domingo, 17 de abril de 2016

Dulce introducción al caos

Era su dulce introducción al caos, aunque su caos ya fuese más que conocido. Todo iba y venía, apresurado, acelerado, sin dar tiempo a pararse a pensar si lo que venía ocurriendo desde hacía varios meses tenía algún sentido o formaba parte de ese caos que, ya había asumido, era imposible de ordenar. Hoy sí, mañana no, pasado... habrá que esperar a que llegue, que dos días ya es hablar de futuro a largo plazo. 

Mientras tanto, se repetía en bucle aquella canción, del mismo modo que se repiten las historias, del mismo modo que pasan los días. Y en medio de ese bucle que, si no fuese porque la vida en este mundo tiene que acabar, hubiese sido infinito, empezó a darse cuenta de algo que hasta ese momento había pasado desapercibido: que donde nunca pasa nada, un día sólo habrá escombros, cenizas, ruinas. Que el viento, si pasa por nuestro lado, mueve nuestro pelo, aunque no queramos, y pensar otra cosa no tiene sentido. Y una vez que se ha movido, ningún cabello vuelve al sitio en el que estaba. Esta vez, quizá el viento había llegado con más fuerza de lo que en un principio pudo parecer y alborotó su pelo entero, pero admitirlo sería darle la razón a aquellos que decían que, en el fondo, su corazón no era de piedra, y eso no, eso nunca. Justo ahora que había aprendido a vivir sin sentimientos no iba a dejar que cuatro rachas de viento mal orientadas le hicieran perder la partida, ya no.




Así que ya podía el viento derribar muros, arrancar árboles de cuajo y levantar tejados si le venía en gana, que en su pecho él ya había hecho las reformas necesarias y cerrado bien puertas y ventanas para que ni una ligera corriente se sintiese, para poder quedarse dentro y empezar a ordenar los estantes que, en un descuido, se tambalearon y dejaron caer algún libro al suelo. Y en medio de ese desorden descubrió, de nuevo, aquella canción. Reconoció los acordes nada más empezar. "Ya ves", pensaba, "y yo que te creía en la basura". Ella... Y ni las reformas ni los cierres de seguridad fueron suficientes; el viento entró y lo arrasó todo a su paso, mientras él, inmóvil, no pudo hacer nada por evitarlo. Puede que fuese el momento de dejar de hacerse el valiente y serlo de verdad, que fuese el momento de dejar que el viento le empujase al lugar de donde nunca debió partir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario