domingo, 28 de febrero de 2016

Menos mal que tú te quedaste

Cristales empapados y miradas al cielo desde un sofá igual pero, sin duda, distinto. Y después de un día entero dando vueltas y más vueltas llega el momento de aporracear teclas, esas que se quedaron para no olvidarlo todo, para intentar mantener un lazo con un nudo lo mejor hecho que se pudo uniendo el siempre y el ahora.

Menos mal que tú te quedaste... 

Y, a veces, esa que se va, vuelve. A ratos, una vez al mes quizá. Poco, en realidad. Pero el caso es que vuelve, se acomoda, se sienta contigo en el brasero y te mira sin mirarte y te habla sin hablarte. Y tú la miras de reojo, con hostilidad, sin disimular, que se dé cuenta y sea plenamente consciente, que no le quepa la más mínima duda de que no la quieres aquí, que no la quieres cerca, que se vaya. Que aunque el azul sea uno de tus colores favoritos, a tu lado no pinta bien, no pinta nada.
 
Menos mal que tú te quedaste...

Y si de colores va la cosa, el amarillo no me gusta, pero lo prefiero. Así que si te quedas, cambia de color. Báilame el agua que no acepto un no por respuesta, que me da igual lo que pienses. Porque habrá tiempo y lugares. Porque habrá personas y amores. Porque habrá futuro. Porque habrá ganas y fuerzas. Porque habrá nuevos retos y sueños. Porque volverá o volveré. Porque se echará de menos. Porque, al final, siempre merece la pena. 




Menos mal que tú te quedaste...

domingo, 14 de febrero de 2016

Un domingo

Fuera llueve. Y el cielo está empezando a oscurecerse. Y quién sabe si será verdad eso de que va a nevar. Y un trueno me recuerda que hay tormentas por llegar. Y... los domingos, en cierto modo, vuelven a ser lo que eran.


Y es que fue un domingo cuando cambié de nombre al despertarme contigo huyendo de todos esos lugares que habían dejado de rebosar felicidad. Y todo cambió ese domingo, o quizá era jueves, no quiero mentir, el día es lo de menos. Me despedí de todo, de todos y sentí miedo, una bola inmensa de miedo que se apoderó de mi garganta y de mi pecho sin dejarme respirar, sin dejarme avanzar por medios propios y dejándome a la deriva, sólo movida por la inercia que arrastraba después de tanto tiempo cogiendo carrerilla. Y creo que, en mitad de algún lugar que ahora no recuerdo, perdí algo; puede que fuese parte de la niña que llevaba dentro, o quizá sólo fue un zapato, al más puro estilo cenicienta, pero sin la ceniza ni el príncipe ni un reloj dando campanadas, y mucho menos con la espera de que el zapato fuese devuelto. En fin, que me pierdo... como el zapato. Llevaba un libro, eso sí lo recuerdo. Supongo que por la seguridad que dan a veces, porque, al fin y al cabo, los personajes de dentro no escaparán, porque en ellos, siempre podrás confiar. Y, bueno, hasta él se quedó en blanco en ocasiones. ¿Dónde están las letras? ¿Y las historias? Si es que ni leyéndolas las leo, o las leía. Ya empiezan a tomar forma, aunque esta no la tenga. Y a base de quedarme en blanco, conseguí lo más difícil de todo: que no fuese el folio un espejo de mí misma. Que el miedo al folio en blanco se esfumase y no tuviese cabida. Ya no era una opción. Cómo serlo justo ahora, justo hoy, justo ese domingo... ah, no, que he dicho que era jueves. Y los domingos... bueno, da igual, volvieron a ser diferentes, o iguales o... domingos. Por que sí, era domingo, siempre lo fue. Y ese, justo ese, renací. Y volví a mirar a mi lado y... ¿te vi? Quizá, o quizá no. Quizá tampoco estaba huyendo, quizá todos aquellos lugares seguían rebosando felicidad y sólo podría despertarme contigo cuando la felicidad fuese compartida, cuando ya viniese dada y el resto... el resto ya llegaría algún domingo. Uno como este, sin sentido y con sonrisas... sí, así. Que el resto, ya llegaría algún domingo. 

sábado, 6 de febrero de 2016

Y así, sí

Hoy te he visto en una canción, sin esperarlo. Y la he visto a ella también, como escondida entre sus notas. Una de esas sorpresas que a veces dan las tardes de sábado. 

Y justo es ella quien se encuentra ahora andando de frente, tranquila, sin demasiada prisa y mirando de vez en cuando hacía atrás por ver si esa canción vuelve a sonar escondida entre las hojas de los árboles que marcan el camino.

Y parece que te ve, a lo lejos, tumbado en la orilla y mirando al cielo, escuchando el rugir de la vida, sintiendo el viento, la libertad y procurando no caer de nuevo, buscando aquello que te haga quedarte en pie, mirar al espejo y decir: ahora sí. Intentando en tu fuero interno no perderle la pista y siendo consciente de que aunque toda búsqueda y todo encuentro llevan implícita la posibilidad de una pérdida, todos necesitamos arriesgar para crecer, para creer, para crear. Y así, sí. 




Ojalá encuentres lo que estás buscando sin parar...