domingo, 11 de diciembre de 2016

Lluvia borrada

El sol comenzaba a verse bajo en la fachada de enfrente, pero aún era temprano. La falta de costumbre, otra vez, de ese cambio de hora de finales de octubre que conllevaba un mejor despertar y un vivir la vida rápido porque, en esa época, la noche va pisándole los talones al día. La televisión sonaba de fondo con alguna de esas películas de sobremesa que son del todo predecibles y que pierden todo el interés sin más que ver el título. Sobre la mesa un paquete de cigarrillos, de aquellos que muy de tarde en tarde se echaba a la boca, sólo cuando necesitaba aclarar ideas... cómo si no pudiese aclararlas sin ver las formas caprichosas del humo. Manías, defectos... particularidades de cada cual. El teléfono apagado, eso sí; siempre pensaba que si era algo importante existían otros modos de encontrarlo y que vivir permanentemente pendiente de ese aparato era un paso atrás en la evolución del ser humano. Ratos para él solo, días, semanas, "retiros espirituales" los solía llamar. Podían contarse tres o cuatro al año, si no más. Lapsos que no se sabía cuando venían ni cuando se irían y que si coincidían con que nadie tenía la idea de acordarse de él para tomar un simple café, se convertían en perfectos. Más defectos, pero ese le gustaba. La soledad buscada y encontrada. Cuántas veces habría leído lo mucho que le costaba a la gente, en general, tener esos momentos y aprovecharlos, y cuántas veces no lo había entendido. Qué quizá la felicidad consistía en eso, como había leído no hacía mucho en un libro un tanto peculiar, en esos ratos de tranquilidad y de la felicidad día a día. Divide y vencerás, decía el refrán, y hasta para ser feliz valía. De qué servía hacer un camino con destino únicamente a ser feliz, si no disfrutabas de la felicidad de cada paso. Si precisamente era ese paso el que te daría la felicidad de hoy, y el siguiente, la de mañana. Resulta que el concepto lo habían explicado mal, siempre. Y qué gratificante era descubrir el verdadero significado por uno mismo. Y entre calada y calada, conseguía que sus ideas volvieran a pisar fuerte, se hicieran notar. Repasaba todo lo ocurrido en días atrás y se empezaba a maravillar y a sorprender de lo ciego que había estado. De lo cerca que lo tenía todo y de lo lejos que se empeñaba en buscarlo. Y, con una sonrisa, decidió encender el teléfono, sólo para escuchar una vez más ese mensaje que decía todo y nada. Sólo para sentir que los latidos del corazón se quedaron con quien decidió poner una sonrisa a una mañana de nervios, borrando de un plumazo a quien se empeñó en poner lluvia a una tarde en la que el sol quería brillar.


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