domingo, 31 de enero de 2016

La soledad del reloj

Silencio. Hay quien se pregunta si se puede escuchar y sí, se escucha. Quizá por eso, el segundero de un reloj puede llegar a hacer tanta compañía o que te sientas tan solo. Y parecen los pasos apresurados, o puede que lentos, del devenir de esta vida, lo único que nos ata y nos desata de lo real y lo ficticio. Y sigue: tic-tac, tic-tac... y uno piensa qué pasará en el siguiente segundo, si será justo ese aquel en el que todo deje de ser lo que hasta ahora está siendo, si será el que traiga esa noticia que esperamos o se quedará en un segundo más del montón, igual de rutinario que el anterior. 

Esa maldita aguja puede ser el detonante de una de esas crisis existenciales que suelen acecharnos cuando la rutina más extrema empieza a hacerse una fiel compañera, cuando los días, las semanas o incluso los meses, comienzan a parecerse más a esos segundos que ella marca, cuando la presión en el pecho es comparable a una función racional acercándose a su asíntota del llanto.



Que se pare el tiempo, que se pare el mundo... Que los segundos siguen pasando, y los días, y las semanas, y los meses. Que se pare el segundero, que se calle, al menos. Que deje de avisar de que llega el siguiente. Que hoy deje que piense, que hoy la rutina saldrá de paseo y no vendrá con nosotros. Porque hoy un viaje comienza.

Que se prepare el viento...

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