domingo, 14 de febrero de 2016

Un domingo

Fuera llueve. Y el cielo está empezando a oscurecerse. Y quién sabe si será verdad eso de que va a nevar. Y un trueno me recuerda que hay tormentas por llegar. Y... los domingos, en cierto modo, vuelven a ser lo que eran.


Y es que fue un domingo cuando cambié de nombre al despertarme contigo huyendo de todos esos lugares que habían dejado de rebosar felicidad. Y todo cambió ese domingo, o quizá era jueves, no quiero mentir, el día es lo de menos. Me despedí de todo, de todos y sentí miedo, una bola inmensa de miedo que se apoderó de mi garganta y de mi pecho sin dejarme respirar, sin dejarme avanzar por medios propios y dejándome a la deriva, sólo movida por la inercia que arrastraba después de tanto tiempo cogiendo carrerilla. Y creo que, en mitad de algún lugar que ahora no recuerdo, perdí algo; puede que fuese parte de la niña que llevaba dentro, o quizá sólo fue un zapato, al más puro estilo cenicienta, pero sin la ceniza ni el príncipe ni un reloj dando campanadas, y mucho menos con la espera de que el zapato fuese devuelto. En fin, que me pierdo... como el zapato. Llevaba un libro, eso sí lo recuerdo. Supongo que por la seguridad que dan a veces, porque, al fin y al cabo, los personajes de dentro no escaparán, porque en ellos, siempre podrás confiar. Y, bueno, hasta él se quedó en blanco en ocasiones. ¿Dónde están las letras? ¿Y las historias? Si es que ni leyéndolas las leo, o las leía. Ya empiezan a tomar forma, aunque esta no la tenga. Y a base de quedarme en blanco, conseguí lo más difícil de todo: que no fuese el folio un espejo de mí misma. Que el miedo al folio en blanco se esfumase y no tuviese cabida. Ya no era una opción. Cómo serlo justo ahora, justo hoy, justo ese domingo... ah, no, que he dicho que era jueves. Y los domingos... bueno, da igual, volvieron a ser diferentes, o iguales o... domingos. Por que sí, era domingo, siempre lo fue. Y ese, justo ese, renací. Y volví a mirar a mi lado y... ¿te vi? Quizá, o quizá no. Quizá tampoco estaba huyendo, quizá todos aquellos lugares seguían rebosando felicidad y sólo podría despertarme contigo cuando la felicidad fuese compartida, cuando ya viniese dada y el resto... el resto ya llegaría algún domingo. Uno como este, sin sentido y con sonrisas... sí, así. Que el resto, ya llegaría algún domingo. 

4 comentarios:

  1. Qué maravilla! Qué reflexiones y sentimientos tan reales.
    Te he encontrado por casualidad y no puedo dejar de leer tus entradas. Cuentas con un nuevo seguidor.
    http://viveynosobrevivas.blogspot.com.es/

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias! Es una alegría encontrarse con comentarios así de vez en cuando. Por aquí te recibo encantada :). Me pasaré por "La vida misma".

    ResponderEliminar