sábado, 24 de septiembre de 2016

Nuevo otoño

Otoño, llegas con aires de cambios, como se preveía. Propios, ajenos... eso da igual. Con ilusiones renovadas, con ganas de más. Con cigarros apagados que vuelven, irremediablemente, a arder alejados de aquellos propósitos que el año nuevo traía. Llegas con bailes tímidos que acaban desmelenando a pieles morenas y sin ganas de rendirte. Cargado de energía y sacando sonrisas. Siendo más tú que nunca. Porque eso es lo que haces nada más llegar. Siempre eres época de cambios, de olvidarte de las hojas viejas y secas, dejando a tus ramas desnudas, y esperar para renovarlas como sólo ellas se merecen. Vienes con proyectos de vidas nuevas abriéndose paso. Con personas que se marchan sin quererlo. Con ojos anegados en lágrimas que intentan mostrar atisbo de sonrisas leyendo mensajes. Con vidas pendientes de otras por lejos que estén, porque el corazón se queda cerca, muy cerca. Llegas con incertidumbres, con miradas escondidas que se apartan al cruzarse, con ganas de continuar dónde se dejó o con empezar de nuevo. Con decisiones intrascendentes que generan grandes cambios. Con vida en movimiento y un mundo entero girando. Llegas para quedarte, como siempre, aunque lo hagas poco a poco, y hasta que el blanco venga cubriéndolo todo a su paso me quedaré enganchada a ti y a tus ansias por empezar de nuevo. 


domingo, 18 de septiembre de 2016

Una noche en vela

Eran las dos de la mañana de uno de esos días en los que el verano empieza a despedirse más bruscamente de lo que nos gustaría. Sentados bajo la ventana tenían pensado dedicar todo lo que quedaba de noche acompañados de la botella de champán que habían dejado sobre el alfeizar y dos copas que ir rellenando a cada sorbo. Podría haber sido cerveza, pero la odiaban. O vino blanco, el favorito para la mitad de ellos y aceptable para la otra mitad. Pero no, era champán, aunque en el fondo no les gustase, porque es mundialmente conocido que es lo que toca en las celebraciones, y había mucho que celebrar. 

El frío empezaba a hacerse notar y, aunque hubiese sido más sensato levantarse en busca de algo que echarse sobre los hombros, ver cómo se erizaba la piel de cada uno con cada bocanada de viento les hacía sentirse más vivos aún. No dedicaron el tiempo a dar saltos, a gritar y a soltar todo lo que tenían contenido dentro desde hacía tanto tiempo como cualquiera podría imaginar en uno de esos momentos en que se derrocha vida a raudales, no. Se sentían vivos de esa forma en la que uno se queda mirando al infinito, pensando en todo lo que invirtió, en todo el esfuerzo, en todas las ganas, y los ojos se le iluminan. El infinito, hoy, estaba en sus miradas, y las ganas de llegar a él se saboreaban en el cosquilleo de cada burbuja de champán.

Las manos de él agarrando la copa eran perfectas: uñas cortadas a la misma medida, perfectamente limadas, sin ninguna clase de pico con el que arañarse o que morder con aquellos dientes ligeramente torcidos, dedos delgados y largos llenos de una delicadeza extrema en todo lo que hacían que desprendían de una manera un tanto difícil de explicar una sencillez desbordante, de esas que sólo las almas cálidas son capaces de mostrar. Las de ella eran otro cantar, los nervios en días pasados habían hecho estragos en sus dedos y en sus uñas, pero esa noche tampoco le importaba demasiado, así que mientras una sujetaba su copa, la otra se dedicaba a jugar con un mechón de pelo, enrollándolo una y otra vez a lo largo de su índice con media sonrisa en su cara. 

Varios años habían pasado desde que la métrica espacio-tiempo, divertida ella y con ganas de jugar, se las ingeniase para inventar momentos en los que coincidiesen en cualquier lugar, a cualquier hora y hasta varias veces al día, hasta que decidió presentarlos de una vez por todas. Y como si todo ese tiempo no hubiese pasado, como si se tratase de situaciones que se dan de un día para otro, allí estaban, medio borrachos antes de descorchar aquella botella que sería la única testigo de aquella noche en vela. Después de todos los encuentros, resultó que por lejanas que pareciesen, compartirían metas y llegarían a ellas juntos, de la mano y recargándose las pilas cuando fuera necesario.

Empezaba a amanecer, no habían dicho una sola palabra en toda la noche pero su silencio no fue incómodo en ningún sentido. Hubiesen tenido tanto que decirse, que era mejor no decir nada. Y el sol fue apareciendo por el horizonte mientras las copas tintinearon con un último brindis y la botella, vacía ya, dividió el primer rayo de la mañana en un haz de luces de colores sobre una pared blanca, tan blanca como las páginas de ese nuevo libro que habían empezado a escribir. 


jueves, 15 de septiembre de 2016

Todo se reduce al arte

Mírame. Así, justo así, con esos ojos. Y ahora se cierran. Genial... Y la cabeza bien alta, eso dicen, aunque hoy cambia por buenas razones. Y una mano relajada mientras la otra se dedica a jugar con tu pelo. Y quien venga, que tenga presente que quizá no todo es lo que hoy parece, pero por un día, bien merece la pena o más bien, la alegría.

Tu espalda, la parte favorita de un cuerpo que actúa, o lo intenta, como si no fuese él, que sabe, quizá, que puede creerse dueño de pensamientos turbios. Y un sofá, rojo, ironías de la vida(*), que lo presencia todo impasible, como si no fuese el testigo directo de que el mundo ha quedado a los pies de quien en él se sienta y se tumba.


Que por una vez, por un día, por todo el tiempo que el recuerdo dure y perdure, sabrás que puedes, que el mundo se puede comer a ratos y que los ratos pueden ser "para siempres". Y lo que los demás piensen se queda vacío frente a la sensación de ser protagonista de tu propia vida, que al fin y al cabo es de lo que se trata y que si por una vez, por un rato, por un día, los flashes sólo te buscan a ti liberándote de tapujos, vergüenzas y modestias varias, bienvenidos sean, que de vez en cuando está bien eso de ser papel principal. Sin olvidarte jamás, porque eso sería perder, de quien se devana los sesos para hacerte ver todo lo que tienes que ofrecer, midiendo tu luz o la que te rodea, de la que hoy, por un rato, por un día, te adueñas sin que nadie pueda reprocharte nada al respecto, ni siquiera tú, y que consigue que acabes iluminándolo todo a través de una sonrisa tímida al principio, pero sincera y confiada después. Y cuando te quieres dar cuenta, descubres que todo acaba siendo mejor de lo que imaginabas, que por un día, por un rato y por el tiempo que el recuerdo dure y perdure, la vida se pinta de colores sobre un fondo blanco, se coloca los tacones y dice: "aquí estoy". Y se te escapa una sonrisilla, esta vez de suficiencia, porque desde una parte de ese mundo interior sabes que hoy, por un rato, por un día, puedes mirar por encima del hombro a los demás y decir: "sí, soy yo; y hoy, por un rato, por un día y mientras el recuerdo dure y perdure, puedo con todo".




Y es que, al final, todo se reduce al arte...

(Fotografía: Alejandro Gonzalo)

domingo, 4 de septiembre de 2016

Sensaciones

Una brisa de aire fresco removiendo los mechones rebeldes a finales de verano. El olor a romero transportado por el viento en mitad de una caminata al comienzo de la mañana. Los primeros rayos de sol iluminando las sábanas que cubren un cuerpo desnudo. El aire entrando y saliendo rápido de los pulmones después del ejercicio. Las gotas de agua resbalando por la espalda después de la ducha. La risa de un niño soplando pompas de jabón. La luz cegadora de un flash captando momentos quién sabe si irrepetibles. Una melodía conocida, evocadora de recuerdos. El tacto de las teclas de un piano bajo los dedos. El roce de una pluma contra el papel enfrentándose al olvido. Encontrar algo que hacía tiempo no veías y deshacerte de ello con una sonrisa por el momento que fue y el recuerdo que será. Los latidos del corazón por aquello que está por venir. El nudo en la garganta que impide hablar cuando las palabras y las emociones se agolpan en algún lugar del pecho. La energía desbordante de seguir un impulso olvidándose de lo demás. Hundir la mano en un saco de legumbres. El orgullo de conseguir lo anhelado después del esfuerzo. Retomar el contacto con quien se fue y que nada haya cambiado o, incluso, que llegue a ser mejor de lo que era. El roce de una mano que eriza hasta el último poro de la piel. La satisfacción de un trabajo bien hecho. Una despedida y una bienvenida. La primera sábana de invierno de la temporada. La primera de verano. Un regalo inesperado, en ambos sentidos. Un sueño reparador. Un buen desayuno. Una charla interesante y sincera con amigos. Jugar a estrenar vida nueva con sólo estrenar unos vaqueros. Crear algo y que guste. El tacto suave de un tejido que consigue, sin entender bien cómo, dejarte fuera de juego. Empezar un cuaderno nuevo. Un folio en blanco. Despertar de tus ensoñaciones con una sonrisa en la cara. La espera de algo grande. Empezar un bueno libro. Acabarlo. Todas las primeras veces. Empaparse del mundo. Darse cuenta de lo pequeños y grandes que somos al mismo tiempo. Conocer a alguien distinto. Las luces de Navidad que nos devuelven a la infancia. La sonrisa del abuelo mientras cuenta las historias que nunca te cansarás de escuchar. Darse un capricho a uno mismo. La ilusión de comenzar nuevos proyectos, siempre mayor que el miedo. Una estrella fugaz segura en su viaje transportando a la vista de todos los deseos más escondidos. El olor a tierra mojada tras la primera tormenta del otoño. Dormir escuchando los truenos. Un abrazo de esos cargados de paz, de tranquilidad y de "si ahora se acaba el mundo, a mi me da igual". Una mirada sincera que expresa más que todas las palabras del diccionario juntas. Llorar de la risa y no poder parar por mucho que duela la tripa. Imaginar. Soñar. Tocar. Oír. Mirar. Pensar. Reír. Llorar. Saltar... Sentir.