sábado, 31 de diciembre de 2016

El champán también se bebe a sorbos cortos

Eran las siete de la tarde y en casa todos corrían de un sitio para otro, subían y bajaban las escaleras, se probaban ropa y se cambiaban de zapatos. Alguien hablaba de ponerse algo rojo, otros de preparar maletas que sólo darían una vuelta a la esquina y alguien más, en la cocina, perdía la cuenta de las uvas una y otra vez. Todavía faltaban cinco horas para el gran momento, pero por todos es sabido que la tradicional cena hay que prepararla con tiempo. Quedaban platos, copas y cubiertos por distribuir perfectamente en una mesa que ya lucía un mantel de un blanco impoluto que tardaría poco en tener manchas de vino tinto esparcidas por doquier. Manchas de vida al fin y al cabo. Después, entre risas y nervios, porque siempre había alguien que se ponía nervioso, llegarían las campanadas. Primero los cuartos, recordados en todas las reuniones: "son los cuartos, son los cuartos", como queriendo decir: "tranquilidad, que todavía seguimos donde mismo, no vayáis a estropearlo comiéndoos una uva", pero siempre hay alguien que se la come, mitad porque no se dio cuenta de que aún no tocaba, mitad porque así es más fácil acabar con ellas en la última campanada. Y esas son las que vienen después y todos callan e intentan sobrevivir al atragantamiento con el que se termina y se empieza cada año. Luego llegarían los besos y el feliz año nuevo, dos cosas que este año serían distintas y, si de ser sinceros se trata, hasta mejores, que no todos los cambios son a peor. Después empezarían a sonar los teléfonos, de unos y de otros. Más felicitaciones. Las importantes ya se habrían dado antes, sin tanta prisa, sin tanto agobio, sin tanta imagen enviada y reenviada, sin tantos vídeos. Sólo con palabras, unas más elaboradas, otras menos, pero todas desde dentro. Y, después, cada cual por su lado, dejando de importar para algunos que esta noche sea de fiesta obligada, porque comprendieron hace un tiempo que no tenía sentido empezar con obligaciones, sino con aquello que a cada cual haga feliz y que no hay mejor propósito para el nuevo año.

Y, en mitad de todo ese proceso, sólo porque ya han vuelto a pasar doce meses, sólo porque el calendario así lo marca de algún modo, alguien, o quizá todos, hace balance del año que se va, intentando recordar qué fue lo que funcionó lo suficientemente bien como para seguir manteniéndolo y qué falló, para poder aprender. Y este no fue un año muy destacable, normalito, con sus más y sus menos, sus altos y sus bajos, sus momentos de ánimo y desánimo también, con gente importante que se cruza en un momento, pero hasta ahí, lo cual, no nos equivoquemos, no les resta valor, que no todo el mundo puede quedarse. Hasta que recuerda los dos últimos meses... lo que aprendió, lo que vivió, lo que disfrutó, lo que agradeció y a quienes conoció. Un cumpleaños especial, el más especial en muchísimo tiempo, quizá el más especial que recuerde. Charlas de esas que recomponen el alma por dentro, sin saber bien cómo y que sólo pueden tenerse con ciertas personas, a determinadas horas y bajo ciertos fenómenos meteorológicos. Lecciones de vida en forma de películas y libros. Agradecimientos sin palabras y con ellas. Confianza plena en tiempo record. Orgullo y alarde de algo por primera vez en la vida. Seguridad de querer ser eso que tanto luchó por ser. Felicidad absoluta, como nunca antes y sin esperarlo. Lágrimas aguantadas, por aquello de mantener las formas, y que tuvieron que salir una noche para poder seguir. Sonrisas a miles. Vida a raudales, en definitiva, tomada a sorbos cortos, muchos sorbos cortos, como el té, como el café e, incluso, como el champán.

Eso hace al año que se va imposible de olvidar y le deja al que viene el listón bien alto. 2017 tiene un gran reto por delante.




¡Feliz año! 

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