 de julio, en una playa. El agua estaba helada y no invitaba nada al baño; aun así, tú y yo nos metimos. Era nuestro primer día de playa juntos. Antes hubo otros días, pero sin mar, por eso aquel era especial. No teníamos mucho tiempo, así que hicimos muchas cosas en unas pocas horas, quizá cinco, no mucho más. Pero todo esto es secundario. Estábamos tumbados en la arena, hablando entre nosotros, cuando apareció. Desde ese momento, dejamos de ser dos para ser tres. 

La vi un poco cambiada, no sabría explicarlo, no tenía aquella luz que acostumbraba a tener en la mirada, como si una parte de ella se hubiese borrado y ya no fuese la misma. Y supongo que, en parte, así es. De hecho, creo que los tres hemos cambiado desde entonces y ninguna de nuestras miradas sería igual si volviésemos a coincidir. Me estuvo contando que dejó aquello del espionaje, no le quedó otra salida: tenía prohibido involucrarse en ninguna de sus misiones y... está claro que en la tuya se involucró. Lo peor (o lo mejor) fue que no descubrió nada raro, nada fuera de lo normal o nada que no supiera sin necesidad de jugar a los espías. El caso es que lo dejó, presentó su carta de dimisión ante sus superiores y parece ser que estos no tuvieron ningún problema con dejarla marchar. Al parecer, empezaron a molestar aquellas solicitudes constantes para entrar a formar parte del equipo de teletransporte y, ahora que sé eso, me queda la tranquilidad de que, al menos, ella sí que luchó por que siguiésemos siendo tres, tanto que perdió su puesto. Es de agradecer. Ya ves, una lástima, justo cuando empezaba a perfeccionar aquello de colarse en los sueños... Sabiendo todo esto, ya entiendo por qué las últimas semanas ya no la veíamos. Ahora está un poco perdida, como todos, como yo. 

Me preguntó por ti... no supe qué contestarle. Sólo le dije que quizá estarías en la playa, no en aquella, porque tú nunca ibas allí. A lo mejor en aquella otra, de ese pueblecito pequeño, no sé, no la vi, sólo sé que solías ir allí y... si estabas solo, era posible que te encontrase. Estoy segura de que sabría llegar, y yo también. No sé si aparecerá algún día por aquel lugar. Me dijo que, si alguna vez volvíamos a coincidir, te diese un beso de su parte. Le prometí que te lo daría, antes o después, pero lo haría. 

No me gusta no cumplir promesas... menos aún si se trata de ella. O de mí. O de ti. 

viernes, 25 de julio de 2014

Hasta a los cobardes les gusta leer

Parece que hablar del miedo al amor, del miedo a enamorarse o del miedo a los sentimientos está de moda (o quizá sea yo, que soy un imán para los post referidos a eso y voy identificando frases con realidades propias y ajenas) y dado que esto lleva en mi cabeza varios meses, ahí va mi reflexión:

Por un ratito, sólo por un ratito, hasta me gustaría estar en la cabeza de aquellos que se escudan en el "quiero divertirme" o el "no quiero pensar" y a la misma vez van involucrando a alguien en su vida. ¿En serio creen que esas actitudes les hacen bien? Y es que yo no acabo de entender cómo hay personas capaces de tener la sangre fría (aunque es posible que sólo se trate de inmadurez, en cuyo caso igual tiene solución) de no pensar que, quizá, esa actitud les puede hacer ir perdiendo a personas importantes en el camino, no digo ya como pareja, sino simplemente como personas para las que ellas sí que son importantes, porque ¿qué hay más importante que las personas a las que vamos conociendo?, cuando esta vida acabe, seguiremos vivos gracias a ellas, serán quienes nos recuerden y, la verdad, no me gustaría ser la responsable de que me recordasen como alguien que no supo valorarlas lo suficiente. 

Lo más curioso es que, a veces, ese miedo (porque no sé catalogarlo de otra forma) hace que esas personas que no quieren pensar se laven las manos y dejen la responsabilidad total en el otro (que en muchos casos se encuentra ahí sin buscarlo siquiera). En el mejor de los casos, el otro tiene una cabeza mínimamente bien amueblada, siente ese respeto que todos deberíamos sentir hacia nosotros mismos y es capaz de tomar decisiones coherentes y decir: "hasta aquí", pero eso no garantiza que no vaya a sufrir después de pronunciar esas palabras. En el peor, ninguno de los dos hablará y quién sabe qué ocurrirá: puede que los miedos de uno desaparezcan o puede que los miedos del otro salgan a la luz para el futuro. 

Y es que la situación es bastante simple: si no quieres un libro, ¿para qué lo compras?. Y la respuesta también es sencilla: porque nos gusta leer. Porque nos gusta pensar que al menos somos capaces de leer y que nos lean. Porque necesitamos sentir que somos el libro de alguien. Pero hoy en día parece ser que hay gente que no está dispuesta a soportar el peso de ese libro en sus manos y, mucho menos, a pasar una página y correr el riesgo de cortarse con el filo. Quizá es que ya se cortaron con otros filos de otras páginas de otros libros y están tan obcecados en no dejar que esa herida deje de sangrar, que se les olvida pensar que todos tenemos cortes, algunos profundos, y por ello no todos dejamos de querer leer. Porque es verdad, los cortes duelen, pero con el libro se disfruta. Y no le encuentro el sentido a dejar el libro en un rincón o dejarlo a medias cuando la verdad es que nos está gustando y nos está empezando a enganchar. Nadie en su sano juicio y con el nivel de madurez suficiente deja un libro que le está gustando a medias y se queda sin saber el final. Nadie salvo quien es cobarde para enfrentarse a sus miedos. ¿En serio no queremos querer y que nos quieran? ¿o sólo somos demasiado cobardes para querer y dejarnos querer, demasiado cobardes para admitir que tenemos miedo y mostrarnos vulnerables frente a quien nos abre su corazón?

Y lo bonito que sería si en lugar de contar con cuantas personas nos hemos ido a la cama, contásemos a cuantas hemos enamorado o hecho felices, independientemente de que saliese bien o no, eso nadie lo sabe a priori y para eso es para lo que hay que ser valientes, para querer conocer a la otra persona, para saber de verdad quién es, qué te aporta y qué eres capaz de aportarle. Lo bonito que sería dejarse llevar de verdad, porque establecer la barrera del "no compromiso" no es dejarse llevar, por mucho que quieran hacernos creer lo contrario. Aunque del compromiso, ya hablaré en otro momento.

Optimista por naturaleza, quiero pensar que aún estamos a tiempo de cambiar esto, a tiempo de modificar esos pasados que todavía tienen arreglo y cambiar esos futuros que están por suceder. Ojalá...

domingo, 20 de julio de 2014

GRACIAS

La primera entrada de esta nueva etapa después de este año o curso o estos últimos 9 o 10 meses (no sé bien qué definición es la que encaja) no podía dejar de ser para vosotros y vosotras, siendo vosotros y vosotras (la educación no sexista que tan presente y con la que tanto cuidado he tenido últimamente me está trastocando la redacción, así que daos todos y todas por incluidos e incluidas de aquí en adelante que, de momento, puedo saltarme este formalismo fuera del ámbito educacional) parte de los que sé que leerán esto con ganas, de los que lo leerán con menos ganas, de los que no lo leerán ni por asomo y, por supuesto, de aquellos que ni siquiera sabrán que esto anda escrito por algún lugar, incluso siendo parte más que importante de este periodo de mi vida que va acabando (o comenzando, todo depende de cómo se mire y los comienzos siempre me gustaron más), pero a los que ya, desde hace una semana, he ido agradeciendo uno por uno y personalmente todo el apoyo y el ánimo que me han infundido a cada rato y en cada momento, desde el principio hasta el mismo final. Así que ¡allá vamos! 

Ha sido duro, sí, pero ha merecido la pena. Las 40-45 horas semanales de estudio (que se convirtieron en 50-55 durante los dos últimos meses) han dado su fruto y ha sido mucho mejor de lo esperado (no mejor de lo deseable y nótese que digo "deseable" y no "deseado", que dadas las circunstancias, el deseo lo tengo más a largo plazo, por aquello de no darme un batacazo así a lo tonto y previsiblemente, aunque hubiese sido muy bienvenido de todos modos, seamos realistas... quizá para la siguiente vez sí sea "deseado", barajo la opción en este momento). Durante todo este tiempo me he cansado muchas veces, pero reponía fuerzas pronto; ha habido días flojos, pero al siguiente ya tenía las pilas cargadas; me ha dolido el culo la espalda, pero poco porque ya me encargué de renovar mi silla de estudio al principio; he gastado más bolígrafos que nunca en la vida, pero tenía grandes existencias que no me abandonaban nunca; he acabado con todos los folios a sucio que tenía guardados desde no se sabe cuándo; mis neuronas han ido desfalleciendo poco a poco y no sé si habrá habido algún fallecimiento de alguna de ellas que lamentar, desde el día 4 no hablamos, por mi bien y el suyo, así que no tengo muchas noticias a ese respecto, pero algo (estas últimas frases, por ejemplo) me hace sospechar que alguna muerte no deseada ha debido producirse... 

Y no ha habido ni una sola lágrima, ni un solo día de desánimo, de desánimo real y serio, me refiero, y es que los dos años que pasaron desde que me embarqué en un barco parecido a este que acabó naufragando en un mes de abril, hasta que subí a bordo del actual, hicieron y han hecho que cada vez esté más segura de cual es mi vocación y que como dije hace unos días, a pesar de las zancadillas, el esfuerzo, el espíritu de docente y el disfrutar con lo que hago y lo que quiero hacer en mi vida tendrá sus frutos antes o después sin ninguna duda (aunque cuando lleve unos años vaya dándome "calamonazos" por las esquinas de cualquier centro educativo porque mis ilusiones de hoy no tienen nada que ver con la realidad del mañana, que pasará, pero eso es harina de otro costal y ya se solucionará cuando llegue el momento). Esto ha sido lo mejor de todo, lo que ha hecho que todas las mañanas me levantase cuando sonaba el despertador y, con los ojos pegados aún, me sentase delante de mis folios y los devorase como si no hubiese un mañana, que diese de mí todo y más (y hago hincapié en el "más", porque a día de hoy aún me noto el agotamiento físico y psicológico), que fuese por casa nombrando los distintos apartados de los temas, "sacando bolas", resolviendo problemas y nombrando leyes, objetivos, contenidos, metodologías, criterios de evaluación y un discurso con el que acabé disfrutando (increíble, pero cierto) el día en cuestión. 

Y todo esto ha sido posible, en gran medida, gracias a vosotros. Por esas veces en que sonaba el teléfono "sólo para darte ánimo", por esas visitas esperadas o inesperadas en casa porque a mí no se me veía el pelo fuera de ella, por los mensajes y los "¿cómo vas?", por los "tú puedes", por los "confío en ti", por los "todos luchan por 54 plazas porque la que falta es tuya ya", por las sonrisas, por los abrazos, por los besos, por la paciencia, por las tardes de estudio juntos, en casa o en la "academia"... en definitiva, por el apoyo de todos aquellos que no nombro (porque me olvidaría de alguien, fijo) pero que ellos saben quienes son. Es lo que tienen procesos de este tipo y situaciones así, que hacen que uno se dé cuenta de quién está ahí de verdad, de quién quieres que siga ahí y esté y de cuales son tus relaciones superficiales, porque todos tenemos algunas. No puedo decir que haya habido desilusiones reales en este aspecto, porque la verdad es que todos aquellos que no han estado ahí tampoco han sido esperados, aunque a veces haya pensando en ellos. Momentos así, hacen que uno reflexione sobre muchas cosas, aunque las vaya dejando en un cajón a la espera de tener un pensamiento relativamente lúcido. 

En fin... que a todos vosotros, los que habéis estado desde el principio hasta el final, a aquellos que os sabíais las fechas de cada uno de los momentos importantes y que estabais esperando un mensaje o una llamada con un cartelito en los ojos que decía "sabía que lo conseguirías": GRACIAS. Quedaos cerca porque es donde yo quiero teneros y no quiero que os vayáis. Yo os prometo quedarme.