lunes, 25 de agosto de 2014

Este verano es mentira

Que sí, que este verano es mentira. Porque estamos ya en la segunda quincena de agosto y yo todavía sigo esperándolo cuando lo cierto es que ya está acabando. Será porque no he pillado ningún día de playa bueno y se me quitaban las ganas de ir cuando salía a la calle y notaba el frío que hacía (¡a mí!). Porque no he comido suficientes helados y esos de chocolate que desde siempre hace mi madre este año no han aparecido por el congelador. Porque no he montado mi "charquilla" (total, el agua estaría helada) y ni siquiera la he echado de menos. Porque no he pisado una piscina y tampoco he pensado en ellas, de hecho, me da un escalofrío pensar en tanta agua junta. Porque las noches de patio y estrellas han sido frías, tanto, que algunas han acabado siendo de sofá y "cierra la puerta". Porque ayer me di cuenta, de repente, de que Vega había pasado por encima de mi cabeza mucho antes de que le tocase según mis cálculos y luego comprobé que, dadas las fechas, mis cálculos eran erróneos, prueba más que evidente de que este verano me tiene perdida y sin saber en qué día estoy. Porque no he visto ni una sola estrella fugaz (y por tanto, no he pedido ningún deseo). Porque no he tenido una canción que vaya a marcar este verano. Porque todos los veranos comienzan con la seguridad de saber que algo bueno traerán, que las historias y los momentos bonitos siempre pasan en esos meses, que la ilusión es algo que parece venir de las manos de julio y agosto... y julio y agosto ya han llegado y casi se han ido y aquí no ha pasado nada y noto como que me falta algo... (y como que me sobran las "y's")

Sin embargo, yo tengo la sensación de que lo mejor aún no ha llegado, que hay un as escondido en la manga de alguno de los meses que quedan por venir y que el verano, entonces, llegará. Y yo lo recibiré con los brazos abiertos y una sonrisa en la cara, porque aunque llegue con retraso y con nombre de otoño, no llegará tarde si está dispuesto a quedarse. Y es que quizá sea cierto eso que dicen de que el verano sólo es un estado de ánimo...     


domingo, 17 de agosto de 2014

De la importancia de darse tiempo a uno mismo

Esto de haber estado sin escribir tanto tiempo hace que se me acumulen las reflexiones. Mi cuaderno de notas está lleno de frases que se me iban viniendo a la cabeza en los últimos meses de mi "encarcelamiento" y que pedían a gritos un texto que pudiese darles voz a todo lo que esas tres, cuatro o cinco palabras tenían guardado y hay que darles salida. Primero, porque si ellas se tomaron la molestia de acudir a mi mente aun sabiendo que, con suerte, iban a acabar guardadas en un cajón y, sin ella, olvidadas, yo no puedo hacer menos que darles lo que vinieron a buscar: formar parte de algo mayor. Y segundo, porque me encanta coger mi rotulador verde (el primero que encontré cuando metí la mano en "la caja de los rotuladores") y tachar la idea que ya he utilizado y exprimido todo lo que en ese momento he sido capaz. Esta vez le toca al tiempo (idea recurrente donde las haya), pero no a un tiempo cualquiera, sino al nuestro, al que nos damos o no a nosotros mismos.

Cada día que pasa estoy más convencida de la necesidad y la importancia de dedicarnos tiempo a nosotros mismos. Vivimos en una sociedad en que la soledad no está del todo bien vista (aunque tengo la sensación, o quiero tenerla, de que eso va cambiando poco a poco) y pararse a pensar más allá de la superficialidad del sabor del helado que nos vamos a comer significa perder el tiempo y perderse miles de millones de cosas que podrían estar ocurriendo(nos). Y lo que ocurre dentro de nosotros, ¿qué?. 

Reservar un ratito al día o a la semana o, incluso, al mes a mirar dentro de nosotros y hacernos algunas preguntas con la firme intención de buscar respuestas puede conseguir y consigue que no nos perdamos esos miles de millones de cosas, es más, puede conseguir y consigue que las disfrutemos más y mejor. Sin embargo, hay quien huye de esas conversaciones consigo mismo, quizá por pereza o por miedo a lo que se pueda encontrar, porque creo que todos, en algún momento, llegamos a ser conscientes de que necesitamos hablarnos y escucharnos. Postesgarnos a nosotros mismos de esta manera no suele llevar a nadie a ningún lugar que merezca la pena. Y es que hay quien tiene la costumbre de ir dejando de lado sentimientos y pensamientos que no se atreve a tener y pasa por ellos como de puntillas, y si se le vienen a la cabeza o al corazón, rápidamente busca algo distinto en lo que pensar o algo distinto que sentir, intentando por todos los medios que ese algo sea lo más superficial posible. Y no... 

Siempre he pensado que debemos dejarnos tiempo a nosotros y a nuestros sentimientos, más aún en los momentos importantes. Me explico: casi del mismo modo que cuando algo bueno nos ocurre queremos aprovechar ese sentimiento de felicidad al máximo, deberíamos hacer con los sentimientos negativos. Todo tiene su proceso y no podemos pretender saltarnos los pasos porque están ahí y antes o después debemos llegar a ellos. El duelo por cualquier pérdida es necesario y, aunque es cierto que en esos momentos es bueno sentirse apoyado por la gente y tomar esa ayuda que nos ofrecen, también considero que es bueno pensar qué es lo que sacamos de esa pérdida porque, como dice Albert Espinosa, de toda pérdida también se obtiene una ganancia. Y para saber cuál es la nuestra, no queda más remedio que dedicarnos ese tiempo a nosotros y no valernos del apoyo que los demás nos ofrecen para evitar el preguntarnos a nosotros mismos cómo nos sentimos y respondernos sinceramente. Cuando estas conversaciones no se tienen, ocurre que vamos olvidándonos de vivir como realmente nos gustaría, nos vamos perdiendo aún más sin saberlo (e incluso perdemos a personas) y vamos tomando decisiones que, cuando pasa un tiempo, descubrimos que no fueron las acertadas. Pretendemos, en algunos casos, relacionarnos con los demás vendiéndoles un "falso yo" que vive el momento gritando "carpe diem" porque dice no pensar (una falta de respeto al carpe diem, que ni de lejos implica la falta de pensamiento) y lazos que por un extremo se atan y por otro se van deshilachando. Al final todo se convierte en aire y esas personas que vamos conociendo cada vez nos conocen menos y se encuentran mas perdidas a nuestro lado, porque está más que demostrado que para estar bien con los demás, primero hay que estar bien con uno mismo y para eso, se necesita valor para mirar dentro, porque no siempre las respuestas vienen dadas con el tiempo o no siempre lo hacen a tiempo. Y es que el tiempo y las experiencias vividas ayudan a crecer, pero sólo si los dejamos que de verdad se cuelen en nosotros y les (nos) preguntamos por lo que nos quieren ofrecer. 



Así que de nada sirve que confiemos en que el tiempo nos enseñará el camino si no estamos dispuestos a preguntarle (preguntarnos) por dónde se va y a dónde se llega... 

sábado, 9 de agosto de 2014

Te prohíbo la entrada

No entres. No entres porque no te va a gustar lo que vas a ver. Es más, te prohíbo que pases por aquí, aunque lo hagas por despiste. Vete. Fuera. Da un paso atrás, o veinte. No entres porque sé que no quieres saber nada de lo que podría contarte. No lo hagas si no quieres saberlo. Si no quieres saber que cada una de las terminaciones nerviosas de mi piel llegaba a su máximo cuando me rozabas. Si no quieres saber que me dormía y me despertaba pensando en ti. Si no quieres saber que aún continúo haciéndolo. O que tu nombre ha sido mi preferido desde que era pequeña. Que adoraba tu risa y tu manera de hablar y que tu mirada me dejaba en blanco la mente. Vete, no vaya a ser que, por llegar hasta aquí, te enteres de que te echo de menos. O de que aún recuerdo que, al igual que las estrellas de nuestras constelaciones, tres lunares en tu nuca forman un triángulo rectángulo. Y créeme, que para echarte de aquí, soy capaz de hacerte cosquillas, así seguro huirás; yo te dejaría que me matases con ellas, hasta que me doliese la tripa de tanto reír y tuviese los ojos anegados en lágrimas. No vengas, que si vienes puede que al fin sepas todo lo que callé, todo lo que nunca quise decirte. Largo, que este no es lugar para ti. Que no deberías saber nunca que tu cuello era mi parte favorita de tu cuerpo y podría vivir en él sin necesidad de nada más. Que tu pecho era el refugio perfecto para un día de lluvia. Que tus abrazos eran un mundo del que no quería salir. Fuera, no vaya a ser que algo de lo que leas te resulte familiar, que te reconozcas en alguna palabra o que algún recuerdo acuda a tu mente, que si un día me preguntas, lo negaré todo. Negaré que te quise. Que te quise de alguna forma distinta a cualquier otra en que haya querido a alguien. Lo negaré todo.  

Pero si entras, si te saltas las barreras y los controles de seguridad, si haces caso omiso a los carteles de peligro, quédate... porque se me olvidó medir la cicatriz que tienes cerca de la cintura y contar los lunares de tu espalda. 

martes, 5 de agosto de 2014

Amistad verdadera

Una búsqueda en el diccionario de la Real Academia Española de términos, digamos, abstractos, me llevó no hace mucho a la siguiente definición de la amistad. Rezaba así: Amistad: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. 

No esperaba encontrarme con una definición tan clara. Esperaba algo menos concreto, ya se sabe que todo lo relacionado con los sentimientos y las relaciones personales tiene un cierto halo de subjetividad, pero parece no ser el caso. Y me llama la atención la última parte: "se fortalece con el trato".  

Y es que con el paso del tiempo, con las experiencias vividas y con los sentimientos que se generan en uno mismo, llega un día en que toca reflexionar sobre la amistad. Toca reflexionar sobre a quiénes consideras verdaderamente tus AMIGOS (así, con mayúsculas), quiénes son tus conocidos y quiénes, simplemente, estuvieron de paso en tu vida de una forma u otra. Y aquí llega la parte difícil (o no).

Vas encontrándote con los últimos, con aquellos que un día consideraste amigos pero que desaparecieron de esa paleta, al menos de la actual. Compartiste risas, lágrimas, horas de charlas... sabían de tu vida en aquel entonces aquello que otros ni se imaginaban y tú de la suya, también. Sin embargo, un buen día, desaparecieron. La realidad es que no lo hicieron de golpe (al menos no la mayoría, aunque algunos hay que sí), fue poco a poco, ya se sabe: las situaciones cambian, la vida nos lleva por caminos distintos, vamos conociendo a otras personas o quizá algo se fue dañando y aunque se quiso arreglar, quizá ya era tarde.

Y reconocidos ya los amigos del pasado, posamos nuestra mirada en los del presente. Y entonces llegan las sorpresas, porque debemos distinguir entre quiénes son nuestros verdaderos amigos y quiénes son simples conocidos y, nos damos cuenta de que, en ocasiones, amistad no significa tiempo. Nos damos cuenta (posiblemente) de que estamos rodeados de gente a la que llamamos amigos porque llevamos años haciéndolo y que, en su día, el nombre quizá fue apropiado, pero hoy por hoy, la cosa no está clara. Puede ser que hayamos madurado por caminos distintos o que nuestras inquietudes ya no sean las mismas y es por eso que, más veces de las que uno quisiera, siente que ya no hay nada que compartir más que recuerdos y que de recuerdos no se vive, que nuestros intercambios de opiniones se convierten en una especie de lucha por ver quién convence a quién, quizá por el hecho de que antes siempre estábamos de acuerdo y ahora no, que esa persona ya no te conoce cómo lo hacía antes y tienes que explicarle una y mil veces lo que sientes para que, al final, sigas quedándote con la sensación de que no entiende nada, que una tarde con esa persona hace que llegues a casa con una sensación de vacío que no sabes bien como llenar y que acabes sintiéndote mal contigo mismo por sentirte así y te das cuenta de que, en realidad, hasta el más mínimo detalle, puede hacer que todo reviente de un momento a otro. Y quizá, siempre fuisteis distintos, así de distintos, pero es ahora cuando te has dado de bruces con la realidad. 

Así, caes en la cuenta de que hay personas con las que sigues manteniendo una cierta relación pero que, en realidad, en los momentos duros, en los momentos difíciles y, casi en cualquier momento, incluidos también los buenos, hace tiempo que no están, y ni siquiera comparten los suyos contigo, porque hace tiempo que ni siquiera preguntan "¿cómo estás?", "¿cómo te va?" ni te dicen "a mí me va bien" o " a mí me va mal" y, lo más curioso es que caes en que ni has echado de menos esas palabras, ni has sentido necesidad de ser tú quien las diga, y que, cuando de repente algunas personas aparecen en tu vida otra vez, después de un parón de este tipo más largo de lo deseable, todo está dañado e, incluso, confirmas (en algún caso) que los cimientos de esa estructura nunca fueron realmente fuertes, porque como dice la RAE, esos cimientos se fortalecen con el trato, entendiendo por trato el estar ahí de verdad y no el simple hecho de mantener continuas conversaciones en las que no se involucra nada de uno mismo, y si no lo hay, nadie puede esperar que otra persona esté esperando por él o ella. ¿Y ahora qué?. 

Pues que en la lista ya sólo quedan los AMIGOS. Son esos amigos con los que compartes las cosas buenas y las malas, esos que están ahí y lo demuestran, esos con los que eres tú mismo, el tú mismo que eres ahora y no te da miedo ser así, esos a los que no tienes que ocultarles nada porque te van a aceptar tal y como eres y esos que no piden nada a cambio y, sin embargo, tú se lo darías todo. Es a esos a los que llamas como un loco cuando algo bueno te pasa, porque es con ellos con quien quieres compartirlo, y le cuentas cuando algo va mal porque sólo con contárselo, ya te sientes mejor, aunque sólo se queden callados y escuchen, esos que están pendientes de cualquier hecho importante que haya ocurrido o que vaya a ocurrir en tu vida. Y son esos los que no van a decirte lo que quieres escuchar, sino lo que debes escuchar. Los que, en ningún momento, van a sentir envidia cuando algo te salga bien ni tendrán una pizca de alegría cuando las cosas te vayan mal. La sorpresa es que entre esos hay amigos a los que conociste hace muchísimo tiempo y otros que conociste no hace tanto y que, después de todo lo vivido, con tanta gente, casi (o sin casi) te sobran los dedos de una mano para contarlos, pero no los cambiarías ni por todo el oro del mundo. Y hasta te llegas a plantear si, de verdad, tú estás a la altura de esa amistad que te ofrecen, porque hasta te da miedo fallarles y perderlos, porque no quieres imaginarte la vida sin ellos, los tengas cerca o a miles de kilómetros. 


viernes, 1 de agosto de 2014

Nuria

Ayer volví a ver a Nuria... ¿la recuerdas? La conocimos un 28 de julio, en una playa. El agua estaba helada y no invitaba nada al baño; aun así, tú y yo nos metimos. Era nuestro primer día de playa juntos. Antes hubo otros días, pero sin mar, por eso aquel era especial. No teníamos mucho tiempo, así que hicimos muchas cosas en unas pocas horas, quizá cinco, no mucho más. Pero todo esto es secundario. Estábamos tumbados en la arena, hablando entre nosotros, cuando apareció. Desde ese momento, dejamos de ser dos para ser tres. 

La vi un poco cambiada, no sabría explicarlo, no tenía aquella luz que acostumbraba a tener en la mirada, como si una parte de ella se hubiese borrado y ya no fuese la misma. Y supongo que, en parte, así es. De hecho, creo que los tres hemos cambiado desde entonces y ninguna de nuestras miradas sería igual si volviésemos a coincidir. Me estuvo contando que dejó aquello del espionaje, no le quedó otra salida: tenía prohibido involucrarse en ninguna de sus misiones y... está claro que en la tuya se involucró. Lo peor (o lo mejor) fue que no descubrió nada raro, nada fuera de lo normal o nada que no supiera sin necesidad de jugar a los espías. El caso es que lo dejó, presentó su carta de dimisión ante sus superiores y parece ser que estos no tuvieron ningún problema con dejarla marchar. Al parecer, empezaron a molestar aquellas solicitudes constantes para entrar a formar parte del equipo de teletransporte y, ahora que sé eso, me queda la tranquilidad de que, al menos, ella sí que luchó por que siguiésemos siendo tres, tanto que perdió su puesto. Es de agradecer. Ya ves, una lástima, justo cuando empezaba a perfeccionar aquello de colarse en los sueños... Sabiendo todo esto, ya entiendo por qué las últimas semanas ya no la veíamos. Ahora está un poco perdida, como todos, como yo. 

Me preguntó por ti... no supe qué contestarle. Sólo le dije que quizá estarías en la playa, no en aquella, porque tú nunca ibas allí. A lo mejor en aquella otra, de ese pueblecito pequeño, no sé, no la vi, sólo sé que solías ir allí y... si estabas solo, era posible que te encontrase. Estoy segura de que sabría llegar, y yo también. No sé si aparecerá algún día por aquel lugar. Me dijo que, si alguna vez volvíamos a coincidir, te diese un beso de su parte. Le prometí que te lo daría, antes o después, pero lo haría. 

No me gusta no cumplir promesas... menos aún si se trata de ella. O de mí. O de ti.