sábado, 9 de julio de 2016

En mayúsculas y a mi manera

No fue esta vez, todo se desvaneció de un momento a otro, y eso que parecía real en tu cabeza. Todas las miras puestas en una ilusión, toda la gente importante concentrada en la misma meta, contigo, y de pronto, todo se acaba de un plumazo, con un nombre que no aparece, y te preguntas: "¿ya está? ¿así se acaba?". Pues sí, así termina. Hasta que vuelva a comenzar. Y bueno, bien visto, al menos así puedes seguir soñando, imaginando y disfrutando con el momento en que todo llegue y se comparta, y es que la ilusión mueve montañas. Que esto te acaba haciendo fuerte, si no lo ha hecho ya, que no pueden contigo, que las ganas de seguir no te las quita nadie, que a los cuatro días ya estabas pensando en empezar de nuevo y comértelos con más ganas si cabe (aunque esperarás un año y algo, que bien merecido tienes el descanso). Aún así, y a pesar de toda esa fortaleza que (hoy te mereces el halago y a quien no le guste, que no lea, total...) tienes a raudales, se agradecieron los abrazos y los besos, se agradecieron las miradas y los suspiros, el cabrearse un rato con el mundo, se agradecieron las manos en la espalda y el no separarse de una silla, de una mesa y de una mirada perdida en la pantalla de un ordenador... Suerte la tuya de contar con ellos... Y, entonces, te vienen a la cabeza las palabras de alguien que es energía pura y positivismo en cascada, unas palabras que en una despedida hicieron mucho, que hablaban de una filosofía de vida que tú también compartes aunque habías olvidado, y es "que todo pasa por algo". Y recuerdas que si no hubiese sido por otras circunstancias hace un tiempo, no hubieses pasado ocho meses rodeada de tanta gente que, sin duda, merece la pena; habrías estado rodeada de otra gente, sí, pero no habría sido igual y, hoy por hoy, no lo cambias. Y quién sabe si gracias a los malos ratos, acaban llegando otros aún mejores.

Ocho meses... madre mía, y tú con un coche cargado hasta arriba que no estabas segura de que fuese a llevarte a tu destino sana y salva. En la maleta llevabas montones de cosas que hasta ese día no eras consciente de que utilizabas y, escondido por los rincones, un miedo más grande que la ilusión y una ilusión más grande que el miedo. ¿Dónde te habías metido? ¿En qué momento de tu existencia se te ocurrió dedicarte a esto? Pero ya daba igual, ya estaba hecho, ya no había vuelta atrás. Y te cargaste de libros un viernes de octubre, total, ¿para qué?, si no sabías ni cuánto eran 2 + 2... Pero todo fue mejorando, entre agobios, risas, charlas, consejos, alguna lagrimilla y garabatos en un folio con una Vacumatic (o lo que tocase en el momento) que hacía que, allí, alejada de todo y de todos los que hasta entonces eran tus imprescindibles, siguieses conectada con lo que te hacía ser tú.




De todo se aprende, y después de estos ochos meses te llevas la maleta llena de nuevo, pero esta vez de enseñanzas y lecciones por parte de esas personas que se han cruzado en tu camino que, sin duda, te servirán allá donde vayas a seguir enseñando, porque está claro que eso es lo que quieres seguir haciendo. Y entonces, te das cuenta de las paradojas que tiene la vida a veces, porque por muy "olvidada" que sea la "torre", será imposible de olvidar... Y (y esto sí lo digo en primera persona) por muy ausente que parezca a veces, las GRACIAS las doy siempre en mayúsculas, y a mi manera...