domingo, 13 de marzo de 2016

Historias de verdad

Hoy es un día especial. Especial por esas cosas sin importancia que hacen especiales a los días. Como una historia que te cuentan de pasada y que nos hace recapacitar sobre la vida que llevamos. Una lástima que esas historias guarden relación con el impedimento real de volver atrás y retomar el camino por donde se dejó. Una historia de esas que son de película o de libro pero que, sin embargo, ocurren más a menudo de lo que pensamos. Y, claro, como todas esas historias, esta también es de amor, del de verdad, que la historia era gratis y ni la época ni los personajes podían permitirse comprarlo.

Quienes eran, quienes fueron o quienes son es lo de menos, pero se quisieron. Y a pesar del carácter retraído de él y de la sonrisa pícara de ella, sus piezas parece que encajaron sin dificultad alguna para formar un puzzle que bien podría hoy seguir mostrando la imagen que tocase después de tantos años. Apostaron un reloj, el de él, por una tontería de esas de antaño: que si viniste a verme el domingo pasado o no. Y perdió. Durante una semana no supo qué hora era y estoy segura de que mereció la pena por sentir que una parte de él, aunque fuese pequeña, estaba atada a su muñeca. Pero algo se torció, no se sabe bien qué, y han pasado años... y yo maldigo la incertidumbre, la mía hace unas horas y la de ellos durante décadas. ¿Tan difícil era?, ¿tan difícil es?. Debe ser que la respuesta es "sí", porque si es "no", no sé que hace la vida pasando, ni por qué pasó tanto tiempo que se agotó. Porque sí, en esta historia el tiempo se agotó de manera literal. Él miró a otro lado y encontró a otra persona. Ella también. Y comenzaron una vida separados donde una sonrisa no podía ser correspondida, donde un saludo no podía ser devuelto, donde pensar el uno en el otro estaba prohibido por aquellos que llegaron y que sabían que lo que ellos dos sentían era tan fuerte, que la prohibición era la única manera de intentar conservar aquellos amores que sin duda se quedaban pequeños. Y siguieron pasando los años. Y las sonrisas y los saludos dejaron de aparecer. Y ella, a miles de kilómetros ya, se dio cuenta de que las sonrisas que debería tener al lado nunca habían aparecido, que quizá desde que ese algo se torció, dejó de tener sonrisas y se agarró a una seguridad que hoy por hoy ya sólo depende de ella, porque el pilar donde podría apoyarse también resultó estar torcido. Él se fue, para siempre, y no soy la única que piensa que alguna vez o puede que todas, pensó en ella. Y hoy, después de tanto tiempo, ella lo visita y le sigue recordando aquel reloj que le ganó en una apuesta, y sintiendo que aún hoy sigue siendo tan difícil que no se atreve a llevar flores porque, simplemente, las sonrisas no estaban permitidas. 



Y aunque parezca mentira, resulta que historias así existen. Amores que se escapan entre los dedos sin más explicaciones y que permanecen dentro de nosotros siempre. Puede que, hablando en serio, y dejando de lado todas las palabras encadenadas que voy soltando aquí, sin sentido alguno cuando se ven desde fuera y que cada cual interpretará como le venga en gana, nos estemos equivocando todos con eso de esperar momentos adecuados, de acabar historias o no empezarlas porque antes debemos encontrar quienes somos nosotros, tan de moda últimamente, o con poner excusas a los demás o incluso a nosotros mismos de ese tipo cuando lo cierto es que no sentimos absolutamente nada por la otra persona o, lo que es peor, tenemos un miedo que nos morimos a poder llegar a sentirlo. Porque todos, alguna vez, hemos acabado poniéndolas y poniéndonoslas. Que soy de la opinión de que eso de la media naranja es un cuento chino, que el amor es de verdad sin necesidad de que nos completen e historias como esta me dan la razón. Que el amor a primera vista se va, antes o después, la gran mayoría de ocasiones, y que un chocolate caliente en una tarde de invierno acompañado de una posible buena charla, no es indicador más que de que confiamos en que la charla sea interesante, y quizá, sin más, podríamos empezar a poner fecha y hora, que lo peor que puede pasar es que nos suba el azúcar, y quién sabe si también entraríamos en calor...


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