domingo, 22 de febrero de 2015

Me desnudo

Hoy me desnudo y te dejo verlo, oírlo, sentirlo. Pon música, si quieres. Siéntate y no apartes la mirada ni el pensamiento. Me quedo enfrente, te miro a los ojos y... 

Comienzo por mi camisa...

Primer botón, ese es fácil de desabrochar: mi cuello, mi garganta, mi voz saliendo de mis cuerdas vocales. Mi cuello es el que cuenta las horas de estudio y protesta cuando son muchas. Mi garganta cuenta los días de frío y pide a gritos una bufanda. Mi voz, a veces, tiembla, pero confío en ella, sé que sabe mostrarse segura cuando se aparece ante los demás.
Segundo botón: mis pulmones, mi pecho, mi corazón. Mis pulmones suelen tener buena capacidad y tienen tendencia a los suspiros. Mi pecho aun sigue tapado, demasiado pronto para mostrarlo. Mi corazón tiene algún que otro rasguño, algún roto y algún descosido. En su interior hay un grupo de gente que lo hace latir. Búscate, seguro que te encuentras. 


Tercer botón: Mi estómago, mi ombligo, mi cintura. Mi estómago es el punto débil de mi cuerpo (cuestión de genes), así que lo trato con mimo. Mi ombligo tiende a encogerse y echarse hacia atrás cuando siente que lo miran, quizá sea por timidez. Mi cintura busca las cosquillas y que una mano encaje con ella. 
Cuarto botón: ya se ve el pantalón. Y mi camisa desaparece. Mis hombros, mis brazos, mi espalda. Mis hombros soportan el peso de mi bolso, así que son ellos los que saben que no pesa tanto lo que necesito cuando salgo de casa. Mis brazos se alían con mis manos, con mis dedos y acaban siendo mis letras y tus caricias. Mi espalda se une a mi cuello en las horas de estudio por la parte de la nuca y, juntas, buscan un soplo de aire, un escalofrío, un dedo y unos labios que las recorran de arriba a abajo y dibujen mapas del tesoro. 

Y sigo por los zapatos,

que los pantalones son estrechos y no es fácil quitárselos con los tacones puestos: mis pies, escondidos tras ellos, pisan el suelo con fuerza; son los que dicen: "aquí estoy", los que me hacen sentirme segura y tambalearme a la vez por la altura en la que ando subida. La parte esencial, los que me llevan a buscar mis sueños y los que notan el paso del tiempo cuando el camino parece no conducir hasta ellos. Ya puedes verlos, desnudos. 

El pantalón, 

un vaquero, difícil será encontrar otra cosa en mi armario. Y desabrocho el botón y bajo la cremallera. Pulgares dentro de su cintura y comienza el descenso. La estrías de mis muslos me delatan, como si fueran marcas de todos los cambios que se han ido produciendo a lo largo de mi vida. Mis rodillas crujen, como siempre, como si fuesen a romperse de un momento a otro y dejarme en el suelo, desvalida. Pero no, siempre aguantan. Y si cayesen, sabrían lo que hay que hacer: volverse a levantar. Si sigo bajando, verás que mis piernas no son simétricas en su aspecto, mi lunar en la derecha las hace distintas, es imposible no verlo y, para mí, la extraña es la izquierda, porque es común. Sí, siempre he creído que lo extraño es ser común y que lo común debería ser la diferencia. 

Y aquí estoy, con sólo dos prendas. 
Las más difíciles de quitar. 

Echo las manos hacia atrás y... La firmeza deja entrever que soy joven y que aún me queda mucho por vivir y mucho por aprender. Ella formará parte de ese ejército del cuerpo que irá marcando el paso del tiempo y las experiencias vividas.

Y, de nuevo, pulgares en una cintura. Y comienzan a bajar. Y se quedan al descubierto mis miedos. Y quizá también el principio de un futuro que crecerá dentro de mí, algún día. Y se quedan al descubierto mi deseo, mi placer, mi curiosidad y mis pensamientos oscuros. Y se quedan al descubierto mi amor y mis noches fugaces. El bien y el mal que tengo, que todos tenemos. El aquí y ahora y el toda una vida juntos. Y se queda al descubierto el quererte, durante el tiempo que dure, desde lo más profundo de mi ser y también desde fuera.

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