domingo, 31 de enero de 2016

La soledad del reloj

Silencio. Hay quien se pregunta si se puede escuchar y sí, se escucha. Quizá por eso, el segundero de un reloj puede llegar a hacer tanta compañía o que te sientas tan solo. Y parecen los pasos apresurados, o puede que lentos, del devenir de esta vida, lo único que nos ata y nos desata de lo real y lo ficticio. Y sigue: tic-tac, tic-tac... y uno piensa qué pasará en el siguiente segundo, si será justo ese aquel en el que todo deje de ser lo que hasta ahora está siendo, si será el que traiga esa noticia que esperamos o se quedará en un segundo más del montón, igual de rutinario que el anterior. 

Esa maldita aguja puede ser el detonante de una de esas crisis existenciales que suelen acecharnos cuando la rutina más extrema empieza a hacerse una fiel compañera, cuando los días, las semanas o incluso los meses, comienzan a parecerse más a esos segundos que ella marca, cuando la presión en el pecho es comparable a una función racional acercándose a su asíntota del llanto.



Que se pare el tiempo, que se pare el mundo... Que los segundos siguen pasando, y los días, y las semanas, y los meses. Que se pare el segundero, que se calle, al menos. Que deje de avisar de que llega el siguiente. Que hoy deje que piense, que hoy la rutina saldrá de paseo y no vendrá con nosotros. Porque hoy un viaje comienza.

Que se prepare el viento...

domingo, 10 de enero de 2016

La noche apremia

Anochece y el final del día se acerca. Un pájaro levanta su vuelo y se posa en el caballete de un tejado, mirando a su alrededor, como si no encontrase lo que busca. Quién sabe si de verdad habrá perdido algo importante. Entonces llega otro y se coloca a su lado, y parece decirle algo, seguramente se lo haya dicho, y los dos emprenden de nuevo su viaje, rápido, al mismo par, como sin pensárselo, que la noche apremia y ellos ya deberían estar en casa. 

Las campanas vuelven a sonar indicando que un rato más acaba de esfumarse, así, como por arte de magia, sin darnos cuenta de nada. Y yo aquí... y tú allí... Y el tiempo escapándose entre los dedos, y el tañido de las campanas recordándonoslo. 

Quizá hablasen del tiempo esos dos pajarillos. Del mismo tiempo al que tantos y tantos poetas dedicaron versos. Del mismo tiempo del que yo te hablo, intentando inútilmente ser a ratos intermitentes como aquellos que en su día escribieron como sin esfuerzo aquello que necesita de años para plasmarse. 

Quizá ellos, los pajarillos digo, se dieron cuenta de que, desde mi ventana, yo los estaba observando. Y puede también que leyeran mi pensamiento y, en lugar de irse a casa, te fueran a ti con el cuento. 



Y el tañido vuelve a escucharse, y mi impaciencia convierte en minutos lo que en su día pudieron ser años...  

martes, 5 de enero de 2016

Deseos por cumplir

El primer martes del año te leí. Y te volví a leer. Y seguí leyéndote hasta asegurarme por completo de que no faltaba nada. No eras la primera carta a Sus Majestades de Oriente que escribía, pero sí la más importante, o así lo sentía yo. Y resultaba paradójico el leerte tantas veces, pues sólo había un deseo escrito en ti. Y entre tú y yo se queda. Quién sabe si llegará al destino correcto. Quién sabe si el deseo acabará siendo concedido.

Los fuegos artificiales ya se escuchan y no puedo dejar de imaginar con una sonrisa las caras sorprendidas de esos niños que hoy se sienten como tales más que ningún día del año. Hoy toca hablar de ilusión, de la que tuvimos y perdimos y de la que aún mantenemos algunos. Porque es en días como el de hoy cuando la magia parece existir. Que da igual si llueve o nieva, si hace frío o si el viento nos despeina, eso no importa, porque no hay nada mejor que la confianza absoluta de que entre hoy y mañana los deseos se hacen realidad. Y será demasiado ingenuo pensarlo estando ya cerca de la treintena, pero... no pensarlo hace que la ilusión se pierda, y perderla a ella es sólo el primer paso para perder nuestra esencia, y eso no, eso nunca. 

Así que, un día como hoy, podríamos todos escribir nuestra carta a los Reyes Magos. No es necesario que se alargue mucho, si somos sinceros seguramente sea muy corta. Porque todos tenemos un deseo, o dos... tres como mucho que son verdaderamente importantes, de esos que, si volviésemos a ser niños y nos dejasen frente a uno de los pajes reales o de los miles de representantes que Sus Majestades tienen repartidos por los centros comerciales y las ciudades, les pediríamos con los ojos llenos de alegría. Así que por qué no pedirlo. O por qué no hacer que se haga realidad, intentarlo al menos. Porque de eso va la ilusión, ¿no?. De tener valor para intentar todo aquello que hace que nos sintamos pequeños. De tener valor para romper lo que sea que nos ate a algo que no nos gusta todo lo que debería. De sentir que podemos con eso y con más, que no todo se acaba, que no todo siempre será igual. De sentir que esta vez sí, que esta vez el camino es bueno y la historia que queda por escribir pide a gritos un comienzo de los de verdad. 

Por eso, qué más da si lo que mañana encontramos bajo el árbol es lo que pedimos o los calcetines y la colonia de siempre... Quizá los calcetines tengan un estampado distinto a los del año pasado, o puede incluso que encontremos una corbata que no nos pongamos jamás, pero que se convierta en ese algo material que nos empuje a soñar. Y es que puede que no sea tan mala idea eso de dejar la leche y las galletas a la espera de Sus Majestades, puede que mañana, al despertarnos, la magia haya funcionado y hayan desaparecido. Puede que mañana los deseos se hayan hecho realidad, o que seamos lo suficientemente valientes, así, de repente, como para intentar cumplirlos. 




Y dicho esto, hoy ios todos a dormir temprano porque, ya sabéis: si no os dormís, no vienen.

¿Y tú? ¿Qué pedirías?