domingo, 24 de abril de 2016

Dibujarte

Me gustaría dibujarte, tomar un lápiz entre mis manos y recorrer tu contorno sin prisa. Descubrir en cada trazo dónde se esconden tus cicatrices más profundas y sacarlas a la luz entre las sombras de tu cuerpo para conseguir que, a fuerza de verlas, comiencen a pasar desapercibidas. Y si te dibujase, comenzaría por tu boca, marcando bien la curva de tu sonrisa, porque ella es eterna y no sería justo no dejar constancia de la alegría que transmite. Quizá siguiese por tus manos, esas que dan calma y seguridad a partes iguales, esas que dejaría atadas a las mías, porque a veces no hay mayor libertad que estar amarrado a extremidades ajenas. Y seguiría dibujando tu cabeza, puede que el pelo o tus pensamientos, no lo tengo claro. Aunque creo que, si pudiese, seguiría por estos últimos, para empaparme bien de todo aquello que crees, de todo aquello que piensas, de todo aquello que en algún momento sería nuestra igualdad y nuestra diferencia, para intentar ser un poquito más como tú y así poder entenderte. Seguiría con tus pies y, de ahí, con tus piernas, que son los que se encargan de andar tu camino y conocen cuantas son las piedras con las que tropezaste y cuantas veces te has caído. También están al tanto de hacia donde te diriges y yo confío en que, a fuerza de hacer borrones dibujando tu meñique, el resto de dedos me lo chiven. Y por último, dibujaría tu pecho, perfilando bien cada uno de tus latidos y acelerándolos cuando yo estuviese cerca, porque total, ya que te dibujo, lo hago a mi manera. Pero ya ves, no sé dibujar, te dibujo a ratos, a trozos, a trazos... y así sales, sin brazos, sin cuello... pero quizá es que estos no los quiera en el papel, quizá quiera al segundo como refugio indestructible y a los primeros enroscados a mi cuerpo.


domingo, 17 de abril de 2016

Dulce introducción al caos

Era su dulce introducción al caos, aunque su caos ya fuese más que conocido. Todo iba y venía, apresurado, acelerado, sin dar tiempo a pararse a pensar si lo que venía ocurriendo desde hacía varios meses tenía algún sentido o formaba parte de ese caos que, ya había asumido, era imposible de ordenar. Hoy sí, mañana no, pasado... habrá que esperar a que llegue, que dos días ya es hablar de futuro a largo plazo. 

Mientras tanto, se repetía en bucle aquella canción, del mismo modo que se repiten las historias, del mismo modo que pasan los días. Y en medio de ese bucle que, si no fuese porque la vida en este mundo tiene que acabar, hubiese sido infinito, empezó a darse cuenta de algo que hasta ese momento había pasado desapercibido: que donde nunca pasa nada, un día sólo habrá escombros, cenizas, ruinas. Que el viento, si pasa por nuestro lado, mueve nuestro pelo, aunque no queramos, y pensar otra cosa no tiene sentido. Y una vez que se ha movido, ningún cabello vuelve al sitio en el que estaba. Esta vez, quizá el viento había llegado con más fuerza de lo que en un principio pudo parecer y alborotó su pelo entero, pero admitirlo sería darle la razón a aquellos que decían que, en el fondo, su corazón no era de piedra, y eso no, eso nunca. Justo ahora que había aprendido a vivir sin sentimientos no iba a dejar que cuatro rachas de viento mal orientadas le hicieran perder la partida, ya no.




Así que ya podía el viento derribar muros, arrancar árboles de cuajo y levantar tejados si le venía en gana, que en su pecho él ya había hecho las reformas necesarias y cerrado bien puertas y ventanas para que ni una ligera corriente se sintiese, para poder quedarse dentro y empezar a ordenar los estantes que, en un descuido, se tambalearon y dejaron caer algún libro al suelo. Y en medio de ese desorden descubrió, de nuevo, aquella canción. Reconoció los acordes nada más empezar. "Ya ves", pensaba, "y yo que te creía en la basura". Ella... Y ni las reformas ni los cierres de seguridad fueron suficientes; el viento entró y lo arrasó todo a su paso, mientras él, inmóvil, no pudo hacer nada por evitarlo. Puede que fuese el momento de dejar de hacerse el valiente y serlo de verdad, que fuese el momento de dejar que el viento le empujase al lugar de donde nunca debió partir. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Bésame mientras te verso

Dejémonos de romanticismos, de ñoñerías, de corazones saliendo de nuestros ojos y mariposas bailando en nuestro estómago. Olvidémonos de aquellos grandes poetas que hicieron que morir de amor fuese algo posible, cotidiano e, incluso, necesario. Que me perdonen ellos, que sé que jamás deberíamos olvidarnos de la poesía, esa que calma la sed de nuevos versos, ¿o eran besos?. Y es que a mí ya me da igual si me versas o me besas. Yo, de momento, me basto con hacerlo con v y con r, que quizá, si estuvieses delante, lo convertiría todo en una vorágine de labios encadenados a tu espalda, a tu cuello, a tu boca... Qué más da si son largos o cortos, mientras sean, los versos, digo, aunque también los besos. Que no, que hoy no me convences con amores baratos de cuentos de hadas, ni con flores y bombones, ni con desastres naturales si no caigo rendida a tus pies. Que hoy me quedo más cerca y más lejos a la vez, o quizá sea al revés. Que entre versos y besos sigo sin encontrar más diferencia que un par de letras y que por más que pase el tiempo, yo siempre me quedaré con la primera después de la segunda, y viceversa. Y cada letra que se escapa es una razón más para poder sobrevivir sin tus labios pegados a mi cuello. Ya ves, aun huyendo siempre acabo volviendo. Y que hoy, por ser hoy, o quizá porque no podría ser otro día, me quedo aquí, sentada, dejando fluir la tinta con la rabia de que, aunque alguna noche nos versáramos, nunca nos besamos, con la certeza de que nunca batiríamos ningún récord alargando un beso, pero sabiendo que, si me dejas, alargo todos los versos que me quedan por escribir para llegar a tus labios y jugar allí, mientras me lees, a cambiar ese par de letras. 


domingo, 10 de abril de 2016

Tinta y borrones

Te andaba buscando desde hace tiempo. Casi no me di cuenta de que te habías ido, simplemente, un día miré al lado y ya no estabas. Tampoco pensé mucho en ello, tendrías mejores cosas que hacer, porque la verdad es que últimamente mi compañía era un auténtico tostón. Normal que salieses por patas.
 
Y no sé bien cómo, hace unos días asomaste la cabeza por la puerta, con mirada dubitativa, sin saber muy bien si acabaría echándote o dejaría que te quedaras. Evidentemente, te dejé. Es probable, incluso, que yo misma te llamase a voces y por eso aparecieses. La verdad es que no lo recuerdo, pero tampoco te preocupes, no te lo tomes a mal ni como algo personal, es sólo que de un tiempo a esta parte tiendo a olvidar las cosas importantes. Precisamente por eso creo que te llamé y que no viniste por casualidad, para recordarme todo lo que merece la pena. 

Un té rojo, el viento y la naturaleza han sido testigos de tu regreso. Algunas risas y recuerdos también. Y no, no te aseguro que esta vez vaya a ser mejor, ya me gustaría, aunque prometo intentarlo. Ya ves, incluso lo más fácil se torna complicado a veces. Incluso lo más cercano, resulta estar lejos. Lo que sí te aseguro, es que antes o después dejaré que te quedes y procuraré no aburrirte, dejaré que te expreses con libertad y, sobre todo, que me contagies tus ganas de comerte el mundo a ratos, porque al fin y al cabo, eso es lo que eres, ratos, esos ratitos que lo son todo y que ahora faltan. 




Y mientras tanto, mientras llegas para quedarte, déjame disfrutar de este ratito contigo, de esta pequeña visita, y déjame también agradecerte que no te acabes de ir, que sigas sentándote en la esquinita de la cama con esa media sonrisa que me da la vida y con la certeza de que, pase lo que pase y cuando nada parezca quedar, tú seguirás manchando el papel con tinta y borrones.