domingo, 14 de agosto de 2016

Treinta segundos

Treinta segundos... cómo si eso fuese a considerarse tiempo alguno... Y por ellos merecían la pena las veinticuatro horas de cada día. Sólo treinta segundos en los que se intercambiaban dos miradas, un roce, una conversación absurda acerca del tiempo, del fin de semana o del trabajo y, quizá, si había suerte, se colaba un guiño en la despedida. Y con eso se quedaban, como si fuese suficiente. Posiblemente lo fuese. Quién sabe si por su lado, por el de ambos, pasaron torbellinos que destrozaron corazones o, en ese momento, pertenecían a alguien más. Y para qué saberlo, pensaban. ¿De verdad era importante?. Con lo divertido que era imaginar. Con lo divertidos que eran aquellos treinta segundos. Con la explosión de todo y de nada que se generaba en el interior de cada uno. Con ese juego que los dos habían inventado donde las reglas eran propiedad de nadie y conocidas por todos. Y, cuando en esos treinta segundos aparecía alguien, miradas cómplices se cruzaban que parecían decir "otra vez será". Y se cambiaban horarios y trayectos que hacían más interesante aquello de la espera. Todo por verse sonreír. Y poco a poco, las conversaciones eran menos absurdas y más sensatas. Y poco a poco, como sin ser conscientes de la que se podía venir encima, detalles de sus vidas salían a relucir. Y se guardaban en una especie de diario, no fuese a ser que algún día se necesitase esa información y resultase estar perdida. Y ya estaban al tanto de esos planes de fin de semana del otro y, cada lunes, aquel "¿qué tal?" llevaba implícitas unas ganas tremendas de saber qué ocurrió, si fue bonito aquello que vieron, si se divirtieron, si disfrutaron o si llegaron el domingo pensando que mejor hubiese sido quedarse en casa. Pero treinta segundos no dan para mucho, así que tampoco daban para contar grandes aventuras. Aunque, como era de esperar, entre tantas miradas ya habían aprendido a leer las suyas. Por eso lo mejor de todo era que en treinta segundos, según cruzaban la mirada por primera vez en esas veinticuatro horas, sabían formular las preguntas exactas para dar con la clave del por qué de ese mal día o de la alegría desbordante que sentían. Pero, para ser sinceros, lo del mal día era más difícil, y es que, inevitablemente, esos treinta segundos convertían cualquier día en el mejor.



Pero, pasados ya, todo se quedaba en un mensaje algo parecido a ese de las máquinas expendedoras: "Su tabaco. Gracias". O, quizá, fuese algo más parecido al de las gasolineras, ese que siempre dice: "Gracias. Buen viaje". Y sí, definitivamente, se parecía más a ese último. "Buen viaje y hasta mañana".