martes, 5 de agosto de 2014

Amistad verdadera

Una búsqueda en el diccionario de la Real Academia Española de términos, digamos, abstractos, me llevó no hace mucho a la siguiente definición de la amistad. Rezaba así: Amistad: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. 

No esperaba encontrarme con una definición tan clara. Esperaba algo menos concreto, ya se sabe que todo lo relacionado con los sentimientos y las relaciones personales tiene un cierto halo de subjetividad, pero parece no ser el caso. Y me llama la atención la última parte: "se fortalece con el trato".  

Y es que con el paso del tiempo, con las experiencias vividas y con los sentimientos que se generan en uno mismo, llega un día en que toca reflexionar sobre la amistad. Toca reflexionar sobre a quiénes consideras verdaderamente tus AMIGOS (así, con mayúsculas), quiénes son tus conocidos y quiénes, simplemente, estuvieron de paso en tu vida de una forma u otra. Y aquí llega la parte difícil (o no).

Vas encontrándote con los últimos, con aquellos que un día consideraste amigos pero que desaparecieron de esa paleta, al menos de la actual. Compartiste risas, lágrimas, horas de charlas... sabían de tu vida en aquel entonces aquello que otros ni se imaginaban y tú de la suya, también. Sin embargo, un buen día, desaparecieron. La realidad es que no lo hicieron de golpe (al menos no la mayoría, aunque algunos hay que sí), fue poco a poco, ya se sabe: las situaciones cambian, la vida nos lleva por caminos distintos, vamos conociendo a otras personas o quizá algo se fue dañando y aunque se quiso arreglar, quizá ya era tarde.

Y reconocidos ya los amigos del pasado, posamos nuestra mirada en los del presente. Y entonces llegan las sorpresas, porque debemos distinguir entre quiénes son nuestros verdaderos amigos y quiénes son simples conocidos y, nos damos cuenta de que, en ocasiones, amistad no significa tiempo. Nos damos cuenta (posiblemente) de que estamos rodeados de gente a la que llamamos amigos porque llevamos años haciéndolo y que, en su día, el nombre quizá fue apropiado, pero hoy por hoy, la cosa no está clara. Puede ser que hayamos madurado por caminos distintos o que nuestras inquietudes ya no sean las mismas y es por eso que, más veces de las que uno quisiera, siente que ya no hay nada que compartir más que recuerdos y que de recuerdos no se vive, que nuestros intercambios de opiniones se convierten en una especie de lucha por ver quién convence a quién, quizá por el hecho de que antes siempre estábamos de acuerdo y ahora no, que esa persona ya no te conoce cómo lo hacía antes y tienes que explicarle una y mil veces lo que sientes para que, al final, sigas quedándote con la sensación de que no entiende nada, que una tarde con esa persona hace que llegues a casa con una sensación de vacío que no sabes bien como llenar y que acabes sintiéndote mal contigo mismo por sentirte así y te das cuenta de que, en realidad, hasta el más mínimo detalle, puede hacer que todo reviente de un momento a otro. Y quizá, siempre fuisteis distintos, así de distintos, pero es ahora cuando te has dado de bruces con la realidad. 

Así, caes en la cuenta de que hay personas con las que sigues manteniendo una cierta relación pero que, en realidad, en los momentos duros, en los momentos difíciles y, casi en cualquier momento, incluidos también los buenos, hace tiempo que no están, y ni siquiera comparten los suyos contigo, porque hace tiempo que ni siquiera preguntan "¿cómo estás?", "¿cómo te va?" ni te dicen "a mí me va bien" o " a mí me va mal" y, lo más curioso es que caes en que ni has echado de menos esas palabras, ni has sentido necesidad de ser tú quien las diga, y que, cuando de repente algunas personas aparecen en tu vida otra vez, después de un parón de este tipo más largo de lo deseable, todo está dañado e, incluso, confirmas (en algún caso) que los cimientos de esa estructura nunca fueron realmente fuertes, porque como dice la RAE, esos cimientos se fortalecen con el trato, entendiendo por trato el estar ahí de verdad y no el simple hecho de mantener continuas conversaciones en las que no se involucra nada de uno mismo, y si no lo hay, nadie puede esperar que otra persona esté esperando por él o ella. ¿Y ahora qué?. 

Pues que en la lista ya sólo quedan los AMIGOS. Son esos amigos con los que compartes las cosas buenas y las malas, esos que están ahí y lo demuestran, esos con los que eres tú mismo, el tú mismo que eres ahora y no te da miedo ser así, esos a los que no tienes que ocultarles nada porque te van a aceptar tal y como eres y esos que no piden nada a cambio y, sin embargo, tú se lo darías todo. Es a esos a los que llamas como un loco cuando algo bueno te pasa, porque es con ellos con quien quieres compartirlo, y le cuentas cuando algo va mal porque sólo con contárselo, ya te sientes mejor, aunque sólo se queden callados y escuchen, esos que están pendientes de cualquier hecho importante que haya ocurrido o que vaya a ocurrir en tu vida. Y son esos los que no van a decirte lo que quieres escuchar, sino lo que debes escuchar. Los que, en ningún momento, van a sentir envidia cuando algo te salga bien ni tendrán una pizca de alegría cuando las cosas te vayan mal. La sorpresa es que entre esos hay amigos a los que conociste hace muchísimo tiempo y otros que conociste no hace tanto y que, después de todo lo vivido, con tanta gente, casi (o sin casi) te sobran los dedos de una mano para contarlos, pero no los cambiarías ni por todo el oro del mundo. Y hasta te llegas a plantear si, de verdad, tú estás a la altura de esa amistad que te ofrecen, porque hasta te da miedo fallarles y perderlos, porque no quieres imaginarte la vida sin ellos, los tengas cerca o a miles de kilómetros. 


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