martes, 28 de octubre de 2014

Hay varias flores... creo que me han domesticado

Hoy ha venido a mi cabeza, como tantas veces, el siguiente diálogo que estoy segura reconoceréis nada más empezar a leer:

"– No –dijo el principito –. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
– Es una cosa demasiado olvidada –dijo el zorro –. Significa “crear lazos”.
–¿Crear lazos?
– Sí –dijo el zorro –. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
– Empiezo a comprender – dijo el principito 
. Hay una flor... Creo que me ha domesticado..."

¿En qué momento "domesticamos" a alguien y somos "domesticados" por esa misma persona? O dicho de una forma más humana (y menos animal): ¿en qué momento comienza a ser una persona importante para nosotros y nosotros para ella?. Creo que ese momento es bastante difícil de delimitar, pero sin duda está ahí, debe estarlo al menos. El momento exacto en el que pasas del bando del "me cae bien", "parece buena persona", "estoy a gusto a su lado", al bando de "cómo es que tardé tanto en conocerla", "quiero conocerla más y mejor", "si es por ella, lo hago", y, además, en la otra persona se dé el mismo sentimiento. El caso es que pasamos de un bando a otro sin darnos cuenta, cruzamos la línea sin ser conscientes de que lo estamos haciendo e imagino que ahí está la magia de las relaciones y del crear lazos, como decía el zorro. 

Y otra pregunta más: ¿las personas que fueron importantes de verdad dejan de serlo alguna vez?. Creo que está relativamente claro y, en cierto modo, demostrado, que existe alguna clase de jerarquía en esto de la importancia de las personas, porque no todas nos importan por igual o de la misma manera y es por eso que hablo de personas "importantes de verdad", refiriéndome a esas que estarían en el escalón más alto de esta jerarquía. 

Hay veces en que sabemos que ciertas personas desaparecerán de nuestra vida, que son importantes durante ese tiempo que permanezcan a nuestro lado y luego se irán sin dejar demasiada huella en nosotros... Y también están aquellas que sabes, o intuyes, o imaginas que se quedarán para siempre aunque se vayan y las recordarás y, seguramente, las echarás de menos con una sonrisa y con un sentimiento de afecto inagotable. Son quienes juegan un papel realmente importante en tu vida, esas personas de las que aprendes cosas que no podrías haber aprendido de otra forma y con las que vives momentos irrepetibles y únicos y quizá, incluso, de los más importantes de tu vida, personas que acaban siendo irreemplazables por ser, sin duda, los mejores testigos de tu historia. Irremediablemente se me vienen personas a la cabeza, algunas de ellas están cerca y a otras llevo más tiempo del que me gustaría sin verlas, y es que el destino es caprichoso. Pero lo cierto es que, aunque caprichoso, ese destino parece unir algunas piezas con sentido en ese puzzle en el que vamos viviendo o, al menos, así quiero pensarlo; es como si, a veces, te diese una tregua y te mostrase que no tiene intención de dejar ningún cabo suelto, que tú vas a cantar y vas a bailar y te vas a reír olvidando tu timidez porque el momento lo merece, porque lo merecen las personas y que vas a tener ganas de hacerlo sinceramente; que lo vivido junto a algunas vale la pena de verdad, que las miradas son reales, no engañan y pueden expresar la magnitud de la importancia que tienes para alguien; que el tiempo hace que un día vuelvas a estar ahí, sin saber bien cómo, que alguien te busque porque aún eres importante y se desnude de verdad frente a ti porque es en ti en quien confía. En cierta manera, todo esto sobrecoge. 


Y así acaban algunos días, entre sonrisas sinceras, algunas lágrimas mal disimuladas y sorpresas de esas especiales que hacen que te vayas a la cama sintiendo que, quizá, al final del viaje, todo habrá merecido la pena. Es un buen pensamiento para antes de dormir, ¿no creéis?.

Buenas noches... 

lunes, 20 de octubre de 2014

Deshaz las maletas

Desde hace varios días, las maletas y los bolsos de viaje andan dando vueltas por casa. Hubo que elegir, antes de que el fin de semana comenzase, qué maleta y qué bolso eran los adecuados para emprender un viaje unos y una estancia más corta otros. Maleteros llenos de eso para lo que están ideados y hasta de colchones metidos a presión que corren el riesgo de saltar de un momento a otro. GPS's que a veces pierden más que encuentran y momentos que serán recordados para siempre.

Salimos de casa con las maletas llenas de ropa, zapatos y neceseres, llevando estudiado qué jersey combinarás con qué pantalón y qué zapatos llevarás que vayan bien con todo para, así, ahorrar espacio. El neceser es lo último que metes en la maleta llena hasta los topes porque siempre hay cosas que debes utilizar antes de salir y que también te llevarás y, al final, por mucho que intentes llevar únicamente lo imprescindible, siempre acabas arrepintiéndote de no tener uno más grande. De este modo, el viaje comienza. Pueden ser unas vacaciones, un fin de semana diferente o tu nuevo hogar durante el tiempo que dure.   

Y llegados a nuestro destino, yo digo: deshaz las maletas. Sí, no dejes nada dentro. Abre la maleta y el bolso que elegiste y comienza a guardar cosas en los armarios y los cajones de allá donde hayas ido a parar. Cuelga las camisas, los jerseys y las chaquetas en esas perchas que buscan vida. Y los pantalones también, no se te ocurra usar la estructura de la tabla de planchar, como alguien me enseñó una vez, para colgarlos, porque deberías usarla si vienes para quedarte. Coloca ese libro que te estás leyendo en la mesita de noche, que él también sepa que ese será su hogar durante un tiempo, y guarda la maleta, no vaya a ser que te des cuenta de que, quizá, sólo hayas venido de paso. Ahora entra en el baño y vacía el neceser. Utiliza ese armario con puerta de espejo que existe en cualquier baño y llénalo con tus colonias, tu cepillo y tu pasta de dientes, maquillajes y cuchilla de afeitar o máquina, en su caso; las baldas de la ducha ocúpalas con tu gel, tu esponja y tu champú. Llena también esa habitación de todo aquello que llena a un baño de vida. No dejes los armarios vacíos, haz de ellos y de ese lugar algo tuyo, algo que consiga que, cuando entres, te sientas en casa, algo que te haga disfrutar de ese nuevo lugar en el que te encuentras, que te permita conocer todo lo que hay alrededor de él y que no te haga sentir la necesidad imperiosa de volver a tu hogar. ¿Y todo para qué? Para lograr, cuando te vayas, no poder cerrar la maleta porque va llena de recuerdos, de momentos vividos, de lecciones aprendidas, de más vida de la que llevabas al comienzo de tu viaje y, sobre todo, de ganas de volver a hacer las maletas y partir a un lugar nuevo al que llenar y en el que llenarte de vida. 



¿Te vienes? 

viernes, 3 de octubre de 2014

La vida en tu sofá

Tu sofá era rojo. No era especialmente bonito sino más bien feo, la verdad, y le faltaban cojines y brazos donde poder apoyar la cabeza cuando te tumbabas. No era un sofá demasiado cómodo y creo que tampoco era demasiado nuevo, pero era tu sofá, mi sofá, nuestro sofá... Y era genial vivir en él. 

Él fue testigo de charlas... de miradas... de risas... de momentos... de abrazos, de caricias, de besos y de aquello en lo que acababa siempre todo esto. Se fundía en esos momentos igual que me fundía yo en ti, igual que lo hacías tú en mí. Fue testigo de cómo con el paso de los días todo cada vez era mejor y peor al mismo tiempo. Fue testigo de despedidas a regañadientes, de "quédates" que no se decían, de "te quieros" que no se pronunciaban. Y se hacía cama, como intentando dar una excusa para que pudiésemos soñar, como queriendo ponérnoslo fácil. Pero no funcionaba. Y me llamaba, y te llamaba, y nos llamaba. Y acudíamos, siempre acudíamos, porque esa era nuestra casa, porque el resto de la casa nos daba igual. Porque en tu sofá podíamos vivir, porque nos alimentábamos el uno del otro y con eso nos bastaba. Así era la vida en tu sofá. 

Pero sentados en él (sentados, tumbados, abrazados...) el tiempo tenía la maldita costumbre de ir más rápido, de hacer que la tarde se hiciese noche con un simple chasquido de dedos y que los días pasasen como si fuese una cuenta atrás para alguien que espera un veredicto final de sobra conocido y se agarra a cualquier cosa para intentar detener el tiempo. Pero no, el tiempo no se detuvo. 

A veces, a pesar del tiempo, me pregunto si ese sofá nos recordará o si hubo otra historia después de la nuestra que borró cualquier rastro de nosotros. A veces, pienso en volver allí y sentarme en él, por ver si me cuenta algo que no sepa o por ver si al abrir los ojos te encuentro y descubro que, al fin, un día nos quedamos dormidos aun sin quererlo...


Tu sofá era rojo. No era especialmente bonito sino más bien feo, y yo me hubiese quedado a vivir en él, contigo...