sábado, 31 de diciembre de 2016

El champán también se bebe a sorbos cortos

Eran las siete de la tarde y en casa todos corrían de un sitio para otro, subían y bajaban las escaleras, se probaban ropa y se cambiaban de zapatos. Alguien hablaba de ponerse algo rojo, otros de preparar maletas que sólo darían una vuelta a la esquina y alguien más, en la cocina, perdía la cuenta de las uvas una y otra vez. Todavía faltaban cinco horas para el gran momento, pero por todos es sabido que la tradicional cena hay que prepararla con tiempo. Quedaban platos, copas y cubiertos por distribuir perfectamente en una mesa que ya lucía un mantel de un blanco impoluto que tardaría poco en tener manchas de vino tinto esparcidas por doquier. Manchas de vida al fin y al cabo. Después, entre risas y nervios, porque siempre había alguien que se ponía nervioso, llegarían las campanadas. Primero los cuartos, recordados en todas las reuniones: "son los cuartos, son los cuartos", como queriendo decir: "tranquilidad, que todavía seguimos donde mismo, no vayáis a estropearlo comiéndoos una uva", pero siempre hay alguien que se la come, mitad porque no se dio cuenta de que aún no tocaba, mitad porque así es más fácil acabar con ellas en la última campanada. Y esas son las que vienen después y todos callan e intentan sobrevivir al atragantamiento con el que se termina y se empieza cada año. Luego llegarían los besos y el feliz año nuevo, dos cosas que este año serían distintas y, si de ser sinceros se trata, hasta mejores, que no todos los cambios son a peor. Después empezarían a sonar los teléfonos, de unos y de otros. Más felicitaciones. Las importantes ya se habrían dado antes, sin tanta prisa, sin tanto agobio, sin tanta imagen enviada y reenviada, sin tantos vídeos. Sólo con palabras, unas más elaboradas, otras menos, pero todas desde dentro. Y, después, cada cual por su lado, dejando de importar para algunos que esta noche sea de fiesta obligada, porque comprendieron hace un tiempo que no tenía sentido empezar con obligaciones, sino con aquello que a cada cual haga feliz y que no hay mejor propósito para el nuevo año.

Y, en mitad de todo ese proceso, sólo porque ya han vuelto a pasar doce meses, sólo porque el calendario así lo marca de algún modo, alguien, o quizá todos, hace balance del año que se va, intentando recordar qué fue lo que funcionó lo suficientemente bien como para seguir manteniéndolo y qué falló, para poder aprender. Y este no fue un año muy destacable, normalito, con sus más y sus menos, sus altos y sus bajos, sus momentos de ánimo y desánimo también, con gente importante que se cruza en un momento, pero hasta ahí, lo cual, no nos equivoquemos, no les resta valor, que no todo el mundo puede quedarse. Hasta que recuerda los dos últimos meses... lo que aprendió, lo que vivió, lo que disfrutó, lo que agradeció y a quienes conoció. Un cumpleaños especial, el más especial en muchísimo tiempo, quizá el más especial que recuerde. Charlas de esas que recomponen el alma por dentro, sin saber bien cómo y que sólo pueden tenerse con ciertas personas, a determinadas horas y bajo ciertos fenómenos meteorológicos. Lecciones de vida en forma de películas y libros. Agradecimientos sin palabras y con ellas. Confianza plena en tiempo record. Orgullo y alarde de algo por primera vez en la vida. Seguridad de querer ser eso que tanto luchó por ser. Felicidad absoluta, como nunca antes y sin esperarlo. Lágrimas aguantadas, por aquello de mantener las formas, y que tuvieron que salir una noche para poder seguir. Sonrisas a miles. Vida a raudales, en definitiva, tomada a sorbos cortos, muchos sorbos cortos, como el té, como el café e, incluso, como el champán.

Eso hace al año que se va imposible de olvidar y le deja al que viene el listón bien alto. 2017 tiene un gran reto por delante.




¡Feliz año! 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Lluvia borrada

El sol comenzaba a verse bajo en la fachada de enfrente, pero aún era temprano. La falta de costumbre, otra vez, de ese cambio de hora de finales de octubre que conllevaba un mejor despertar y un vivir la vida rápido porque, en esa época, la noche va pisándole los talones al día. La televisión sonaba de fondo con alguna de esas películas de sobremesa que son del todo predecibles y que pierden todo el interés sin más que ver el título. Sobre la mesa un paquete de cigarrillos, de aquellos que muy de tarde en tarde se echaba a la boca, sólo cuando necesitaba aclarar ideas... cómo si no pudiese aclararlas sin ver las formas caprichosas del humo. Manías, defectos... particularidades de cada cual. El teléfono apagado, eso sí; siempre pensaba que si era algo importante existían otros modos de encontrarlo y que vivir permanentemente pendiente de ese aparato era un paso atrás en la evolución del ser humano. Ratos para él solo, días, semanas, "retiros espirituales" los solía llamar. Podían contarse tres o cuatro al año, si no más. Lapsos que no se sabía cuando venían ni cuando se irían y que si coincidían con que nadie tenía la idea de acordarse de él para tomar un simple café, se convertían en perfectos. Más defectos, pero ese le gustaba. La soledad buscada y encontrada. Cuántas veces habría leído lo mucho que le costaba a la gente, en general, tener esos momentos y aprovecharlos, y cuántas veces no lo había entendido. Qué quizá la felicidad consistía en eso, como había leído no hacía mucho en un libro un tanto peculiar, en esos ratos de tranquilidad y de la felicidad día a día. Divide y vencerás, decía el refrán, y hasta para ser feliz valía. De qué servía hacer un camino con destino únicamente a ser feliz, si no disfrutabas de la felicidad de cada paso. Si precisamente era ese paso el que te daría la felicidad de hoy, y el siguiente, la de mañana. Resulta que el concepto lo habían explicado mal, siempre. Y qué gratificante era descubrir el verdadero significado por uno mismo. Y entre calada y calada, conseguía que sus ideas volvieran a pisar fuerte, se hicieran notar. Repasaba todo lo ocurrido en días atrás y se empezaba a maravillar y a sorprender de lo ciego que había estado. De lo cerca que lo tenía todo y de lo lejos que se empeñaba en buscarlo. Y, con una sonrisa, decidió encender el teléfono, sólo para escuchar una vez más ese mensaje que decía todo y nada. Sólo para sentir que los latidos del corazón se quedaron con quien decidió poner una sonrisa a una mañana de nervios, borrando de un plumazo a quien se empeñó en poner lluvia a una tarde en la que el sol quería brillar.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Ejércitos de brújulas

Había una luz... se veía al fondo iluminándolo todo, pero costaba llegar. Los pasos se hacían pesados, el camino parecía hacerse más largo por momentos, el cansancio hacía mella. Las preguntas no ayudaban. Las respuestas lo hacían menos. Saber que acababa de comenzar a recorrer aquel sendero era la única razón para seguir... Quedaba mucho por andar, quedaba mucho por construir ¿Sería capaz de llegar? ¿Conseguiría alguna vez rozar siquiera con la punta de los dedos aquello que una vez soñó y que fue motivo suficiente para comenzar a andar? Y, a veces, las respuestas se presentan de golpe, sin tiempo para asimilar lo que la vida nos pone delante...


La vida es chula. Sé que es un eslogan, pero es una verdad como un templo. Y es que cuando todo parece tranquilo, un terremoto llega y te sacude con tanta fuerza que te quedas pensando cómo pasó, intentado asimilar los cambios, sin moverte del sitio por miedo a que venga una réplica y no sepas cómo salir. Y recuerdas que sí, que es cierto, que cada instante es único, pero muchos instantes únicos te dejan fuera de combate y sin posibilidad de responder, porque da igual lo que hagas, lo que digas... cuando el universo decide que es hora de que recibas, parece que todo lo debe dar de una vez.
 
Y empiezas a aprender a un ritmo bestial, sin darte cuenta. Y cada día algo nuevo te empuja a seguir estrujando cada experiencia, sacando el jugo de cada palabra escuchada, de cada frase leída, de cada gesto de los demás con los demás, de cada consejo... Y lo agarras fuerte, no sea que se escape, que se pierda, que se cuele por alguna rendija y dejes de verlo. Y empiezas a volver a tener referentes, a sentir que la desilusión no podía llegar tan rápido, a creer que merece la pena luchar por un mundo mejor y que tienes la oportunidad de hacerlo desde la raíz. Y lo aprovechas, sin más, o al menos lo intentas. Quién sabe si mejor o peor... Y cuando estás en ese punto, pensando en si verdaderamente dejarás huella con algo, por mínimo que sea, si llegará el día en que mires hacia atrás y te sientas orgulloso de ti mismo, un ejército de sonrisas te dice que ya lo has hecho. Y te lo dice abiertamente, sin esconderse, como si estuviese soltándote una simpleza, no dándole importancia, sin darse cuenta de que tu mundo acaba de estallar, se acaba de caer y lucha por levantarse para intentar responder... Pero no hay palabras... No las hay porque para que las haya habría que asimilar esa información y no es fácil hacerlo... Y luego llega otro ejército más, cargado hasta arriba de agradecimiento por... ¿por qué? Ahí estaba la réplica, y venía con fuerza. Tanta que acabas paralizado, por completo. Que pides una reacción, pero no sale. Y sólo se te ocurre soltar un gracias que se queda corto, cortísimo. Y siguen las réplicas, en forma de sonrisas, de besos, de abrazos... de chucherías... Y buscas explicación... todo en la vida tenía explicación, te lo enseñaron desde pequeño, así iba el cuento, causa-efecto, ¿no?. Y, después de buscar y rebuscar, descubres por qué ha costado tanto encontrar la causa: para ti la causa va implícita, va dentro, no entiendes la vida de otra forma, no haces nada y quizá sea por eso por lo que comienzas a hacer mucho. Será la única conclusión posible. Y esos ejércitos de sonrisas deciden transformarse en brújulas e indicarte que llegaste a la luz, a la primera al menos, y que si brilla y alguien te ve allí, pues tendrás que sentirte orgulloso, aunque acabes refugiándote en la sombra porque destacar nunca fue lo tuyo... 



Vendrán momentos duros, como ya los hubo, sin duda. Y es cierto, nada perdura. Precisamente por eso hay momentos que deben exprimirse al máximo. Y es que cuando creías que ya habías aprendido lo más importante, toca reírse de tu propia ingenuidad... Quién sabe si será esta la primera de todas las lecciones que aún quedan por aprender... 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Rentabilidad en cadena

Siempre me ha fascinado la capacidad que tiene la mente de expandirse y sacar enseñanzas cuando las situaciones cambian o cuando comenzamos a rodearnos de personas que acabamos de conocer. Nuestro cerebro e, incluso, nuestro corazón, se convierten en esponjas que absorben cualquier tipo de estímulo y lo almacenan en una base de datos que queda bien ordenada y dispuesta a ofrecer la información para cuando sea que se necesite. Un mecanismo que bien podría haber sido ideado por algún ingeniero experto en la tecnología más avanzada, sin duda. Y, por alguna razón, es en esos tiempos de cambio cuando un rayo de esperanza se cuela por una rendija y te convence de que, quizá, el mundo no esté tan perdido como uno pensaba, sino que "los malos" siempre han hecho más ruido, mientras la bondad viajaba en frases cortas y actos desinteresados. Y, aun sin interés, acaba saliendo rentable; eso me dijeron hace unos días y me quedé confiando en algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo como la cadena de favores y lo ciegos que estamos cuando no nos damos cuenta de que, más veces de las que imaginamos, el ser humano la va construyendo.

La construimos cuando, sin más razón que porque sí y porque así lo sentimos, tratamos bien a las personas. Ocurre que al tiempo, después de toda una vida, el cerebro, en ocasiones, se comienza a cansar de trabajar como siempre lo hizo y olvida, filtrando los buenos recuerdos al corazón, y consiguiendo de manera extraordinaria olvidar un nombre sin importancia y mantener en el recuerdo un rostro al que recibir con una sonrisa. La cadena es simple ahí, pero irrompible. 

La construimos cuando ayudamos a quien tiene la valentía de pedírnoslo, porque hasta para pedir ayuda hay que ser valientes a veces, y no nos damos cuenta de que eso nos hace fuertes; y añadimos un eslabón más a esa cadena cuando somos nosotros los que ofrecemos la ayuda a los demás, por hacerles las cosas fáciles, por sentirnos bien con nosotros mismos, porque no tenemos nada mejor que hacer o porque, simplemente, confiamos en que ese eslabón sea uno de tantos o el primero de muchos. Lo hacemos porque alguien lo hizo antes o porque nadie quiso hacerlo, porque fuimos conscientes de lo bien que nos hicieron sentir o justo por lo contrario. O quizá lo hacemos porque es nuestra forma de dormir bien cada noche, porque dejamos de ser cazarrecompensas hace tiempo, porque la vida nos enseñó desde temprano que la recompensa sólo la encontramos en nosotros mismos o, porque, aunque no siempre nos lo devuelvan, creemos que acabará devuelta por algún lugar del mundo. Ese mundo al que, también me dijeron, le falta tiempo para escucharnos unos a otros... Si nos falta tiempo para escucharnos a nosotros mismos, cómo vamos a escuchar a los demás. Si vivimos con la prisa en los talones, la cara larga por defecto y una pantalla a la que mirar para no pensar. Si hace tiempo que dejamos de darnos cuenta de que aquel que vive en nosotros dejó de hablarnos porque evitamos siquiera oírlo. Y entonces, él calla y callamos todos. Y nos volvemos sordos, ciegos (eso ya lo he dicho) e insensibles y con problemas sin solución porque no hay tiempo para solucionarlos.  Para qué habrá tiempo, entonces... Quizá si todos tuviésemos más tiempo, dejaría de haber problemas. Pero no está todo perdido... y eso también lo he dicho...

La construimos cuando, entre bromas, se sacan sonrisas que no se esperan. Cuando las respuestas también son sonrisas sinceras. Cuando la confianza se forja sin más, quizá porque ya estamos cansados de desconfiar y nos importa poco no conocer a los demás o, quizá, porque el tiempo corre en nuestra contra y no nos apetece ser sólo alguien de paso. Cuando no tenemos nada que perder y quizá sí mucho que ganar. Pero, sobre todo, construimos esa cadena cuando somos capaces de agradecer y continuar añadiendo eslabones por todos los que vengan y por todos los que están. 



Que a pesar de lo que digan las noticias, hoy la lluvia ha traído un aire de confianza plena en que el mundo no se ha vuelto tan loco y tan frío como a ratos nos parece, y en que aún queda algo de calor en el ser humano. 

domingo, 9 de octubre de 2016

Cuento de hadas

Los cuentos de hadas han cambiado: ya no hay hadas, aunque quizá sí mucho cuento, pero esa es otra historia. Ya no despertamos con un beso como hizo la bella durmiente después de pincharse con la aguja de la rueca. Las historias ahora son otras, sin duda, mejores. 

Vamos despertando de letargos intermitentes con palabras, con pequeñas promesas cumplidas, con risas escandalosas, con charlas escuchadas, con motivación y confianza, con historias que algún día puede que se cuenten, y quizá con algún que otro beso, para qué engañarnos, y algún que otro abrazo. Despertamos de una rutina absorbente a través de las muestras de afecto de los que tenemos alrededor y que se hacen más palpables en momentos concretos, esos en que la unión hace la fuerza, te eriza la piel y trae lagrimillas a los ojos. Uno de esos momentos en los que se dice un "te quiero" sin palabras. Y da igual si eres quien lo dice o quien lo escucha o quien lo siente. Eso ha dejado de ser importante. O quizá es más importante que nunca, porque parece que antes soñábamos sólo con escucharlos y ahora, al fin, sabemos que puede ser mucho más gratificante sentirlo y decirlo, aunque sea con una sonrisa mirando de soslayo, aunque sea con una mirada que no deja de buscar algo que, a ratos, parece encontrar y, a ratos, parece perder. Recuperamos la consciencia al reparar en qué es lo realmente importante, porque aunque mil veces lo entendamos, dejaremos de hacerlo otras mil más. Nos consumimos poco a poco, o de un momento a otro y, de repente, le dan una vuelta a la palanquita adecuada y la maquinaria comienza a funcionar, engrasando los engranajes necesarios para no quedarnos con el corazón parado y la cabeza aumentando revoluciones y sin posibilidad de echar el freno sin estamparse antes.



Y, al final, aparecen navíos de papel donde nunca antes los hubo, deseando emprender un viaje a ese lugar donde los mejores sueños y los más sencillos se hacen realidad, donde las hadas y los duendes vuelven a existir, donde los besos y las miradas sirven para despertar... y también para dormir. 

sábado, 24 de septiembre de 2016

Nuevo otoño

Otoño, llegas con aires de cambios, como se preveía. Propios, ajenos... eso da igual. Con ilusiones renovadas, con ganas de más. Con cigarros apagados que vuelven, irremediablemente, a arder alejados de aquellos propósitos que el año nuevo traía. Llegas con bailes tímidos que acaban desmelenando a pieles morenas y sin ganas de rendirte. Cargado de energía y sacando sonrisas. Siendo más tú que nunca. Porque eso es lo que haces nada más llegar. Siempre eres época de cambios, de olvidarte de las hojas viejas y secas, dejando a tus ramas desnudas, y esperar para renovarlas como sólo ellas se merecen. Vienes con proyectos de vidas nuevas abriéndose paso. Con personas que se marchan sin quererlo. Con ojos anegados en lágrimas que intentan mostrar atisbo de sonrisas leyendo mensajes. Con vidas pendientes de otras por lejos que estén, porque el corazón se queda cerca, muy cerca. Llegas con incertidumbres, con miradas escondidas que se apartan al cruzarse, con ganas de continuar dónde se dejó o con empezar de nuevo. Con decisiones intrascendentes que generan grandes cambios. Con vida en movimiento y un mundo entero girando. Llegas para quedarte, como siempre, aunque lo hagas poco a poco, y hasta que el blanco venga cubriéndolo todo a su paso me quedaré enganchada a ti y a tus ansias por empezar de nuevo. 


domingo, 18 de septiembre de 2016

Una noche en vela

Eran las dos de la mañana de uno de esos días en los que el verano empieza a despedirse más bruscamente de lo que nos gustaría. Sentados bajo la ventana tenían pensado dedicar todo lo que quedaba de noche acompañados de la botella de champán que habían dejado sobre el alfeizar y dos copas que ir rellenando a cada sorbo. Podría haber sido cerveza, pero la odiaban. O vino blanco, el favorito para la mitad de ellos y aceptable para la otra mitad. Pero no, era champán, aunque en el fondo no les gustase, porque es mundialmente conocido que es lo que toca en las celebraciones, y había mucho que celebrar. 

El frío empezaba a hacerse notar y, aunque hubiese sido más sensato levantarse en busca de algo que echarse sobre los hombros, ver cómo se erizaba la piel de cada uno con cada bocanada de viento les hacía sentirse más vivos aún. No dedicaron el tiempo a dar saltos, a gritar y a soltar todo lo que tenían contenido dentro desde hacía tanto tiempo como cualquiera podría imaginar en uno de esos momentos en que se derrocha vida a raudales, no. Se sentían vivos de esa forma en la que uno se queda mirando al infinito, pensando en todo lo que invirtió, en todo el esfuerzo, en todas las ganas, y los ojos se le iluminan. El infinito, hoy, estaba en sus miradas, y las ganas de llegar a él se saboreaban en el cosquilleo de cada burbuja de champán.

Las manos de él agarrando la copa eran perfectas: uñas cortadas a la misma medida, perfectamente limadas, sin ninguna clase de pico con el que arañarse o que morder con aquellos dientes ligeramente torcidos, dedos delgados y largos llenos de una delicadeza extrema en todo lo que hacían que desprendían de una manera un tanto difícil de explicar una sencillez desbordante, de esas que sólo las almas cálidas son capaces de mostrar. Las de ella eran otro cantar, los nervios en días pasados habían hecho estragos en sus dedos y en sus uñas, pero esa noche tampoco le importaba demasiado, así que mientras una sujetaba su copa, la otra se dedicaba a jugar con un mechón de pelo, enrollándolo una y otra vez a lo largo de su índice con media sonrisa en su cara. 

Varios años habían pasado desde que la métrica espacio-tiempo, divertida ella y con ganas de jugar, se las ingeniase para inventar momentos en los que coincidiesen en cualquier lugar, a cualquier hora y hasta varias veces al día, hasta que decidió presentarlos de una vez por todas. Y como si todo ese tiempo no hubiese pasado, como si se tratase de situaciones que se dan de un día para otro, allí estaban, medio borrachos antes de descorchar aquella botella que sería la única testigo de aquella noche en vela. Después de todos los encuentros, resultó que por lejanas que pareciesen, compartirían metas y llegarían a ellas juntos, de la mano y recargándose las pilas cuando fuera necesario.

Empezaba a amanecer, no habían dicho una sola palabra en toda la noche pero su silencio no fue incómodo en ningún sentido. Hubiesen tenido tanto que decirse, que era mejor no decir nada. Y el sol fue apareciendo por el horizonte mientras las copas tintinearon con un último brindis y la botella, vacía ya, dividió el primer rayo de la mañana en un haz de luces de colores sobre una pared blanca, tan blanca como las páginas de ese nuevo libro que habían empezado a escribir. 


jueves, 15 de septiembre de 2016

Todo se reduce al arte

Mírame. Así, justo así, con esos ojos. Y ahora se cierran. Genial... Y la cabeza bien alta, eso dicen, aunque hoy cambia por buenas razones. Y una mano relajada mientras la otra se dedica a jugar con tu pelo. Y quien venga, que tenga presente que quizá no todo es lo que hoy parece, pero por un día, bien merece la pena o más bien, la alegría.

Tu espalda, la parte favorita de un cuerpo que actúa, o lo intenta, como si no fuese él, que sabe, quizá, que puede creerse dueño de pensamientos turbios. Y un sofá, rojo, ironías de la vida(*), que lo presencia todo impasible, como si no fuese el testigo directo de que el mundo ha quedado a los pies de quien en él se sienta y se tumba.


Que por una vez, por un día, por todo el tiempo que el recuerdo dure y perdure, sabrás que puedes, que el mundo se puede comer a ratos y que los ratos pueden ser "para siempres". Y lo que los demás piensen se queda vacío frente a la sensación de ser protagonista de tu propia vida, que al fin y al cabo es de lo que se trata y que si por una vez, por un rato, por un día, los flashes sólo te buscan a ti liberándote de tapujos, vergüenzas y modestias varias, bienvenidos sean, que de vez en cuando está bien eso de ser papel principal. Sin olvidarte jamás, porque eso sería perder, de quien se devana los sesos para hacerte ver todo lo que tienes que ofrecer, midiendo tu luz o la que te rodea, de la que hoy, por un rato, por un día, te adueñas sin que nadie pueda reprocharte nada al respecto, ni siquiera tú, y que consigue que acabes iluminándolo todo a través de una sonrisa tímida al principio, pero sincera y confiada después. Y cuando te quieres dar cuenta, descubres que todo acaba siendo mejor de lo que imaginabas, que por un día, por un rato y por el tiempo que el recuerdo dure y perdure, la vida se pinta de colores sobre un fondo blanco, se coloca los tacones y dice: "aquí estoy". Y se te escapa una sonrisilla, esta vez de suficiencia, porque desde una parte de ese mundo interior sabes que hoy, por un rato, por un día, puedes mirar por encima del hombro a los demás y decir: "sí, soy yo; y hoy, por un rato, por un día y mientras el recuerdo dure y perdure, puedo con todo".




Y es que, al final, todo se reduce al arte...

(Fotografía: Alejandro Gonzalo)

domingo, 4 de septiembre de 2016

Sensaciones

Una brisa de aire fresco removiendo los mechones rebeldes a finales de verano. El olor a romero transportado por el viento en mitad de una caminata al comienzo de la mañana. Los primeros rayos de sol iluminando las sábanas que cubren un cuerpo desnudo. El aire entrando y saliendo rápido de los pulmones después del ejercicio. Las gotas de agua resbalando por la espalda después de la ducha. La risa de un niño soplando pompas de jabón. La luz cegadora de un flash captando momentos quién sabe si irrepetibles. Una melodía conocida, evocadora de recuerdos. El tacto de las teclas de un piano bajo los dedos. El roce de una pluma contra el papel enfrentándose al olvido. Encontrar algo que hacía tiempo no veías y deshacerte de ello con una sonrisa por el momento que fue y el recuerdo que será. Los latidos del corazón por aquello que está por venir. El nudo en la garganta que impide hablar cuando las palabras y las emociones se agolpan en algún lugar del pecho. La energía desbordante de seguir un impulso olvidándose de lo demás. Hundir la mano en un saco de legumbres. El orgullo de conseguir lo anhelado después del esfuerzo. Retomar el contacto con quien se fue y que nada haya cambiado o, incluso, que llegue a ser mejor de lo que era. El roce de una mano que eriza hasta el último poro de la piel. La satisfacción de un trabajo bien hecho. Una despedida y una bienvenida. La primera sábana de invierno de la temporada. La primera de verano. Un regalo inesperado, en ambos sentidos. Un sueño reparador. Un buen desayuno. Una charla interesante y sincera con amigos. Jugar a estrenar vida nueva con sólo estrenar unos vaqueros. Crear algo y que guste. El tacto suave de un tejido que consigue, sin entender bien cómo, dejarte fuera de juego. Empezar un cuaderno nuevo. Un folio en blanco. Despertar de tus ensoñaciones con una sonrisa en la cara. La espera de algo grande. Empezar un bueno libro. Acabarlo. Todas las primeras veces. Empaparse del mundo. Darse cuenta de lo pequeños y grandes que somos al mismo tiempo. Conocer a alguien distinto. Las luces de Navidad que nos devuelven a la infancia. La sonrisa del abuelo mientras cuenta las historias que nunca te cansarás de escuchar. Darse un capricho a uno mismo. La ilusión de comenzar nuevos proyectos, siempre mayor que el miedo. Una estrella fugaz segura en su viaje transportando a la vista de todos los deseos más escondidos. El olor a tierra mojada tras la primera tormenta del otoño. Dormir escuchando los truenos. Un abrazo de esos cargados de paz, de tranquilidad y de "si ahora se acaba el mundo, a mi me da igual". Una mirada sincera que expresa más que todas las palabras del diccionario juntas. Llorar de la risa y no poder parar por mucho que duela la tripa. Imaginar. Soñar. Tocar. Oír. Mirar. Pensar. Reír. Llorar. Saltar... Sentir.



domingo, 14 de agosto de 2016

Treinta segundos

Treinta segundos... cómo si eso fuese a considerarse tiempo alguno... Y por ellos merecían la pena las veinticuatro horas de cada día. Sólo treinta segundos en los que se intercambiaban dos miradas, un roce, una conversación absurda acerca del tiempo, del fin de semana o del trabajo y, quizá, si había suerte, se colaba un guiño en la despedida. Y con eso se quedaban, como si fuese suficiente. Posiblemente lo fuese. Quién sabe si por su lado, por el de ambos, pasaron torbellinos que destrozaron corazones o, en ese momento, pertenecían a alguien más. Y para qué saberlo, pensaban. ¿De verdad era importante?. Con lo divertido que era imaginar. Con lo divertidos que eran aquellos treinta segundos. Con la explosión de todo y de nada que se generaba en el interior de cada uno. Con ese juego que los dos habían inventado donde las reglas eran propiedad de nadie y conocidas por todos. Y, cuando en esos treinta segundos aparecía alguien, miradas cómplices se cruzaban que parecían decir "otra vez será". Y se cambiaban horarios y trayectos que hacían más interesante aquello de la espera. Todo por verse sonreír. Y poco a poco, las conversaciones eran menos absurdas y más sensatas. Y poco a poco, como sin ser conscientes de la que se podía venir encima, detalles de sus vidas salían a relucir. Y se guardaban en una especie de diario, no fuese a ser que algún día se necesitase esa información y resultase estar perdida. Y ya estaban al tanto de esos planes de fin de semana del otro y, cada lunes, aquel "¿qué tal?" llevaba implícitas unas ganas tremendas de saber qué ocurrió, si fue bonito aquello que vieron, si se divirtieron, si disfrutaron o si llegaron el domingo pensando que mejor hubiese sido quedarse en casa. Pero treinta segundos no dan para mucho, así que tampoco daban para contar grandes aventuras. Aunque, como era de esperar, entre tantas miradas ya habían aprendido a leer las suyas. Por eso lo mejor de todo era que en treinta segundos, según cruzaban la mirada por primera vez en esas veinticuatro horas, sabían formular las preguntas exactas para dar con la clave del por qué de ese mal día o de la alegría desbordante que sentían. Pero, para ser sinceros, lo del mal día era más difícil, y es que, inevitablemente, esos treinta segundos convertían cualquier día en el mejor.



Pero, pasados ya, todo se quedaba en un mensaje algo parecido a ese de las máquinas expendedoras: "Su tabaco. Gracias". O, quizá, fuese algo más parecido al de las gasolineras, ese que siempre dice: "Gracias. Buen viaje". Y sí, definitivamente, se parecía más a ese último. "Buen viaje y hasta mañana". 

sábado, 9 de julio de 2016

En mayúsculas y a mi manera

No fue esta vez, todo se desvaneció de un momento a otro, y eso que parecía real en tu cabeza. Todas las miras puestas en una ilusión, toda la gente importante concentrada en la misma meta, contigo, y de pronto, todo se acaba de un plumazo, con un nombre que no aparece, y te preguntas: "¿ya está? ¿así se acaba?". Pues sí, así termina. Hasta que vuelva a comenzar. Y bueno, bien visto, al menos así puedes seguir soñando, imaginando y disfrutando con el momento en que todo llegue y se comparta, y es que la ilusión mueve montañas. Que esto te acaba haciendo fuerte, si no lo ha hecho ya, que no pueden contigo, que las ganas de seguir no te las quita nadie, que a los cuatro días ya estabas pensando en empezar de nuevo y comértelos con más ganas si cabe (aunque esperarás un año y algo, que bien merecido tienes el descanso). Aún así, y a pesar de toda esa fortaleza que (hoy te mereces el halago y a quien no le guste, que no lea, total...) tienes a raudales, se agradecieron los abrazos y los besos, se agradecieron las miradas y los suspiros, el cabrearse un rato con el mundo, se agradecieron las manos en la espalda y el no separarse de una silla, de una mesa y de una mirada perdida en la pantalla de un ordenador... Suerte la tuya de contar con ellos... Y, entonces, te vienen a la cabeza las palabras de alguien que es energía pura y positivismo en cascada, unas palabras que en una despedida hicieron mucho, que hablaban de una filosofía de vida que tú también compartes aunque habías olvidado, y es "que todo pasa por algo". Y recuerdas que si no hubiese sido por otras circunstancias hace un tiempo, no hubieses pasado ocho meses rodeada de tanta gente que, sin duda, merece la pena; habrías estado rodeada de otra gente, sí, pero no habría sido igual y, hoy por hoy, no lo cambias. Y quién sabe si gracias a los malos ratos, acaban llegando otros aún mejores.

Ocho meses... madre mía, y tú con un coche cargado hasta arriba que no estabas segura de que fuese a llevarte a tu destino sana y salva. En la maleta llevabas montones de cosas que hasta ese día no eras consciente de que utilizabas y, escondido por los rincones, un miedo más grande que la ilusión y una ilusión más grande que el miedo. ¿Dónde te habías metido? ¿En qué momento de tu existencia se te ocurrió dedicarte a esto? Pero ya daba igual, ya estaba hecho, ya no había vuelta atrás. Y te cargaste de libros un viernes de octubre, total, ¿para qué?, si no sabías ni cuánto eran 2 + 2... Pero todo fue mejorando, entre agobios, risas, charlas, consejos, alguna lagrimilla y garabatos en un folio con una Vacumatic (o lo que tocase en el momento) que hacía que, allí, alejada de todo y de todos los que hasta entonces eran tus imprescindibles, siguieses conectada con lo que te hacía ser tú.




De todo se aprende, y después de estos ochos meses te llevas la maleta llena de nuevo, pero esta vez de enseñanzas y lecciones por parte de esas personas que se han cruzado en tu camino que, sin duda, te servirán allá donde vayas a seguir enseñando, porque está claro que eso es lo que quieres seguir haciendo. Y entonces, te das cuenta de las paradojas que tiene la vida a veces, porque por muy "olvidada" que sea la "torre", será imposible de olvidar... Y (y esto sí lo digo en primera persona) por muy ausente que parezca a veces, las GRACIAS las doy siempre en mayúsculas, y a mi manera...   

domingo, 8 de mayo de 2016

Compra azúcar

- Dime, ¿alguna vez has pensado en algo que te hubiese gustado hacer y ya no pudieses?

- Si, hace un rato, en el desayuno. Siempre tomo el café con dos cucharadas de azúcar, pero hoy he tenido que echarle sólo una porque se había acabado...

- Te estoy hablando en serio.

- Yo qué sé... Supongo... ¿quién no?

- ¿Y qué era?

- Qué más da. Total, no lo hice y ya está. Ya no tiene remedio. Es tontería mover historias pasadas.

- Bueno, vale, pero... ¿y si volvieses a tener la oportunidad? Es más, ¿y si en realidad nunca la hubieses perdido?

- ¡Mira que cansas a veces, eh! Pues... imagino que lo intentaría, no sé, se supone que eso es lo que debo decir, ¿no?. Bah... seguiría sin tener valor, para qué nos vamos a engañar. De hecho, sigo sin tener valor. Sabes que siempre he sido cobarde, que todo lo que no me venga dado en cierto modo o que no sea ya seguro, acaba por paralizarme. Ya me gustaría a mi cambiarlo, pero no puedo, no me sale, no... no, ya está. Que eso de cumplir sueños está muy bien en la teoría, pero la práctica es mucho más complicada, por no decirte imposible. Ya ves tú que haría yo publicando un... bueno, eso. ¿Y qué iba a decir la gente? Tú me apoyarías, claro, tienes un don para decir lo que cada uno necesitamos escuchar en el momento preciso en que necesitamos escucharlo, pero los demás acabarían cuchicheando a mis espaldas, sonrisas y buenas caras delante, pero no podría fiarme detrás. Que no digo yo que todas las personas sean así, que yo no lo soy y tampoco haría algo así, pero... pues eso, que siempre hay un pero, y en este caso, muchos. Que no, ya está... Si total, tampoco me pierdo tanto... pero es que... ¡llegas tú y me lías! ¡Qué manía con las conversaciones mañaneras de domingo! No sé cómo lo haces, pero cada lunes acaba empezando con algo más que con la semana. Y mira que te odio por eso...

- Y a mí que me encanta que me odies por eso... mañana ya se te habrá pasado. Por cierto, compra azúcar.


domingo, 24 de abril de 2016

Dibujarte

Me gustaría dibujarte, tomar un lápiz entre mis manos y recorrer tu contorno sin prisa. Descubrir en cada trazo dónde se esconden tus cicatrices más profundas y sacarlas a la luz entre las sombras de tu cuerpo para conseguir que, a fuerza de verlas, comiencen a pasar desapercibidas. Y si te dibujase, comenzaría por tu boca, marcando bien la curva de tu sonrisa, porque ella es eterna y no sería justo no dejar constancia de la alegría que transmite. Quizá siguiese por tus manos, esas que dan calma y seguridad a partes iguales, esas que dejaría atadas a las mías, porque a veces no hay mayor libertad que estar amarrado a extremidades ajenas. Y seguiría dibujando tu cabeza, puede que el pelo o tus pensamientos, no lo tengo claro. Aunque creo que, si pudiese, seguiría por estos últimos, para empaparme bien de todo aquello que crees, de todo aquello que piensas, de todo aquello que en algún momento sería nuestra igualdad y nuestra diferencia, para intentar ser un poquito más como tú y así poder entenderte. Seguiría con tus pies y, de ahí, con tus piernas, que son los que se encargan de andar tu camino y conocen cuantas son las piedras con las que tropezaste y cuantas veces te has caído. También están al tanto de hacia donde te diriges y yo confío en que, a fuerza de hacer borrones dibujando tu meñique, el resto de dedos me lo chiven. Y por último, dibujaría tu pecho, perfilando bien cada uno de tus latidos y acelerándolos cuando yo estuviese cerca, porque total, ya que te dibujo, lo hago a mi manera. Pero ya ves, no sé dibujar, te dibujo a ratos, a trozos, a trazos... y así sales, sin brazos, sin cuello... pero quizá es que estos no los quiera en el papel, quizá quiera al segundo como refugio indestructible y a los primeros enroscados a mi cuerpo.


domingo, 17 de abril de 2016

Dulce introducción al caos

Era su dulce introducción al caos, aunque su caos ya fuese más que conocido. Todo iba y venía, apresurado, acelerado, sin dar tiempo a pararse a pensar si lo que venía ocurriendo desde hacía varios meses tenía algún sentido o formaba parte de ese caos que, ya había asumido, era imposible de ordenar. Hoy sí, mañana no, pasado... habrá que esperar a que llegue, que dos días ya es hablar de futuro a largo plazo. 

Mientras tanto, se repetía en bucle aquella canción, del mismo modo que se repiten las historias, del mismo modo que pasan los días. Y en medio de ese bucle que, si no fuese porque la vida en este mundo tiene que acabar, hubiese sido infinito, empezó a darse cuenta de algo que hasta ese momento había pasado desapercibido: que donde nunca pasa nada, un día sólo habrá escombros, cenizas, ruinas. Que el viento, si pasa por nuestro lado, mueve nuestro pelo, aunque no queramos, y pensar otra cosa no tiene sentido. Y una vez que se ha movido, ningún cabello vuelve al sitio en el que estaba. Esta vez, quizá el viento había llegado con más fuerza de lo que en un principio pudo parecer y alborotó su pelo entero, pero admitirlo sería darle la razón a aquellos que decían que, en el fondo, su corazón no era de piedra, y eso no, eso nunca. Justo ahora que había aprendido a vivir sin sentimientos no iba a dejar que cuatro rachas de viento mal orientadas le hicieran perder la partida, ya no.




Así que ya podía el viento derribar muros, arrancar árboles de cuajo y levantar tejados si le venía en gana, que en su pecho él ya había hecho las reformas necesarias y cerrado bien puertas y ventanas para que ni una ligera corriente se sintiese, para poder quedarse dentro y empezar a ordenar los estantes que, en un descuido, se tambalearon y dejaron caer algún libro al suelo. Y en medio de ese desorden descubrió, de nuevo, aquella canción. Reconoció los acordes nada más empezar. "Ya ves", pensaba, "y yo que te creía en la basura". Ella... Y ni las reformas ni los cierres de seguridad fueron suficientes; el viento entró y lo arrasó todo a su paso, mientras él, inmóvil, no pudo hacer nada por evitarlo. Puede que fuese el momento de dejar de hacerse el valiente y serlo de verdad, que fuese el momento de dejar que el viento le empujase al lugar de donde nunca debió partir. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Bésame mientras te verso

Dejémonos de romanticismos, de ñoñerías, de corazones saliendo de nuestros ojos y mariposas bailando en nuestro estómago. Olvidémonos de aquellos grandes poetas que hicieron que morir de amor fuese algo posible, cotidiano e, incluso, necesario. Que me perdonen ellos, que sé que jamás deberíamos olvidarnos de la poesía, esa que calma la sed de nuevos versos, ¿o eran besos?. Y es que a mí ya me da igual si me versas o me besas. Yo, de momento, me basto con hacerlo con v y con r, que quizá, si estuvieses delante, lo convertiría todo en una vorágine de labios encadenados a tu espalda, a tu cuello, a tu boca... Qué más da si son largos o cortos, mientras sean, los versos, digo, aunque también los besos. Que no, que hoy no me convences con amores baratos de cuentos de hadas, ni con flores y bombones, ni con desastres naturales si no caigo rendida a tus pies. Que hoy me quedo más cerca y más lejos a la vez, o quizá sea al revés. Que entre versos y besos sigo sin encontrar más diferencia que un par de letras y que por más que pase el tiempo, yo siempre me quedaré con la primera después de la segunda, y viceversa. Y cada letra que se escapa es una razón más para poder sobrevivir sin tus labios pegados a mi cuello. Ya ves, aun huyendo siempre acabo volviendo. Y que hoy, por ser hoy, o quizá porque no podría ser otro día, me quedo aquí, sentada, dejando fluir la tinta con la rabia de que, aunque alguna noche nos versáramos, nunca nos besamos, con la certeza de que nunca batiríamos ningún récord alargando un beso, pero sabiendo que, si me dejas, alargo todos los versos que me quedan por escribir para llegar a tus labios y jugar allí, mientras me lees, a cambiar ese par de letras. 


domingo, 10 de abril de 2016

Tinta y borrones

Te andaba buscando desde hace tiempo. Casi no me di cuenta de que te habías ido, simplemente, un día miré al lado y ya no estabas. Tampoco pensé mucho en ello, tendrías mejores cosas que hacer, porque la verdad es que últimamente mi compañía era un auténtico tostón. Normal que salieses por patas.
 
Y no sé bien cómo, hace unos días asomaste la cabeza por la puerta, con mirada dubitativa, sin saber muy bien si acabaría echándote o dejaría que te quedaras. Evidentemente, te dejé. Es probable, incluso, que yo misma te llamase a voces y por eso aparecieses. La verdad es que no lo recuerdo, pero tampoco te preocupes, no te lo tomes a mal ni como algo personal, es sólo que de un tiempo a esta parte tiendo a olvidar las cosas importantes. Precisamente por eso creo que te llamé y que no viniste por casualidad, para recordarme todo lo que merece la pena. 

Un té rojo, el viento y la naturaleza han sido testigos de tu regreso. Algunas risas y recuerdos también. Y no, no te aseguro que esta vez vaya a ser mejor, ya me gustaría, aunque prometo intentarlo. Ya ves, incluso lo más fácil se torna complicado a veces. Incluso lo más cercano, resulta estar lejos. Lo que sí te aseguro, es que antes o después dejaré que te quedes y procuraré no aburrirte, dejaré que te expreses con libertad y, sobre todo, que me contagies tus ganas de comerte el mundo a ratos, porque al fin y al cabo, eso es lo que eres, ratos, esos ratitos que lo son todo y que ahora faltan. 




Y mientras tanto, mientras llegas para quedarte, déjame disfrutar de este ratito contigo, de esta pequeña visita, y déjame también agradecerte que no te acabes de ir, que sigas sentándote en la esquinita de la cama con esa media sonrisa que me da la vida y con la certeza de que, pase lo que pase y cuando nada parezca quedar, tú seguirás manchando el papel con tinta y borrones. 

sábado, 26 de marzo de 2016

Camisas por pares

El sol comenzaba a estar a una altura que cualquiera pensaría que podría alcanzarlo. Desprendía una luz rojiza y le daba al cielo ese color anaranjado de los atardeceres que quedan guardados en nuestra retina para siempre. Aunque, para ser sinceros, ese color a ella hoy le traía sin cuidado. Tenía cosas mejores en las que fijarse. En aquella fotografía, por ejemplo. 

Cuarenta años habían pasado, puede que alguno más. En ella no se veían colores, eso de las fotografías a color era un lujo al alcance de muy pocos, pero esos blancos, negros y grises dejaban mucho más a la imaginación, pequeñas ventajas. Cuántas veces, en su memoria, había cambiado el color de la falda que ese día llevaba, mirando la fotografía. Aquel amarillo no le hacía justicia y, a estas alturas de la vida, le importaba tres pimientos lo que la gente pensara si se piropeaba a ella misma, es lo que tenía el hacerse mayor, que uno ya podía decir y hacer lo que le viniese en gana. Y ella sabía que, por aquellos años, no podía estar más guapa. Y la camisa... blanca, impoluta. Hasta que él le derramó el café encima. ¡Menudo disgusto tuvo él durante días! Y hasta eso se nota en la fotografía; sin necesidad de conocerlo se le adivina una sonrisa forzada y un ojo desviado mirando la mancha de su acompañante. Otra de las ventajas de aquellos tiempos: el instante quedaba guardado para siempre y no había posibilidad de repetición. Las fotografías resultaban ser mucho más reales y captaban la esencia de momentos que hoy se borran apretando un botón. Hemos avanzado hacia atrás, pensaba, no hay duda. Y así aparecían en la fotografía, con una sonrisa fingida y otra de las de verdad, porque a ella no le importó su torpeza, le pareció hasta graciosa, y mucho más su enfado. En esa época en la que aún había que ir a buscar a quien querías ver, él pasó días mirando hacia el suelo con cara de niño arrepentido mientras paseaban. Aún hoy, después de tanto tiempo, esa expresión seguía intacta. Aún hoy, después de todo lo vivido, seguía derramándole el café. Y aún hoy, ella seguía riendo cuando eso ocurría. Por supuesto, no podía ser de otra forma, había aprendido a comprar las camisas como se compran los calcetines, por pares. Pero, sin lugar a dudas, merecía la pena el doble gasto, por seguir viendo su cara de niño y por demostrar al mundo que la esencia de dos almas no cambia porque cambien los años y que aquello que une de verdad, une para siempre. 



Y pensando en eso, que quién sabe si será cierto, otro atardecer se quedó guardado en la retina, otro como el de aquella vieja fotografía llena de color. 

martes, 22 de marzo de 2016

Se nos fue de las manos

Dónde acudir cuando no queda nada, cuando todo se rompe en miles de pedazos y los pedazos materiales, nos damos cuenta, carecen de importancia. Y, como tantos otros, busco refugio. El mío está en las letras, igual que el tuyo, pero esas hoy no nos dan cobijo frente a tanto frío. Ya no importa si son versos los que hablan o prosa sin sentido. Quedarse sin respuestas es una putada y el mundo sigue yendose a la mierda. Y puede que esta última frase se deba a que de un tiempo a esta parte en mi coche suenan acordes de rock, o puede que sea el hastío. Y quiero pensar, ahora que parece que mi refugio abre sus puertas, que queda la poesía, que quedan las letras o, quizá, puede que sólo queden las notas tristes de un piano en mitad de una noche donde las estrellas se apagaron. Que no hay sonetos ni novelas ni canciones protesta que curen las heridas abiertas. Que no hay minutos de silencio que valgan. Que un silencio tampoco sana. Y, para ser sinceros, si por minutos de silencio fuera, deberíamos volvernos todos mudos por tiempo indefinido. Ya no hay flores que cambiar por balas, se marchitaron. Quizá quede el arte, ojalá quede él. Y algún día, este nos enseñe que el camino estaba equivocado, que la libertad venía a su lado y que el error estuvo en dejarlo arrumbado en un contenedor esperando que aquella noche, la que se quedó sin estrellas, alguien rebuscando en la basura empezase a restaurarlo. Y mientras ese día llega, hoy me voy a la cama con la certeza de que se nos fue de las manos...



domingo, 20 de marzo de 2016

Las escaleras más largas del mundo

"¡Id por la acera o nos volvemos!", se escucha. Y todos resoplamos, ¡que rollo!, y encima pretenderá que nos creamos que nos vamos a volver. Obedecemos durante 2 minutos y, en cuanto vuelva a girarse, nos encontrará de nuevo por mitad de la calle. Si vienen coches, que se aparten. Y si cruzamos de un lado a otro, que esperen, si sólo somos 64. "¿Y tú qué vas a hacer esta tarde?", ¿por dónde nos lleva?, ¡pero si es mucho más fácil por la siguiente calle!", "y en dos días vacaciones...", "y detrás la de lengua, con el suspenso que me va a caer en su asignatura...", "¿a ti cuántas te van a quedar?". Y vamos llegando: "¿podemos ir a beber agua?" "Sí, pero id de tres en tres y cuando vuelva un grupo, que vaya otro"... "pffff, pues no tardan nada aquellos tres...". "¿Podemos ir a soltar las mochilas?, que mi casa está aquí al lado". Y las puertas se abren y empezamos a subir. 

Yo me quedo atrás, y cuando ya estén todos sentados elegiré mi sitio. Entre todos, como siempre. Un compañero y a disfrutar de la función. Mujeres de ciencia o algo así se llama la obra. Si, hoy vamos al teatro. Y todos hablan y la obra va a comenzar. "Silencio" digo mirando con cara seria. Pero... ¿yo?. Si hace un rato era yo la que hablaba... y ahora mando callar... y en la obra viajan en el tiempo y... ¿cuándo fui yo la que viajó?. No puede ser, si cuando estaba fuera era yo quien quería beber agua, quien quería dejar la mochila, quien pensaba en lo que haría por la tarde con cara de ilusión y quien iba al teatro con la autorización firmada. ¿En qué momento he llegado a sentarme y pedir silencio? Y recuerdo a todos aquellos que alguna vez me mandaron callar y no creo que sea posible que ahora ocupe su lugar. Que el tiempo pasó, está claro, aunque no sé cuando, quizá mientras subía por las escaleras, unos doce años subiéndolas. Las escaleras más largas del mundo, porque por más que lo pienso, no sé qué he hecho en todo ese tiempo, salvo subir escaleras, que el tiempo ha sido corto y no ha debido darme para más... que los pensamientos se agolpan en mi cabeza y, de repente, me quedo sin recuerdos, más que esos, los de hace un rato, los de fuera del teatro. 




Ahí está la de lengua... sí... que los recoja ella, que los mande a casa, que los cuente. ¿Están todos? ¿Sí?... pues de vuelta. Y por el camino, ya no sé si andar por mitad de la carretera... y si viene un coche, que espere... total, con lo rápido que pasan 12 años, dudo que le deba importar parar su vida mientras me ubico en la mía. 

domingo, 13 de marzo de 2016

Historias de verdad

Hoy es un día especial. Especial por esas cosas sin importancia que hacen especiales a los días. Como una historia que te cuentan de pasada y que nos hace recapacitar sobre la vida que llevamos. Una lástima que esas historias guarden relación con el impedimento real de volver atrás y retomar el camino por donde se dejó. Una historia de esas que son de película o de libro pero que, sin embargo, ocurren más a menudo de lo que pensamos. Y, claro, como todas esas historias, esta también es de amor, del de verdad, que la historia era gratis y ni la época ni los personajes podían permitirse comprarlo.

Quienes eran, quienes fueron o quienes son es lo de menos, pero se quisieron. Y a pesar del carácter retraído de él y de la sonrisa pícara de ella, sus piezas parece que encajaron sin dificultad alguna para formar un puzzle que bien podría hoy seguir mostrando la imagen que tocase después de tantos años. Apostaron un reloj, el de él, por una tontería de esas de antaño: que si viniste a verme el domingo pasado o no. Y perdió. Durante una semana no supo qué hora era y estoy segura de que mereció la pena por sentir que una parte de él, aunque fuese pequeña, estaba atada a su muñeca. Pero algo se torció, no se sabe bien qué, y han pasado años... y yo maldigo la incertidumbre, la mía hace unas horas y la de ellos durante décadas. ¿Tan difícil era?, ¿tan difícil es?. Debe ser que la respuesta es "sí", porque si es "no", no sé que hace la vida pasando, ni por qué pasó tanto tiempo que se agotó. Porque sí, en esta historia el tiempo se agotó de manera literal. Él miró a otro lado y encontró a otra persona. Ella también. Y comenzaron una vida separados donde una sonrisa no podía ser correspondida, donde un saludo no podía ser devuelto, donde pensar el uno en el otro estaba prohibido por aquellos que llegaron y que sabían que lo que ellos dos sentían era tan fuerte, que la prohibición era la única manera de intentar conservar aquellos amores que sin duda se quedaban pequeños. Y siguieron pasando los años. Y las sonrisas y los saludos dejaron de aparecer. Y ella, a miles de kilómetros ya, se dio cuenta de que las sonrisas que debería tener al lado nunca habían aparecido, que quizá desde que ese algo se torció, dejó de tener sonrisas y se agarró a una seguridad que hoy por hoy ya sólo depende de ella, porque el pilar donde podría apoyarse también resultó estar torcido. Él se fue, para siempre, y no soy la única que piensa que alguna vez o puede que todas, pensó en ella. Y hoy, después de tanto tiempo, ella lo visita y le sigue recordando aquel reloj que le ganó en una apuesta, y sintiendo que aún hoy sigue siendo tan difícil que no se atreve a llevar flores porque, simplemente, las sonrisas no estaban permitidas. 



Y aunque parezca mentira, resulta que historias así existen. Amores que se escapan entre los dedos sin más explicaciones y que permanecen dentro de nosotros siempre. Puede que, hablando en serio, y dejando de lado todas las palabras encadenadas que voy soltando aquí, sin sentido alguno cuando se ven desde fuera y que cada cual interpretará como le venga en gana, nos estemos equivocando todos con eso de esperar momentos adecuados, de acabar historias o no empezarlas porque antes debemos encontrar quienes somos nosotros, tan de moda últimamente, o con poner excusas a los demás o incluso a nosotros mismos de ese tipo cuando lo cierto es que no sentimos absolutamente nada por la otra persona o, lo que es peor, tenemos un miedo que nos morimos a poder llegar a sentirlo. Porque todos, alguna vez, hemos acabado poniéndolas y poniéndonoslas. Que soy de la opinión de que eso de la media naranja es un cuento chino, que el amor es de verdad sin necesidad de que nos completen e historias como esta me dan la razón. Que el amor a primera vista se va, antes o después, la gran mayoría de ocasiones, y que un chocolate caliente en una tarde de invierno acompañado de una posible buena charla, no es indicador más que de que confiamos en que la charla sea interesante, y quizá, sin más, podríamos empezar a poner fecha y hora, que lo peor que puede pasar es que nos suba el azúcar, y quién sabe si también entraríamos en calor...


Lío de estaciones

Hace frío, tanto que una capa de hielo lo cubre todo y es tan resbaladiza que hace tiempo que nos salimos de la carretera sin darnos cuenta. Y es que hace tanto frío, que se nos ha olvidado esperar al verano, que parece que ha dejado de existir, como si ya no fuese a volver. Ya no quedan resquicios ni del otoño con aires frescos que aún conservaba la calidez en octubre de aquel mes de mayo... no, ya solo es marzo, y ha venido frío a pesar de estar a diez días de la primavera.

Quizá habrá que esperar a que llegue ella, como llega siempre, pisando fuerte sin hacer ruido. Puede que no todo sea el rugir de un motor, aunque sea el de una Harley. Puede que se haya quedado a mitad de camino por intentar no seguir corriendo en círculos, por intentar construir algo nuevo, por intentar edificar lo de dentro antes que lo de fuera. Y que a base de alcohol y de huir de la turbidez del humo de un cigarro, las cosas se vean más claras, más transparentes. 

Pero al otoño y a su compañera le apagaron las luces, los echaron de la sala, y fuera hacía tanto frío que corrieron a casa, cada cual a la suya, y el cielo se nubló, tanto que no se vio y tampoco se escuchó. Y su historia se quedó por el camino, justo por la mitad. Sin empezar ni acabar. Sin un "adiós", ni un "cuídate", ni un "nos vemos pronto".

Y puede que en realidad fuese eso, el otoño. Que sólo tuviese sentido con él, que las hojas de los árboles sólo se cayeran porque era lo que tocaba en esa época del año o de la vida. Y que una vez en el suelo, lo más difícil estaba hecho y cada árbol podría llegar a su propia primavera por sí solo. Y quizá el otoño no era él, sino ella, que por un momento sintió una ráfaga de aire frío y se asustó pensando que las estaciones se habían mezclado y que ya no sabía bien cual era su lugar, y tomó la que tuvo más a mano, la que se ofreció, para poder reordenar un poco todas sus hojas caídas y esperar que llegase la primavera e incluso el verano con otros regalos que nada tenían ya que ver con aquellos que ella pensaba. 




Y el caso es que, con este lío de estaciones, los trenes parecen partir sin destino conocido. 

domingo, 28 de febrero de 2016

Menos mal que tú te quedaste

Cristales empapados y miradas al cielo desde un sofá igual pero, sin duda, distinto. Y después de un día entero dando vueltas y más vueltas llega el momento de aporracear teclas, esas que se quedaron para no olvidarlo todo, para intentar mantener un lazo con un nudo lo mejor hecho que se pudo uniendo el siempre y el ahora.

Menos mal que tú te quedaste... 

Y, a veces, esa que se va, vuelve. A ratos, una vez al mes quizá. Poco, en realidad. Pero el caso es que vuelve, se acomoda, se sienta contigo en el brasero y te mira sin mirarte y te habla sin hablarte. Y tú la miras de reojo, con hostilidad, sin disimular, que se dé cuenta y sea plenamente consciente, que no le quepa la más mínima duda de que no la quieres aquí, que no la quieres cerca, que se vaya. Que aunque el azul sea uno de tus colores favoritos, a tu lado no pinta bien, no pinta nada.
 
Menos mal que tú te quedaste...

Y si de colores va la cosa, el amarillo no me gusta, pero lo prefiero. Así que si te quedas, cambia de color. Báilame el agua que no acepto un no por respuesta, que me da igual lo que pienses. Porque habrá tiempo y lugares. Porque habrá personas y amores. Porque habrá futuro. Porque habrá ganas y fuerzas. Porque habrá nuevos retos y sueños. Porque volverá o volveré. Porque se echará de menos. Porque, al final, siempre merece la pena. 




Menos mal que tú te quedaste...

domingo, 14 de febrero de 2016

Un domingo

Fuera llueve. Y el cielo está empezando a oscurecerse. Y quién sabe si será verdad eso de que va a nevar. Y un trueno me recuerda que hay tormentas por llegar. Y... los domingos, en cierto modo, vuelven a ser lo que eran.


Y es que fue un domingo cuando cambié de nombre al despertarme contigo huyendo de todos esos lugares que habían dejado de rebosar felicidad. Y todo cambió ese domingo, o quizá era jueves, no quiero mentir, el día es lo de menos. Me despedí de todo, de todos y sentí miedo, una bola inmensa de miedo que se apoderó de mi garganta y de mi pecho sin dejarme respirar, sin dejarme avanzar por medios propios y dejándome a la deriva, sólo movida por la inercia que arrastraba después de tanto tiempo cogiendo carrerilla. Y creo que, en mitad de algún lugar que ahora no recuerdo, perdí algo; puede que fuese parte de la niña que llevaba dentro, o quizá sólo fue un zapato, al más puro estilo cenicienta, pero sin la ceniza ni el príncipe ni un reloj dando campanadas, y mucho menos con la espera de que el zapato fuese devuelto. En fin, que me pierdo... como el zapato. Llevaba un libro, eso sí lo recuerdo. Supongo que por la seguridad que dan a veces, porque, al fin y al cabo, los personajes de dentro no escaparán, porque en ellos, siempre podrás confiar. Y, bueno, hasta él se quedó en blanco en ocasiones. ¿Dónde están las letras? ¿Y las historias? Si es que ni leyéndolas las leo, o las leía. Ya empiezan a tomar forma, aunque esta no la tenga. Y a base de quedarme en blanco, conseguí lo más difícil de todo: que no fuese el folio un espejo de mí misma. Que el miedo al folio en blanco se esfumase y no tuviese cabida. Ya no era una opción. Cómo serlo justo ahora, justo hoy, justo ese domingo... ah, no, que he dicho que era jueves. Y los domingos... bueno, da igual, volvieron a ser diferentes, o iguales o... domingos. Por que sí, era domingo, siempre lo fue. Y ese, justo ese, renací. Y volví a mirar a mi lado y... ¿te vi? Quizá, o quizá no. Quizá tampoco estaba huyendo, quizá todos aquellos lugares seguían rebosando felicidad y sólo podría despertarme contigo cuando la felicidad fuese compartida, cuando ya viniese dada y el resto... el resto ya llegaría algún domingo. Uno como este, sin sentido y con sonrisas... sí, así. Que el resto, ya llegaría algún domingo. 

sábado, 6 de febrero de 2016

Y así, sí

Hoy te he visto en una canción, sin esperarlo. Y la he visto a ella también, como escondida entre sus notas. Una de esas sorpresas que a veces dan las tardes de sábado. 

Y justo es ella quien se encuentra ahora andando de frente, tranquila, sin demasiada prisa y mirando de vez en cuando hacía atrás por ver si esa canción vuelve a sonar escondida entre las hojas de los árboles que marcan el camino.

Y parece que te ve, a lo lejos, tumbado en la orilla y mirando al cielo, escuchando el rugir de la vida, sintiendo el viento, la libertad y procurando no caer de nuevo, buscando aquello que te haga quedarte en pie, mirar al espejo y decir: ahora sí. Intentando en tu fuero interno no perderle la pista y siendo consciente de que aunque toda búsqueda y todo encuentro llevan implícita la posibilidad de una pérdida, todos necesitamos arriesgar para crecer, para creer, para crear. Y así, sí. 




Ojalá encuentres lo que estás buscando sin parar... 

domingo, 31 de enero de 2016

La soledad del reloj

Silencio. Hay quien se pregunta si se puede escuchar y sí, se escucha. Quizá por eso, el segundero de un reloj puede llegar a hacer tanta compañía o que te sientas tan solo. Y parecen los pasos apresurados, o puede que lentos, del devenir de esta vida, lo único que nos ata y nos desata de lo real y lo ficticio. Y sigue: tic-tac, tic-tac... y uno piensa qué pasará en el siguiente segundo, si será justo ese aquel en el que todo deje de ser lo que hasta ahora está siendo, si será el que traiga esa noticia que esperamos o se quedará en un segundo más del montón, igual de rutinario que el anterior. 

Esa maldita aguja puede ser el detonante de una de esas crisis existenciales que suelen acecharnos cuando la rutina más extrema empieza a hacerse una fiel compañera, cuando los días, las semanas o incluso los meses, comienzan a parecerse más a esos segundos que ella marca, cuando la presión en el pecho es comparable a una función racional acercándose a su asíntota del llanto.



Que se pare el tiempo, que se pare el mundo... Que los segundos siguen pasando, y los días, y las semanas, y los meses. Que se pare el segundero, que se calle, al menos. Que deje de avisar de que llega el siguiente. Que hoy deje que piense, que hoy la rutina saldrá de paseo y no vendrá con nosotros. Porque hoy un viaje comienza.

Que se prepare el viento...

domingo, 10 de enero de 2016

La noche apremia

Anochece y el final del día se acerca. Un pájaro levanta su vuelo y se posa en el caballete de un tejado, mirando a su alrededor, como si no encontrase lo que busca. Quién sabe si de verdad habrá perdido algo importante. Entonces llega otro y se coloca a su lado, y parece decirle algo, seguramente se lo haya dicho, y los dos emprenden de nuevo su viaje, rápido, al mismo par, como sin pensárselo, que la noche apremia y ellos ya deberían estar en casa. 

Las campanas vuelven a sonar indicando que un rato más acaba de esfumarse, así, como por arte de magia, sin darnos cuenta de nada. Y yo aquí... y tú allí... Y el tiempo escapándose entre los dedos, y el tañido de las campanas recordándonoslo. 

Quizá hablasen del tiempo esos dos pajarillos. Del mismo tiempo al que tantos y tantos poetas dedicaron versos. Del mismo tiempo del que yo te hablo, intentando inútilmente ser a ratos intermitentes como aquellos que en su día escribieron como sin esfuerzo aquello que necesita de años para plasmarse. 

Quizá ellos, los pajarillos digo, se dieron cuenta de que, desde mi ventana, yo los estaba observando. Y puede también que leyeran mi pensamiento y, en lugar de irse a casa, te fueran a ti con el cuento. 



Y el tañido vuelve a escucharse, y mi impaciencia convierte en minutos lo que en su día pudieron ser años...  

martes, 5 de enero de 2016

Deseos por cumplir

El primer martes del año te leí. Y te volví a leer. Y seguí leyéndote hasta asegurarme por completo de que no faltaba nada. No eras la primera carta a Sus Majestades de Oriente que escribía, pero sí la más importante, o así lo sentía yo. Y resultaba paradójico el leerte tantas veces, pues sólo había un deseo escrito en ti. Y entre tú y yo se queda. Quién sabe si llegará al destino correcto. Quién sabe si el deseo acabará siendo concedido.

Los fuegos artificiales ya se escuchan y no puedo dejar de imaginar con una sonrisa las caras sorprendidas de esos niños que hoy se sienten como tales más que ningún día del año. Hoy toca hablar de ilusión, de la que tuvimos y perdimos y de la que aún mantenemos algunos. Porque es en días como el de hoy cuando la magia parece existir. Que da igual si llueve o nieva, si hace frío o si el viento nos despeina, eso no importa, porque no hay nada mejor que la confianza absoluta de que entre hoy y mañana los deseos se hacen realidad. Y será demasiado ingenuo pensarlo estando ya cerca de la treintena, pero... no pensarlo hace que la ilusión se pierda, y perderla a ella es sólo el primer paso para perder nuestra esencia, y eso no, eso nunca. 

Así que, un día como hoy, podríamos todos escribir nuestra carta a los Reyes Magos. No es necesario que se alargue mucho, si somos sinceros seguramente sea muy corta. Porque todos tenemos un deseo, o dos... tres como mucho que son verdaderamente importantes, de esos que, si volviésemos a ser niños y nos dejasen frente a uno de los pajes reales o de los miles de representantes que Sus Majestades tienen repartidos por los centros comerciales y las ciudades, les pediríamos con los ojos llenos de alegría. Así que por qué no pedirlo. O por qué no hacer que se haga realidad, intentarlo al menos. Porque de eso va la ilusión, ¿no?. De tener valor para intentar todo aquello que hace que nos sintamos pequeños. De tener valor para romper lo que sea que nos ate a algo que no nos gusta todo lo que debería. De sentir que podemos con eso y con más, que no todo se acaba, que no todo siempre será igual. De sentir que esta vez sí, que esta vez el camino es bueno y la historia que queda por escribir pide a gritos un comienzo de los de verdad. 

Por eso, qué más da si lo que mañana encontramos bajo el árbol es lo que pedimos o los calcetines y la colonia de siempre... Quizá los calcetines tengan un estampado distinto a los del año pasado, o puede incluso que encontremos una corbata que no nos pongamos jamás, pero que se convierta en ese algo material que nos empuje a soñar. Y es que puede que no sea tan mala idea eso de dejar la leche y las galletas a la espera de Sus Majestades, puede que mañana, al despertarnos, la magia haya funcionado y hayan desaparecido. Puede que mañana los deseos se hayan hecho realidad, o que seamos lo suficientemente valientes, así, de repente, como para intentar cumplirlos. 




Y dicho esto, hoy ios todos a dormir temprano porque, ya sabéis: si no os dormís, no vienen.

¿Y tú? ¿Qué pedirías?