domingo, 13 de diciembre de 2015

Luces, melodías y un cristal

Las luces comienzan a alumbrar todo aquello que hasta ahora parecía negro, dejando ver montones de colores que hacen llegar la vida hasta el último rincón. Yo lo miro de lejos, intentando disfrutar de las caras felices de los demás, intentado retener en mi memoria como era todo antes de esta explosión de color, para ser plenamente consciente, una vez que esté dentro, de ese cambio que es igual y distinto cada año.

Y así va pasando mi espera, sintiendo los roces de los demás cuando intentan esquivarme en su camino, escuchando las risas de los niños y de los no tan niños, observando las manos agarradas y los paseos sin destino aparente. En la cafetería de al lado observo, a través del cristal, que los chocolates calientes han empezado a servirse y que entre sorbo y sorbo, se cuelan miradas que se clavan en corazones y se hacen confidencias que sólo un chocolate permite. Recuerdo los míos... los que se tomaron y los que no. 

Las voces van siendo menos y es que la música empieza a sonar. Me llega una melodía traída por el viento, una de esas inconfundibles. Siento que me llama, pero la hago esperar. Por una vez, quiero disfrutar de eso de la impuntualidad. Quizá traiga algo bueno, aunque sólo sea por hoy.
 
Me voy quedando sola, los empujones van desapareciendo y la gente ya tiene por donde pasar en este callejón, mi presencia cada vez se nota menos aunque aún algunos se giran al pasar, extrañados, preguntando con la mirada qué haré ahí... Id, disfrutad, yo llegaré, siempre llego. 

Empieza a hacer frío, miro al cielo: ¿nevará?, sólo faltaría eso y la estampa sería completa. Bueno... casi. Pero no, aquí la nieve no llegará aún, el frío no llegará a ese límite, al menos fuera. Dentro nunca se sabe. Pero no. Por un momento, pienso en dar la vuelta, volver a casa y disfrutar de esa calidez que esta vez estoy echando de menos. Un ratito, sólo un ratito. Si después la impuntualidad no ha servido de nada, daré media vuelta, o entraré, sí, mejor entrar. Un ratito...
 
Y se escuchan pasos... alguien llega tarde, pero podrá disfrutarlo. Se acerca. Me echo a un lado, no quiero entorpecer su marcha estando en mitad de su camino. Aún así, los pasos se hacen lentos, cada vez más. Quizá se esté arrepintiendo, quizá se ha dado cuenta de que ya es demasiado tarde, quizá ya nadie le espera... Y siento una mano en mi cintura...



- Hola, ¿me esperabas?
- A ratos. ¿Chocolate?
- Siempre...
 

Y es que la vida, al otro lado del cristal, siempre se ve distinta.

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