sábado, 3 de diciembre de 2016

Ejércitos de brújulas

Había una luz... se veía al fondo iluminándolo todo, pero costaba llegar. Los pasos se hacían pesados, el camino parecía hacerse más largo por momentos, el cansancio hacía mella. Las preguntas no ayudaban. Las respuestas lo hacían menos. Saber que acababa de comenzar a recorrer aquel sendero era la única razón para seguir... Quedaba mucho por andar, quedaba mucho por construir ¿Sería capaz de llegar? ¿Conseguiría alguna vez rozar siquiera con la punta de los dedos aquello que una vez soñó y que fue motivo suficiente para comenzar a andar? Y, a veces, las respuestas se presentan de golpe, sin tiempo para asimilar lo que la vida nos pone delante...


La vida es chula. Sé que es un eslogan, pero es una verdad como un templo. Y es que cuando todo parece tranquilo, un terremoto llega y te sacude con tanta fuerza que te quedas pensando cómo pasó, intentado asimilar los cambios, sin moverte del sitio por miedo a que venga una réplica y no sepas cómo salir. Y recuerdas que sí, que es cierto, que cada instante es único, pero muchos instantes únicos te dejan fuera de combate y sin posibilidad de responder, porque da igual lo que hagas, lo que digas... cuando el universo decide que es hora de que recibas, parece que todo lo debe dar de una vez.
 
Y empiezas a aprender a un ritmo bestial, sin darte cuenta. Y cada día algo nuevo te empuja a seguir estrujando cada experiencia, sacando el jugo de cada palabra escuchada, de cada frase leída, de cada gesto de los demás con los demás, de cada consejo... Y lo agarras fuerte, no sea que se escape, que se pierda, que se cuele por alguna rendija y dejes de verlo. Y empiezas a volver a tener referentes, a sentir que la desilusión no podía llegar tan rápido, a creer que merece la pena luchar por un mundo mejor y que tienes la oportunidad de hacerlo desde la raíz. Y lo aprovechas, sin más, o al menos lo intentas. Quién sabe si mejor o peor... Y cuando estás en ese punto, pensando en si verdaderamente dejarás huella con algo, por mínimo que sea, si llegará el día en que mires hacia atrás y te sientas orgulloso de ti mismo, un ejército de sonrisas te dice que ya lo has hecho. Y te lo dice abiertamente, sin esconderse, como si estuviese soltándote una simpleza, no dándole importancia, sin darse cuenta de que tu mundo acaba de estallar, se acaba de caer y lucha por levantarse para intentar responder... Pero no hay palabras... No las hay porque para que las haya habría que asimilar esa información y no es fácil hacerlo... Y luego llega otro ejército más, cargado hasta arriba de agradecimiento por... ¿por qué? Ahí estaba la réplica, y venía con fuerza. Tanta que acabas paralizado, por completo. Que pides una reacción, pero no sale. Y sólo se te ocurre soltar un gracias que se queda corto, cortísimo. Y siguen las réplicas, en forma de sonrisas, de besos, de abrazos... de chucherías... Y buscas explicación... todo en la vida tenía explicación, te lo enseñaron desde pequeño, así iba el cuento, causa-efecto, ¿no?. Y, después de buscar y rebuscar, descubres por qué ha costado tanto encontrar la causa: para ti la causa va implícita, va dentro, no entiendes la vida de otra forma, no haces nada y quizá sea por eso por lo que comienzas a hacer mucho. Será la única conclusión posible. Y esos ejércitos de sonrisas deciden transformarse en brújulas e indicarte que llegaste a la luz, a la primera al menos, y que si brilla y alguien te ve allí, pues tendrás que sentirte orgulloso, aunque acabes refugiándote en la sombra porque destacar nunca fue lo tuyo... 



Vendrán momentos duros, como ya los hubo, sin duda. Y es cierto, nada perdura. Precisamente por eso hay momentos que deben exprimirse al máximo. Y es que cuando creías que ya habías aprendido lo más importante, toca reírse de tu propia ingenuidad... Quién sabe si será esta la primera de todas las lecciones que aún quedan por aprender... 

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