lunes, 22 de septiembre de 2014

"Factorizando" sorpresas

No hace mucho hablaba con alguien acerca de las casualidades o causalidades, dos palabras que no creo que se diferencien sólo en el orden de dos letras por "casualidad". Sí, se va viendo claro de qué lado estoy. La causalidad predomina en mí, no puedo evitarlo, todo tiene que tener una razón, una causa que puede tener lugar a priori o a posteriori y que me gusta más pensar que es a posteriori por aquello de la ilusión. Podría entenderse como que toda causa tiene su efecto, pero eso me lleva a entender ese efecto como algo ya establecido de antemano y conocido en cierto modo, y esa no es la interpretación que me gusta. Y es que puede parecer que esa idea de causalidad está demasiado encorsetada, demasiado rígida y sin opción a cambio, demasiado matemática y demasiado lógica, encerrando un mundo de proposiciones que llevan unas a otras por medio de algún tipo de demostración, pero... ya en 1931 Kurt Gödel demostró sus famosos teoremas de incompletitud y, extrapolándolos del mundo matemático al mundo real, me gusta pensar que son la (no-) explicación del factor sorpresa de la vida. Y adoro ese factor sorpresa.

Ese factor sorpresa es el que hace que un día te encuentres con alguien a quien hace mucho que no ves en un lugar en el que no imaginabas y en un momento que no podría ser mejor para encontrarlo; que te subas en el coche y suene esa canción que te hace recordar algún momento especial, tan especial que no sepas si escucharla con atención o apagar la radio por la rabia que te produce el que ese momento ya haya pasado; que encuentres una carta en el buzón de alguien que bien sabes ha dedicado a conciencia un tiempo para escribirte; que llegue un mensaje de madrugada de alguien que piensa en ti a esa hora; que acabes viviendo, aunque sólo sea por un tiempo, cerca de esa persona especial que antes estaba tan lejos; que den por la tele esa película que llevabas días queriendo ver; que encuentres algo importante que pensabas que habías perdido para siempre escondido en un rincón; que escuches una frase en el momento exacto para que se quede grabada a fuego; que alguien toque una canción para ti, sin esperarlo; que te digan que te echan de menos; que te hagan un regalo sin ninguna razón especial, simplemente porque es hoy; que abras la puerta y se te acabe escapando un abrazo en lugar de un "hola"; que alguien te diga "te quiero" sin que lo esperes; que seas tú quien se dé cuenta de que quiere a alguien; que apruebes un examen que pensabas que tenías suspenso; que alguien a quien hace tiempo que no ves se acuerde de tu cumpleaños; que seas consciente de todo lo que has aprendido de lo vivido; que escuches o te cuenten que alguien dijo algo bueno sobre ti; que, sin previo aviso, conozcas a quien será importante en tu vida; que, de repente, VIVAS.



Porque como decía un azucarillo con el que me debí topar este verano y que, "causalmente", encontré hace unos días: "la vida está llena de sorpresas; cuando menos te lo esperas pasan las cosas que menos te imaginas". 

martes, 16 de septiembre de 2014

Paraguas

Hoy es uno de esos días nublados en los que el verano ya nos dice adiós con fuerza, con la misma fuerza con que el viento golpea la puerta y hace que des un respingo en la silla. Las primeras gotas de lluvia deben estar apunto de caer y, con ellas, algo parecido a un nuevo ciclo o a una nueva etapa parece comenzar. Así empieza septiembre, porque creo que ese mes no empieza con el día uno, sino con la gota uno. 

Cuando era pequeña, septiembre olía a libro nuevo. Ahora huele a tierra mojada, a días más cortos, a botas de borreguito, a pijama y manta de coralina, a chocolate caliente... A otoño. Y dicho así, suena hasta bonito. Y, seguramente, sea bonito, pero lo cierto es que hoy es uno de esos día que me gustan y odio a partes iguales, que me alegran y me dejan melancólica al mismo tiempo, que hacen que eche de menos al verano a la vez que recibo con una sonrisa a su amigo el otoño. Uno de esos días contradictorios y con cierto encanto. 

Los paraguas comienzan a verse ya por la calle. Desde aquí arriba se ven simples, inexpresivos, insustanciales... paraguas. Y es que lo mejor no es verlos desde arriba, sino desde abajo, desde dentro, desde el mundo en miniatura que pueden crear. Porque crean un mundo, uno sólo para aquellos que están debajo y cada cual puede hacer lo que le apetezca en él. Así, los días de lluvia, vemos como todos van en su mundo y lo suben o lo bajan para que no tropiece con los mundos de los demás y no hacer que la libertad de cada cual incordie a quien tiene al lado y lo deje tuerto. Luego están los mundos compartidos (sólo por dos, que por más ya es difícil, aunque se ven), esos en los que uno cuida de que el otro permanezca en su mundo, el de ambos, y en el que es complicado permanecer sano y salvo si no se va abrazado, esos que hacen que algunas gotas de lluvia vayan con beso incluido, los que consiguen que el otoño tenga otra razón para merecer la pena y que sólo pueden crearse bajo un paraguas pequeño (menudo genio el que inventó los "maxiparaguas"...). Y luego, están aquellos mundos que se crean aparte, aquellos mundos que se crean entre los mundos de los demás y cuyos habitantes caminan entre paraguas ajenos porque su mundo no necesita ningún límite, porque la lluvia también forma parte del mundo y porque, de este modo, la libertad y la diferencia se hace palpable por un ratito. Lástima que la realidad del día a día (y nuestra salud) nos impida pertenecer a uno de estos últimos mundos sin crear uno debajo de un chubasquero o similar. Así que, puestos a elegir, prefiero el paraguas.

Y ahora, pienso que quizá sería más bonito todavía estar debajo de uno de ellos... 



Bienvenido otoño (con una semana de adelanto). 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre ella

Ella es de Amelie, de Albert Espinosa, de Lindsey Stirling... y se pierde con ellos al igual que se pierde en un folio en blanco, porque para ella casi no hay nada comparable con la emoción que genera la historia que aún está por comenzar. Y escribiendo se le pasan las horas. Quizá sea por eso que siempre pasa desapercibida y se dedica a observar principalmente, buscando historias que contar y algo en lo que pensar, reflexionar y con lo que aprender. 

Adora aprender. De ahí que siempre tenga algo en la cabeza, que no sepa quedarse con la mente en blanco y busque continuamente una nueva meta que alcanzar, algo que le haga sentir que no está perdiendo el tiempo, porque odia perderlo. Y conducir, eso también lo odia la mayor parte del tiempo, así que siempre que puede, va caminando a los sitios porque caminar siempre le ha gustado. Y también le ha gustado desde pequeña ese olor a papel viejo, usado e imaginarse por dónde habrá pasado y cuántas historias habrá vivido o entrar en una librería y perder la noción del tiempo en ella. 

Gastronómicamente hablando, tiene una pasión: el chocolate, aunque no está muy segura de que eso pueda considerarse gastronomía. Regálale chocolate y verás su reacción... no, definitivamente no debe considerarse gastronomía, sino más bien una especie de droga aderezada con algo parecido a lo que el sexo le puede ofrecer... y eso sólo con verlo. Pero bueno, todos tenemos nuestras locuras y ella no va a ser menos. No es la única locura que tiene.

Quizá el chocolate sea una buena manera de conseguir que se levante de humor por la mañana, es algo que nadie ha comprobado aún, y es que si quieres empezar el día con buen pie a su lado, no es buena idea que le hables, ya será ella quien hable cuando esté lista. Uno debe aprender a darle tiempo, "su" tiempo. Es un poco antisocial en ese momento del día, y durante el resto... seamos sinceros, es un puñetero desastre social: siempre pierde la cuenta del tiempo que lleva sin ver a los demás, huye del teléfono, las grandes reuniones no se inventaron para ella y... la lista de estas cosas sería interminable. No se enorgullece de ello. De todos modos, eso no significa que la gente no le importe y tiene formas de demostrarlo (mejores o peores, depende de quién opine). Por eso, no debería extrañarle a nadie que la conozca encontrar un día una carta en el buzón con su nombre en el remite o abrir un e-mail que dé miedo leer y haya que hacerlo por capítulos (si alguna vez te ocurre, léelo, merecerá la pena); además, tiene guardados en la memoria abrazos de esos sinceros, de esos que llegan sin esperarlo en los mejores momentos y de personas a las que no olvida y cuyo cariño hacia ellas crece según pasa el tiempo y, también, detalles, palabras, miradas y apretones de manos. Así se crean sus lazos, sus personas especiales, esas que tienen en su corazón un rinconcito con un cartel de VIP colgado y que, por qué no decirlo, son más de las que parecen.

Tiene una fe ciega (o algo parecido al menos) en el destino y en las señales, y está convencida de que lo mejor siempre está por llegar. Eso la hace mirar al futuro con un sonrisa en la cara y una ilusión permanente, lo que le da también algo de valor para enfrentarse a sus miedos, aunque poco a poco porque, como todos, es más cobarde de lo que está dispuesta a admitir (pero seguro que más valiente de lo que piensa). Y también es algo enamoradiza, eso es verdad. Sin embargo, a la misma vez, es tremendamente independiente y quizá sea por eso que, en el fondo, tiene la sensación de que todas sus historias, antes o después, deben acabar. Al menos así ha sido hasta ahora y tampoco es que se lamente por ello. 

Verla llorar no es fácil, y aquellos que alguna vez la han visto con lágrimas en los ojos y han escuchado sus sollozos pueden sentirse privilegiados, porque ya les ha dado más de lo que le da a cualquiera: les ha mostrado que también es débil aunque parezca de hielo, les ha mostrado que sólo se hace la fuerte pero que los golpes también le duelen. Quizá un día le dijeron aquello de "los hombres no lloran" y dijo: ¡pues yo tampoco!. A cabezota no le gana nadie.

Y es que su cabeza es un caos, un desastre completo (y ya van dos desastres) tanto por dentro como por fuera. La guerra con su pelo la dio por perdida hace tiempo aunque de vez en cuando, con ayuda, gana alguna batalla; y con respecto a su maquillaje, puede pasarse tres horas frente al espejo buscando la combinación de sombras adecuada o ponerse un pegote de rimel y echar a correr, todo dependerá del día y de lo que tenga que hacer o donde se quiera perder, porque... Vive en una búsqueda continua de sí misma, en un perderse y encontrarse todos los días que le apasiona y que la hace presumir (prácticamente lo único de lo que lo hace) de conocerse bien y, lo cierto, es que eso la hace feliz, que ella es feliz, que no necesita gran cosa para serlo. Y de eso sí que se enorgullece. 


Ella es una chica corriente, como todas: con sus cosas buenas, sus cosas malas, sus manías y su particular forma de ver el mundo. Una chica así, del montón, de ese montón de personas únicas. Porque todos somos únicos. Porque ella lo es. Una edición limitada de sí misma, como todos. Así que si después de esto, algún día, te da por querer conocerla, por pasar un ratito con ella, búscala, porque tiene mucho más que mostrarte. La encontrarás en la sección de papelería de cualquier centro comercial, en una librería ojeando libros y más libros, asomada a una ventana a la espera de alguna estrella fugaz que cumpla algún deseo o, por ahí, "en su mundo", donde sea, soltando palabras y creando historias que quién sabe si más tarde acabarás leyendo.