sábado, 26 de marzo de 2016

Camisas por pares

El sol comenzaba a estar a una altura que cualquiera pensaría que podría alcanzarlo. Desprendía una luz rojiza y le daba al cielo ese color anaranjado de los atardeceres que quedan guardados en nuestra retina para siempre. Aunque, para ser sinceros, ese color a ella hoy le traía sin cuidado. Tenía cosas mejores en las que fijarse. En aquella fotografía, por ejemplo. 

Cuarenta años habían pasado, puede que alguno más. En ella no se veían colores, eso de las fotografías a color era un lujo al alcance de muy pocos, pero esos blancos, negros y grises dejaban mucho más a la imaginación, pequeñas ventajas. Cuántas veces, en su memoria, había cambiado el color de la falda que ese día llevaba, mirando la fotografía. Aquel amarillo no le hacía justicia y, a estas alturas de la vida, le importaba tres pimientos lo que la gente pensara si se piropeaba a ella misma, es lo que tenía el hacerse mayor, que uno ya podía decir y hacer lo que le viniese en gana. Y ella sabía que, por aquellos años, no podía estar más guapa. Y la camisa... blanca, impoluta. Hasta que él le derramó el café encima. ¡Menudo disgusto tuvo él durante días! Y hasta eso se nota en la fotografía; sin necesidad de conocerlo se le adivina una sonrisa forzada y un ojo desviado mirando la mancha de su acompañante. Otra de las ventajas de aquellos tiempos: el instante quedaba guardado para siempre y no había posibilidad de repetición. Las fotografías resultaban ser mucho más reales y captaban la esencia de momentos que hoy se borran apretando un botón. Hemos avanzado hacia atrás, pensaba, no hay duda. Y así aparecían en la fotografía, con una sonrisa fingida y otra de las de verdad, porque a ella no le importó su torpeza, le pareció hasta graciosa, y mucho más su enfado. En esa época en la que aún había que ir a buscar a quien querías ver, él pasó días mirando hacia el suelo con cara de niño arrepentido mientras paseaban. Aún hoy, después de tanto tiempo, esa expresión seguía intacta. Aún hoy, después de todo lo vivido, seguía derramándole el café. Y aún hoy, ella seguía riendo cuando eso ocurría. Por supuesto, no podía ser de otra forma, había aprendido a comprar las camisas como se compran los calcetines, por pares. Pero, sin lugar a dudas, merecía la pena el doble gasto, por seguir viendo su cara de niño y por demostrar al mundo que la esencia de dos almas no cambia porque cambien los años y que aquello que une de verdad, une para siempre. 



Y pensando en eso, que quién sabe si será cierto, otro atardecer se quedó guardado en la retina, otro como el de aquella vieja fotografía llena de color. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario