domingo, 15 de noviembre de 2015

Parpadeante libertad

Y, de repente, una lucecita parpadea. Así, sin más, casi sin quererlo, casi sin pensarlo, casi... Y nos hacemos a verla y a tenerla con nosotros y todo parece que fuese así de siempre. Es lo que tienen las costumbres: que nos acostumbramos. 

Nos acostumbramos al parpadear de una luz del mismo modo que lo hacemos al madrugar de nuevo por las mañanas porque tenemos verdaderas obligaciones que cumplir. Nos acostumbramos también a ir cumpliendo sueños, aquellos que se fueron creando en nuestra cabeza casi sin darnos cuenta y que, a día de hoy, son una realidad. Nos acostumbramos a entender que puede que todo no sea tan maravilloso como nuestra imaginación pretendía, pero que puede llegar a ser mucho más gratificante por momentos. Y da vértigo darse cuenta de que, después de tanto tiempo esperando y de tanto esfuerzo invertido, después de esos miedos y todos los interrogantes, todo acaba resultando mucho más sencillo y te descubres siendo fuerte, más de lo que pensabas. Que treinta caras atentas a ti no te intimidan tanto como podría llegar a pensarse, que no te intimidan en absoluto y que, además, disfrutas cuando clavan tus ojos en ti, aunque no sepas si los oídos también. Y nos seguimos acostumbrando...

Nos acostumbramos a los cambios, a esos que vienen de repente, de un día para otro. No queda más remedio, así que se saca el valor de donde sea, o no... No lo sé, porque tampoco hay tiempo de pensarlo; será por eso que el miedo se esfuma de un plumazo y nos deja libres. Las mañanas se pintan del color del cielo y las tardes se vuelven cortas pero intensas. Luego llegan las noches y entonces, entre miradas y palabras que recorren tu mente fugazmente, las paredes empiezan a ser parte de todo lo nuevo que se va construyendo, poco a poco, paso a paso pero sin tiempo para planearlo. Y se dibujan sonrisas a más de 100 kilómetros y se ofrecen hombros y se tienden manos y las canciones se convierten en cómplices no se sabe muy bien de qué, pero cómplices al fin y la cabo.


Y mientras el mundo se va a la mierda, una lucecita parpadea creando mundos nuevos, libres y ajenos a todo lo que se viene encima. 

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