domingo, 18 de septiembre de 2016

Una noche en vela

Eran las dos de la mañana de uno de esos días en los que el verano empieza a despedirse más bruscamente de lo que nos gustaría. Sentados bajo la ventana tenían pensado dedicar todo lo que quedaba de noche acompañados de la botella de champán que habían dejado sobre el alfeizar y dos copas que ir rellenando a cada sorbo. Podría haber sido cerveza, pero la odiaban. O vino blanco, el favorito para la mitad de ellos y aceptable para la otra mitad. Pero no, era champán, aunque en el fondo no les gustase, porque es mundialmente conocido que es lo que toca en las celebraciones, y había mucho que celebrar. 

El frío empezaba a hacerse notar y, aunque hubiese sido más sensato levantarse en busca de algo que echarse sobre los hombros, ver cómo se erizaba la piel de cada uno con cada bocanada de viento les hacía sentirse más vivos aún. No dedicaron el tiempo a dar saltos, a gritar y a soltar todo lo que tenían contenido dentro desde hacía tanto tiempo como cualquiera podría imaginar en uno de esos momentos en que se derrocha vida a raudales, no. Se sentían vivos de esa forma en la que uno se queda mirando al infinito, pensando en todo lo que invirtió, en todo el esfuerzo, en todas las ganas, y los ojos se le iluminan. El infinito, hoy, estaba en sus miradas, y las ganas de llegar a él se saboreaban en el cosquilleo de cada burbuja de champán.

Las manos de él agarrando la copa eran perfectas: uñas cortadas a la misma medida, perfectamente limadas, sin ninguna clase de pico con el que arañarse o que morder con aquellos dientes ligeramente torcidos, dedos delgados y largos llenos de una delicadeza extrema en todo lo que hacían que desprendían de una manera un tanto difícil de explicar una sencillez desbordante, de esas que sólo las almas cálidas son capaces de mostrar. Las de ella eran otro cantar, los nervios en días pasados habían hecho estragos en sus dedos y en sus uñas, pero esa noche tampoco le importaba demasiado, así que mientras una sujetaba su copa, la otra se dedicaba a jugar con un mechón de pelo, enrollándolo una y otra vez a lo largo de su índice con media sonrisa en su cara. 

Varios años habían pasado desde que la métrica espacio-tiempo, divertida ella y con ganas de jugar, se las ingeniase para inventar momentos en los que coincidiesen en cualquier lugar, a cualquier hora y hasta varias veces al día, hasta que decidió presentarlos de una vez por todas. Y como si todo ese tiempo no hubiese pasado, como si se tratase de situaciones que se dan de un día para otro, allí estaban, medio borrachos antes de descorchar aquella botella que sería la única testigo de aquella noche en vela. Después de todos los encuentros, resultó que por lejanas que pareciesen, compartirían metas y llegarían a ellas juntos, de la mano y recargándose las pilas cuando fuera necesario.

Empezaba a amanecer, no habían dicho una sola palabra en toda la noche pero su silencio no fue incómodo en ningún sentido. Hubiesen tenido tanto que decirse, que era mejor no decir nada. Y el sol fue apareciendo por el horizonte mientras las copas tintinearon con un último brindis y la botella, vacía ya, dividió el primer rayo de la mañana en un haz de luces de colores sobre una pared blanca, tan blanca como las páginas de ese nuevo libro que habían empezado a escribir. 


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